Friday, April 3, 2026

 EL SAHEL: HACIA UNA SALIDA POLÍTICA

Por: Javier F. Miranda Prieto 

La franja semidesértica que caracteriza al sahel africano, es el escenario de las acciones armadas de la banda yihadista
JNIM afiliada a Al-Qaeda, grupo que fusiona el yihadismo, el crimen organizado y la extracción
y administración de sus ingentes recursos naturales.

En el norte del África subsahariana y el sur del desierto del Sahara encontramos una región conocida como el sahel. Se trata de una franja de tierra semidesértica que se extiende desde la costa atlántica hasta el Mar Rojo, donde viven más de 400 millones de personas -la población más joven del mundo- albergando hasta diez países y donde la vida se hace cada vez más complicada.

La zona occidental de la franja está hoy muy afectada por seguías y hambrunas, golpes de Estado, la expansión de milicias yihadistas y una férrea competencia extractivista global. Nuevos actores clave como, Rusia, China, Emiratos Árabes Unidos o Turquía desplazan a las viejas potencias coloniales como Francia. Bajo esta realidad miles de personas huyen de la violencia y se unen a las rutas migratorias buscando mejores condiciones de vida: son las mismas que hoy duermen en las calles de las principales ciudades europeas.

En todo este contexto, desde hace más de una década, diversas organizaciones armadas han sembrado de violencia y muerte esta región africana. De estas milicias fanáticas sobresale el llamado: Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes JNIM, la organización más fuerte, que ha llegado a poner a la ciudad de Bamako -capital de Mali- bajo un asedio constante. Pero, ¿Cómo se explica el auge del yihadismo y en especial del grupo JNIM en el sahel? Normalmente la respuesta se reduce a un problema de fanatismo y falta de seguridad. Pero su crecimiento exponencial es, ante todo, el síntoma de un colapso estructural: la herencia del colonialismo que nunca terminó, la competencia internacional por los recursos y el abandono de poblaciones enteras, en especial de los jóvenes. El JNIM ha convertido esta crisis de violencia en un negocio, fusionando yihadismo, crimen organizado y administración local.

   “Se trata de un sistema combinado

    de violencia, negocio y control

    social de poblaciones”

La expansión del yihadismo y en especial del JNIM, liderado por Iyad Ag Ghaly, no puede entenderse solo como un problema de seguridad sino como consecuencia de la competencia -internacional- por los recursos naturales y por el abandono estructural de amplias poblaciones. Esta filial de Al Qaeda fundada en Mali el 1 de marzo de 2017 tras la fusión de varios grupos armados, ha logrado consolidarse como una de las principales bandas salafistas -salafismo: rama ultra-ortodoxa del islam- de la región, especialmente en Mali y Burkina Faso, pero extendiendo también su presencia hacia los países del Golfo de Guinea. Más que una insurgencia yihadista clásica, opera como una organización criminal transnacional. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Parte de ese crecimiento se remonta a la desestabilización regional provocada por la invasión de Libia en el 2011, por parte de las potencias occidentales, que dejó al país colapsado, abriendo las puertas a la circulación masiva de armas hacia el sahel y alimentando el mercado negro que abastece a estos grupos. Las revueltas y el golpe de Estado en Mali de 2012 aceleraron el proceso: milicias rebeldes se apropiaron de arsenales estatales, controlaron rutas comerciales y disputaron enclaves mineros. Grupos nacionalistas como el Movimiento de Liberación de Azawad MNLA -independentistas tuareg- hicieron entender a la población que ante el abandono no quedaba más opción que la lucha armada. Este espacio sería tomado más adelante por el JNIM.

Desde su fundación el JNIM aseguró fuentes ilegales de ingresos estables y diversos para la organización: aunque el tráfico de cocaína ha perdido peso, los secuestros de extranjeros y empresarios llegaron a reportar hasta 30 millones de euros en 2021, y la imposición interesada del zakat -obligación religiosa por la que das una parte de tu riqueza a los necesitados-, se convirtió en impuesto obligatorio para comerciantes y ganaderos.

   “El JNIM ha sabido acoger

    demandas sociales urgentes y

   ofrecer respuestas allí donde

   el Estado ha desaparecido”

El contrabando, el cobro de peajes y el control de minas “artesanales” de oro también suponen ingentes ingresos para la banda yihadista. Solo en Burkina Faso operan hasta dos mil yacimientos clandestinos de oro. Las rápidas emboscadas de convoyes en carreteras mediante motos, lanzacohetes y armas ligeras no solo les aportan beneficios, sino que genera pérdidas económicas importantísimas para los gobiernos de la zona. Además, la capacidad de estas organizaciones para insertarse en la economía financiera urbana, mediante la complicidad de empresarios y redes bancarias, financia la guerra y reordena las economías rurales bajo su tutela. Se trata de un sistema combinado de violencia, negocio y control social de poblaciones.

La región del sahel se ha consolidado como el epicentro mundial
del terrorismo yihadista, en países como: Níger, Mali, B Faso,
Chad, la inestabilidad y la pobreza, han permitido la 
aparición de grupos como el JNIM.

Los países que conforman la Alianza de Estados del Sahel AES -Mali, Burkina Faso y Níger- han acusado repetidamente a Francia de estar financiando indirectamente al grupo yihadista mediante rescates millonarios, armamento y apoyo logístico. Si bien no es un hecho fácil de demostrar, es cierto que aumentar las capacidades del grupo podría beneficiar a las corporaciones francesas ahora debilitadas.

Francia depende en gran medida de la energía nuclear para sostener su sistema eléctrico. Durante años extrajo de Níger entre el 10% y 30% del uranio que alimenta sus centrales, pero las nuevas juntas militares -nacionalistas y panafricanistas- la han expulsado de la región. En este contexto, la inestabilidad puede convertirse en una ventaja: abarata costos y facilita acuerdos informales entre empresas francesas y actores armados locales, al tiempo que debilita a gobiernos hostiles a sus intereses. No es la primera vez que una corporación francesa hace alianzas con grupos yihadistas: la empresa Lafarge estuvo transfiriendo millones de dólares al ISIS en Siria y se trataron como “aliados estratégicos”.

   "La expansión del JNIM, no puede

    entenderse sólo como un problema

   de seguridad sino como consecuencia

   de la competencia internacional por

   los recursos y el abandono estructural

   de amplias poblaciones”

También países como Emiratos Árabes Unidos -envuelto en el comercio ilegal de diamantes y oro por toda África- ha pagado al JNIM rescates millonarios para salvar a jeques y empresarios del oro, lo que podría responder a su nueva estrategia exterior -junto a Israel- para constituir un “eje secesionista” bajo sus intereses estratégicos en lugares como Somalia, Sudán o Yemen.

La expansión del yihadismo y del JNIM en la región del sahel, no pude explicase solo por el uso de las armas, ni puede concebirse únicamente como un conflicto militar, sino como un problema profundamente político tras décadas de expolio y abandono. Estas organizaciones están llenando ese vacío.

  "El resultado es una organización que

    desborda la etiqueta de grupo terrorista.

    Opera como una empresa político-criminal

    con capacidad de capitalizar la crisis crónica

    del sahel para su propio beneficio”

Tras sus independencias formales buena parte del sahel mantuvo los marcos jurídicos y administrativos coloniales que siguieron desviando recursos naturales hacia corporaciones extranjeras. En Mali se aseguró la ausencia de soberanía económica y su consecuente dependencia de Paris, mientras la regulación restrictiva de tierras y pastoreo favoreció a corporaciones agrícolas y mineras que hasta hoy concentran los beneficios. El resultado persiste hasta nuestros días: dependencia estructural hacia organismos humanitarios y ausencia casi total de servicios básicos en todos los países de la región.

En un contexto desolador como el descrito, el JNIM y otras organizaciones armadas han sabido insertarse en las redes sociales con un discurso político multiétnico, logrando, al menos en parte, vincular algunas estructuras políticas, económicas y religiosas con su ideología y sus propias estructuras. Además el JNIM ha sabido acoger demandas sociales urgentes y ofrecer respuestas allí donde el Estado ha desaparecido. Se presenta como mediador y garante de estabilidad, aunque respalda esa autoridad con la amenaza permanente del castigo. Juega con el palo y después la zanahoria.

El resultado es una organización que desborda la etiqueta de grupo terrorista. Opera como una empresa político-criminal con capacidad de capitalizar la crisis crónica del sahel para su propio beneficio. Para el JNIM y las otras bandas yihadistas, su fortaleza no depende solo de las armas, sino de la incapacidad de los Estados para revertir décadas de abandono y exclusión. Mientras los gobiernos del sahel no construyan alternativas radicales que ofrezcan soberanía, justicia y dignidad a su población, como tratan de edificar los nuevos líderes soberanistas de los países de la AES, el JNIM y cualquier otra organización fundamentalista seguirá creciendo y siendo capaz de imponer su sentido común: generar sus propias alternativas y mantener el control mediante la violencia armada.