Saturday, January 31, 2026

UGANDA: UN CASO DE “GERONTOCRACIA” Y ESTABILIDAD COLONIAL

Por: Javier F. Miranda Prieto 

El pasado 15 de enero, los resultados electorales para presidente en Uganda, se recibieron sin sorpresa alguna.
Yoweri Museveni el eterno presidente de 81 años, logró su cuestionado séptimo mandato, prolongando sus casi 40 años consecutivos en el poder. Ejemplo nocivo de una gerontocracia colonial. 

Uganda está atravesado por el extractivismo petrolero, la militarización de la política y una democracia sin alternancia real. Las últimas elecciones revelaron que el conflicto en Uganda no es solo político, sino histórico: soberanía o subordinación.

Yoweri Museveni encarna, tras casi cuatro décadas en el poder, una paradoja africana: garante de estabilidad para el orden político regional y, al mismo tiempo, símbolo de una gerontocracia que gobierna un país joven, con conflictos sociales irresueltos escondidos detrás de una falsa estabilidad económica sustentada por negocios relacionados con el expolio de sus recursos naturales. Se sabe, que occidente a sus cómplices regionales, los ayuda para mantener esta estabilidad, muchas veces se habla de la “trampa de la deuda china” pero poco de las cadenas que aprietan a los pueblos, a través del FMI y el Banco Mundial donde las potencias occidentales tienen sus negocios.

El viejo Museveni gobierna Uganda desde 1986. Cuando llegó al poder, la Guerra fría ordenaba el mundo, el apartheid seguía en pie en Sudáfrica y buena parte del continente africano buscaba reconstruirse tras décadas de dictaduras y guerras civiles. Luego del gobierno instable y corrupto de Milton Obote (1966-1980), le siguió el régimen de terror del caricaturesco Iddi Amin Dada (1971-1979), y para terminar en la dictadura de los hermanos Basilio y Tito Okello (1984-1986). En ese contexto, Museveni se presentó entonces, como un líder de unidad nacional, un restaurador del orden tras el caos.  Durante años fue leído como parte de la generación que había logrado estabilizar Estados frágiles. Hoy, casi cuarenta años después, su figura se  ha transformado en otra cosa: en el rostro de una gerontocracia que gobierna un país joven con las herramientas del miedo y la coacción.

Uganda tiene una de las poblaciones más jóvenes del continente: más del 75% de sus habitantes es menor de 30 años. Hablamos entonces de una generación que no vivió la cruenta guerra civil que Museveni utiliza como legitimación histórica. Pero que si vive, en cambio, una época en donde el desempleo estructural, la informalidad, la represión policial y un sistema político que no ofrece alternancia real, es la moneda corriente en estos días. En ese choque entre un poder que administra el pasado y una sociedad que exige futuro, se juega el núcleo del conflicto ugandés.

                          “Museveni, durante años fue leído como

                                        parte de la generación que había

                                     logrado estabilizar Estados frágiles.

                                Hoy, cuarenta años después, su figura es 

                            el rostro de una gerontocracia que gobierna

                                un país joven con las herramientas del

                                                 miedo y la coacción”

Las elecciones del pasado 15 de enero cristalizaron esa tensión. La controlada Comisión Electoral declaró vencedor a Museveni con más del 70% de los votos frente al opositor Bobi Wine, popular músico convertido en líder político y símbolo de la ruptura generacional. Wine denunció que el proceso fraudulento había sido “una operación militar con papeletas de votación”, una frase que recorrió el país como síntesis de la experiencia social de los comicios.

En este contexto, Bobi Wine no es un simple opositor. Es un símbolo generacional. Un músico nacido en los barrios pobres de Kampala, convertido en dirigente político y que expresa una ruptura cultural con la elite militar que gobierna desde los años ochenta. No viene de los cuarteles ni de la vieja política: viene de la calle, de la música popular, del lenguaje cotidiano de los jóvenes. Por eso el Estado no lo trata como un adversario, sino como una amenaza sistémica.

Uganda a pesar de ser un país sin salida al mar, es un 
territorio estratégico, limitando con seis países del 
centro y oriente africano y por sus reservas petroleras.

Pero Uganda no puede leerse solo desde las urnas o desde la competencia política. Lo que ocurre en Kampala es inseparable de su rol geopolítico regional, de su economía dependiente y de su lugar en el mapa del poder global. Este país del oriente africano, suele ser presentado como una isla de calma en una región donde el conflicto parece regla. 

Cuando Somali vuelve arder, cuando el este del Congo se hunde en una violencia interminable o cuando Sudán se sigue fragmentando en guerras superpuestas, Kampala aparece como el punto fijo del mapa, como el país que resiste, como el ejemplo de estabilidad. Pero esa estabilidad no es un estado natural ni una conquista social profunda. Es una estabilidad colonial, un contrato político. Y como todo contrato desigual, tiene imposiciones, clausulas invisibles.

Uganda ofrece a sus protectores, previsibilidad, cooperación militar y apertura al capital extranjero. A cambio recibe indulgencia diplomática, tolerancia frente a la represión interna y una narrativa internacional que la protege del aislamiento. El problema es que esa estabilidad está pensada para el tablero regional y para los socios externos, no para la gran masa de su población. La vida real de la mayoría de los ugandeses transcurre lejos de los discursos sobre orden. Su lucha diaria es contra: el desempleo juvenil, la informalidad estructural, el endeudamiento doméstico, la falta de servicios mínimos y un sistema político represivo que se ha ido cerrando sobre sí mismo.     

Uganda carga con una herencia colonial que nunca fue desarmada. La independencia de 1962 no colonizo esa arquitectura de dependencia: la heredó. Cambiaron los administradores no la lógica. Y cuando Museveni llegó al poder en 1986, el relato de la “reconstrucción nacional” se montó sobre una promesa ambigua: estabilidad interna a cambio de integración disciplinada al orden global. Entiéndase, seguir las órdenes de las potencias occidentales: Estados Unidos, la antigua metrópoli (Reino Unido) y los miembros de la UE.

En África oriental, estabilidad y seguridad se confunden. Uganda no es solo un país, es una plataforma militar regional. Durante años aportó miles de soldados ugandeses a las misiones militares africanas en Somalia y se transformó en una pieza clave del sistema de control territorial frente a las insurgencias y colapsos estatales.

                        “Lo que ocurre en Kampala es inseparable

                            de su rol geopolítico regional. Cuando Somali

                                vuelve arder, cuando el este del Congo se

                                  hunde en una violencia interminable o

                                   cuando Sudán se sigue fragmentando,

                              Kampala aparece como el país que resiste,

                                        como el ejemplo de estabilidad”

En la última década, Uganda se convirtió en una plataforma de lanzamiento de movimientos guerrilleros, apoyados por los Estados Unidos o sus aliados, en Sudán, Ruanda o la RD del Congo. La militarización del régimen ugandés fue parte integral de la política exterior de los EE.UU. Tanto la Casa Blanca como el Reino Unido apoyaron la expansión, crecimiento y equipamiento del ejército de Uganda, convirtiéndolo en el partido político y en el único sustento del régimen de Museveni.

Años después, con el despertar del yihadismo en la región del oriente africano, Uganda se convirtió en pieza clave para la defensa de los intereses occidentales en esta parte de África, esta vez contra el terrorismo integrista de Al Shabab en Somalia y sus repercusiones en Kenia, Etiopía o Eritrea.

Como vemos, Uganda no es un caso aislado, es un espejo del colonialismo contemporáneo. Ya no se gobierna con administradores coloniales, sino con élites locales integradas al sistema local de seguridad y extracción. Ya no se domina con banderas extranjeras, sino con deuda, cooperación militar, infraestructura para exportar y una narrativa internacional que premia el sometimiento por encima de la justicia social.

                               “Uganda ofrece a sus protectores,

                                    previsibilidad, cooperación militar y

                                         apertura al capital extranjero.

                               A cambio recibe indulgencia diplomática,

                                 tolerancia frente a la represión interna

                                       y una narrativa internacional que

                                               la protege del aislamiento” 

La pregunta central no es si Museveni ganó o si Beni Wine resiste. Es qué tipo de país produce este contrato, este tipo de relación colonial: un Estado que sirve al orden regional externo y una juventud que a la que se le exige paciencia como si la paciencia fuera política pública.

Uganda puede seguir pareciendo estable por un tiempo. Pero la estabilidad construida contra la mayoría social es frágil y colonial. Se sostiene mientras el miedo sea más fuerte que la esperanza. Y el problema para cualquier gerontocracia es que la esperanza, cuando se vuelve generacional, no se desactiva con discursos vacíos ni con fusiles.  

Thursday, January 29, 2026

 

EL CONGO, RUANDA Y EL TIRANO CONSENTIDO

Por: Javier F. Miranda Prieto 

El mítico Salón Oval de la Casa Blanca, ha sido varias veces escenario de las conversaciones entre Donald Trump y
el dictador ruandés Paul Kagame, evidenciando las estrechas relaciones
entre Washington y el tirano consentido de occidente.

El dictador Paul Kagame de Ruanda, ha sabido explotar el complejo de culpa que tiene la comunidad internacional, por no haber evitado a tiempo, el genocidio de 1994 contra los tutsis para obtener el apoyo y la financiación a su régimen, que en la actualidad viene ocupando impunemente la región oriental de la República Democrática del Congo de la mano de los paramilitares del M 23.

Hace un año las ciudades de Goma y Bukavu, capitales de las provincias de Kivu norte y sur respectivamente, fueron tomadas a sangre y fuego por las hordas asesinas de las milicias del Movimiento 23 de Marzo -M23- ejercito mercenario que responde a órdenes de la vecina Ruanda. Fue la última acción expansionista que padece, desde hace más de 30 años, este gigante país del centro africano. La retórica oficial ruandesa para invadir a su vecino está en el miedo a una posible invasión hutu desde territorio congolés y que provoque un segundo genocidio, pero la realidad es el interés económico por los minerales presentes en la región oriental del Congo (las dos provincias de Kivu).

Ruanda no tiene recursos minerales propios, pero el subsuelo congoleño tiene los minerales más valiosos del mundo como: oro, cobalto, diamantes y, sobre todo, dos terceras partes del coltán que hay en el planeta. Estos son vitales para la transición energética, especialmente para las baterías eléctricas, teléfonos móviles y se calcula que todos los minerales del Congo equivalen al valor de la economía de los Estados Unidos.

Este conflicto asimétrico entre Ruanda y el Congo no es nuevo. Ya en 1996, el gobierno de Kagame invadió junto con su compañero de aventuras, Uganda, el este del país vecino en lo que se consideró la Primera Guerra del Congo. El dictador ruandés acusaba a Mobutu Sese SeKo, el otrora aliado de Francia y tirano congoleño, de dar cobijo a los milicianos hutus que habían dirigido el genocidio en Ruanda contra la minoría tutsi dos años antes y que acabaron con la vida de más de 800 ml personas y decidió apoyar al guerrillero Laurent-Desiré kabila.

Estos ayudaron a la resistencia congoleña a derrocar a Mobutu y vencer, pero en 1998, poco más de un año después, Kabila, ya como presidente, decide desprenderse de la influencia de Ruanda y Uganda y acabó provocando una nueva rebelión que derivó en la Segunda Guerra del Congo (1998-2002), la más mortal que duraría cuatro años y que involucró a nueve países africanos.

                       “Hace un año las ciudades de Goma y Bukavu,

                                  fueron tomadas a sangre y fuego por las

                                   hordas asesinas de las milicias del M23,

                                       ejercito mercenario que responde a

                                              órdenes de la vecina Ruanda”    

Tras la paz, la tensión y la violencia ha continuado con la aparición del autodenominado M23, que surgió de las críticas por la falta de integración de los tutsis en el ejército congoleño liderado por el presidente Joseph Kabila, hijo del primero. En 2012 consiguieron hacerse con Goma, pero la retirada de los más de 270 millones de dólares en ayuda internacional al gobierno de Kabila hizo que se forzara un acuerdo tácito para dejar de financiar al M23, que acabó derrotado.

Nueve años después, el M23 resurgió de sus cenizas en 2021 tras las diferencias con Félix Tshisekedi, el actual mandatario congoleño, y ya desde el 2023 se rumoreaba que la banda armada podría hacerse con Goma. Desde hace un año ya han vuelto a conseguirlo y ya controlan Kivu Norte, un extenso territorio y la provincia de Kivu Sur, una zona igual de grande.

La retórica oficial ruandesa para invadir reiteradamente a su vecino está en el miedo a que se reedite la violencia inter-étnica en su territorio, pero como señalábamos líneas arriba, la realidad es el interés económico por los recursos minerales que posee la RD del Congo.

Aun así, si miramos el mapa, llama la atención que un país como Ruanda con un tamaño menor a Bélgica y una población de apenas 15 millones de personas pueda invadir sin contestación una región rica en minerales en un país con más de 100 millones de habitantes y una superficie total que suma a todos los países de Europa occidental.

Las estratégicas provincias de Kivu Norte y Sur, son grandes
productoras de minerales para la transición energética.

Para poder entenderlo hay que comprender el poder geopolítico que Kagame ha sabido granjearse. El dictador ruandés ha logrado explotar la culpa de la comunidad internacional por no evitar el genocidio de 1994 contra la población tutsi, para obtener todo el apoyo y ayuda financiera, comercial y diplomática a su régimen. Durante más de 30 años en el poder, Kagame logró estabilizar económica y políticamente su país, a costa de sus inocultables ambiciones autoritarias y expansionistas. Paul Kagame, quiso poner fin al genocidio que sufrieron los ruandeses reescribiendo la historia desde la perspectiva del vencedor, imponiendo a su pueblo un régimen represivo y autoritario a cambio de una aparente estabilidad. 

                                  “La retórica oficial ruandesa para invadir

                                        a su vecino está en el miedo a una posible

                                         invasión hutu desde territorio congolés,

                                         pero la realidad es el interés económico

                                        por los minerales presentes en la región

                                                            oriental del Congo”

El 40% del presupuesto anual del gobierno ruandés viene de los cerca 1,300 millones de dólares de ayuda al desarrollo que recibe de sus socios internacionales, principalmente de los Estados Unidos, que aporta 174 millones, casi tres veces más que Japón y Alemania. Francia también es un socio vital tras retomar relaciones diplomáticas en 2019 y dar en seis años 500 millones de dólares en ayuda al desarrollo, así como Reino Unido, que más allá de los casi 40 millones de dólares anuales, ha tenido una estrecha relación bajo gobiernos conservadores que han legitimado al país africano como un lugar seguro con su acuerdo para expatriar inmigrantes irregulares.

Todo ese dinero le ha servido, al tirano consentido de occidente, para limpiar su imagen bajo la propaganda Visit Rwanda, el lema turístico que se puede ver en todo el mundo como: en las mangas de los equipos de futbol como el Paris Saint-Germain, el Arsenal y otros. El ejecutivo ruandés ha sabido posesionar a Kigali, la capital ruandesa, como la sede de eventos internacionales y ha llegado a acuerdos con la NBA para acoger las finales de la máxima competición continental de baloncesto africano, el Congreso Anual de la FIFA o el Mundial de Ciclismo en Ruta.

                                        “Tampoco es descabellado pensar

                                            que Kagame acabe controlando con

                                              el M23 las regiones estratégicas de

                                                 Kivu Norte y Sur de facto, como

                                                  Rusia ha hecho en localidades

                                         del Dombás o Israel con los territorios  

                                                          ocupados en Palestina”

Ahora, todo ello podría estar en jaque. El Ministro de Exteriores británico, el laborista David Lammy, ha avisado a Kagame que podría perder los mil millones de dólares de ayuda al desarrollo si no deja de apoyar a la banda armada de mercenarios M23. Eso ya ocurrió en el 2012, pero esta vez Kagame se considera en una posición más fuerte.

El presidente ruandés ha calculado que en esta oportunidad no le darán la espalda. La influencia, el discurso y los planes esbozados por Donald Trump para África, parece que lo han convencido. Trump ha criticado al gobierno congoleño lanzando bulos sobre que Kinshasa ha enviado a sus presos comunes a Estados Unidos como inmigrantes irregulares. Además, el Acuerdo de Paz y Prosperidad auspiciado por Trump, que involucran a Runda y el Congo, tiene un sesgo evidente a favor de su aliado ruandés. Kagame puede haber valorado que Trump, amigo de las grandes empresas tecnológicas, podría preferir asegurarse los minerales con el control de Ruanda y Uganda y no del Congo, tema que no se define en el mencionado Acuerdo, y  obviando con ello la integridad territorial congoleña.

Sea como fuere, de los socios internacionales dependerá el futuro escenario regional. La posibilidad de una Tercera Guerra del Congo con participación continental no se puede descartar, aunque es difícil pensar en un ataque coordinado contra el ejército de Ruanda. Así pues, tampoco es descabellado pensar que Kagame acabe controlando con el M23 las regiones estratégicas de Kivu Norte y Sur de facto, como Rusia ha hecho en localidades del Dombás o Israel con los territorios ocupados en Palestina.

Aun así, la retirada del financiamiento internacional a Ruanda, luego de un año de la invasión -y por lo tanto a sus aliados del M23, como ocurrió en el 2012- sigue siendo poco probable, pero no es de descartar que Kagame, con apoyo norteamericano, use su poder para acordar un alto al fuego que le dé amplias concesiones sobre las zonas mineras a cambio de un repliegue militar estratégico. Como vemos, las opciones están abiertas y más aún, sabiendo que Kagame sigue siendo el tirano consentido de occidente.  

Tuesday, January 27, 2026

 TRUMP EN ÁFRICA: ¿ESTRATEGIA O EXTORSIÓN?

Por: Javier F. Miranda Prieto 

Donald Trump está convencido que cambiará las relaciones de Estados Unidos y África.
La nueva centralidad que goza África en el escenario mundial, requerirá adaptarse
a la nueva política que emprenderá la Casa Blanca en el continente.

En medio de un comienzo de año turbulento -Venezuela, Groenlandia, Irán- y el surgimiento de la “Doctrina Donroe”, los responsables políticos mundiales se están ajustando a un Estados Unidos cada vez más enérgico e intervencionista, decidido a imponer sus reglas.

Esta doctrina forma parte de la Estrategia de Seguridad Nacional de los EE.UU. para 2026 como un “corolario de Trump” a la Doctrina Monroe del siglo XIX, cuyo objetivo era afirmar el dominio geopolítico norteamericano en todo el hemisferio occidental. Sin duda, sus implicancias tendrán repercusiones globales. África no es la excepción, a pesar de que solo aparece en tres párrafos de la estrategia.

Este momento representa un regreso a la competencia entre grandes potencias, con Washington y Pekín como los polos principales. África no es ajena a estas rivalidades. El continente arrastra las cicatrices de los conflictos por poderes y la competencia colonial de la Guerra Fría, y corre el riesgo de convertirse nuevamente en un escenario de competencia por sus recursos, mercados y posiciones geoestratégicas. A esto se suma el enfoque cada vez más evasivo de los EE.UU respecto al multilateralismo. Al interactuar selectivamente con las instituciones internacionales o eludirlas, Estados Unidos está erosionando la credibilidad de la arquitectura global. El mensaje subyacente es claro: la fuerza es la razón, y las instituciones que limitan la acción estatal norteamericana son prescindibles.

                   “Esta doctrina forma parte de la Estrategia 

         de Seguridad Nacional como un “corolario de Trump” 

            a la Doctrina Monroe del siglo XIX, cuyo objetivo

           era afirmar el dominio geopolítico norteamericano 

                          en todo el hemisferio occidental”

En este perverso orden emergente, los fuertes imponen las reglas y los débiles asumen las consecuencias. Para los Estados africanos, con un poder y una influencia limitada -aunque con distintos grados-, existen motivos de preocupación. Se requiere agilidad estratégica, destreza diplomática y una evaluación clara de los intereses nacionales.

La mayoría de los países africanos simplemente no pueden seguir el juego de las grandes potencias de antaño, ni de la que actualmente defiende Washington. Por consiguiente, muchos seguirán siendo meros cumplidores de las nuevas reglas, a medida que la política exterior norteamericana abandone toda pretensión.

Las implicancias más perniciosas podrían contrarrestarse si los Estados africanos se unen para aprovechar su influencia colectiva. Sin embargo, es igualmente probable que se produzca una mayor fragmentación, ya que los países podrían priorizar acuerdos comerciales y de seguridad en represalia por el accionar de actores externos.

En una época de pérdida de confianza en el sistema político y financiero global, la política económica se ha enmarcado cada vez más desde una perspectiva de seguridad nacional. Este cambio comenzó durante el primer mandato de Donald Trump, se aceleró con la pandemia del Covid-19 y la guerra entre Rusia y Ucrania, y continúo bajo la administración de Joe Biden.

                      “El principal interés económico de

                          Estados Unidos será asegurar

                   cadenas de valor de minerales cruciales

           (cobalto, coltán, litio, cobre, tierras raras y grafito)

                          en la carrera contra China por 

                            dominar industrias futuras”

Ahora bajo el liderazgo de un empoderado Donald Trump, la agenda de desglobalización y de reducción de riesgos se ha acelerado en lo que el Financial Times describe como un retorno del “imperialismo de los recursos”.

Trump desde su primera gestión trato de acercarse a África.
Ahora las reuniones con mandatarios de la región 
responderán a una estrategia de sometimiento
y extorsión.

Inevitablemente, África emerge como un escenario estratégico debido a su capacidad de suministro. El principal interés económico de Estados Unidos será asegurar cadenas de valor de minerales cruciales -cobalto, coltán, litio, cobre, tierras raras y grafito- en la carrera contra China por dominar industrias futuras como los semiconductores, los vehículos eléctricos y las baterías. Aunque el énfasis retorico de Trump sigue centrado en la recuperación de los combustibles fósiles del siglo XIX -petróleo, carbón y gas- para el dominio energético estadounidense, la rivalidad industrial subyacente con China es prospectiva (mirando el futuro). Pekín ya lidera las tecnologías de energía limpia y el procesamiento de minerales, lo que obliga a Washington a centrarse menos en el liderazgo climático y más en el control de los insumos.

                     “África arrastra las cicatrices de los

                   conflictos por poderes y la competencia

                  colonial de la Guerra Fría, corriendo el

                    riesgo de convertirse en escenario de

                    pugnas y conflictos por sus recursos,

                  mercados y posiciones geoestratégicas”

Esta lógica determinará la intervención económica de los EE.UU. Probablemente se centrará en las zonas ricas en recursos minerales -desde la RD del Congo y Zambia hasta Namibia, Mozambique y Guinea-, en lugar de una interacción comercial más amplia.

Los procesos de paz, muy numerosos y fallidos en el continente africano, podrían reflejar cada vez más acuerdos bilaterales de intercambio de intereses, en los que la paz se intercambia por acceso político o recursos, en lugar de acuerdos con fundamento institucional, que trate de solucionar los orígenes del conflicto. Los acuerdos con la RD del Congo y Ruanda revelan la estrategia que probablemente se utilizará en otros escenarios de violencia.

Finalmente, el resurgimiento de la actividad terrorista islámica en diversas partes de África, ofrece un tercer punto de entrada para las intervenciones de seguridad norteamericana. Si bien la Estrategia de Seguridad Nacional advierte contra los compromisos a largo plazo, las frecuentes amenazas islamistas permiten intervenciones rápidas que podrían derivar en el incremento de la violencia armada, pero también en una mayor influencia geopolítica y económica. 

Los recientes ataques aéreos estadounidenses contra Nigeria bajo el pretexto de la lucha a favor de la población cristiana en la región del noroeste del país ilustran el enfoque que Washington puede utilizar: selectivo, de corto plazo, inopinado y en contra de los marcos de paz y seguridad regional e internacional.

                      “Como se ve, podría haber muchas

                 desventajas para ciertos Estados africanos, 

               ya que las reglas del juego solo responderían

             a los intereses y objetivos de los Estados Unidos”

Como se ve, podría haber muchas desventajas para ciertos Estados africanos,  ya que las reglas del juego solo responden a los intereses y objetivos de los Estados Unidos. Los gobiernos africanos dispuestos a ceder probablemente serían recompensados con acuerdos económicos, pero abdicando de sus derechos patrimoniales y territoriales, cediendo su soberanía y sus prioridades nacionales. Con el agravante de perder apoyo interno, distanciándose de otros socios de larga data y debilitando aún más el orden internacional basado en normas.

Para los Estados africanos en particular, esto significa poner en peligro la agenda colectiva de paz, seguridad y desarrollo del continente, que sólo puede lograrse mediante una integración regional más equitativa y equilibrada.

Para impulsar la integración de África ante las dificultades geopolíticas que soplan desde Washington, sus líderes deben unirse en pos de una visión común. De lo contrario, la historia que todos conocemos, podría repetirse.

Thursday, January 22, 2026

 

LIBIA: BISAGRA GEOPOLÍTICA DE CONFLICTOS REGIONALES

Por: Javier F. Miranda Prieto 

La intervención extranjera en Libia ha profundizado la fragmentación del país. Actores globales
y regionales compiten por recursos petroleros, poder e influencia. Esta gran pugna
afecta la estabilidad y seguridad del Sahel, el Cuerno de África y el Mediterráneo.

Quince años después del asesinato del líder libio Muammar Gadaffi, Libia no es solo un país fragmentado, es un espacio clave donde confluyen las guerras del Sahel, la devastación sudanesa y la proximidad al estratégico Cuerno de África. Lejos de un conflicto aislado, el territorio libio funciona como centro de un sistema regional basado en la gestión del desorden.

A quince años de la intervención militar de 2011, Libia continúa atrapada en una crisis que ya no puede explicarse únicamente en términos internos. La destrucción del Estado libio comenzó mucho antes de aquel 20 de octubre, fecha en la que fue asesinado el coronel Gadaffi. Aquella brutal ofensiva, impulsada políticamente por los Estados Unidos y ejecutada por la OTAN -con Francia y Reino Unido a la cabeza- bajo el amparo de una resolución de Naciones Unidas presentada como “humanitaria”, que no se limitó a proteger civiles. El bombardeo sistemático y el colapso del aparato estatal culminaron con la caída de un Estado próspero que además abrió un círculo de fragmentación institucional cuyas consecuencias siguen reconfigurando el mapa regional. Hoy Libia ya no puede ser reconstruida ni social ni políticamente.

Desde entonces, la sucesión de gobiernos civiles débiles, milicias armadas sin control y una soberanía dispersa suele ser presentada como un problema doméstico, casi endémico. Sin embargo, esa lectura resulta insuficiente. La destrucción del Estado libio no generó una transición política ordenada, sino un vacío funcional, necesario y orquestado desde EE.UU, OTAN y UE, acorde a los intereses detrás de los recursos energéticos libios, que fueron rápidamente ocupados por actores armados y redes económicas ilícitas. Entonces podemos afirmar que a partir de allí Libia dejó de ser únicamente escenario de su propio colapso para convertirse en un espacio estratégico donde confluyen conflictos, intereses y flujos económicos que atraviesan buena parte del continente africano.

                “La destrucción del Estado libio no generó

                         una transición política ordenada,

                      sino un vacío funcional, necesario y

                    orquestado desde EE.UU, OTAN y UE”

Hoy este país del Magreb, ocupa un lugar singular en la geopolítica regional. El sur libio conecta con un sahel atravesado por insurgencias, economías de guerra y gobiernos que buscan juntos alternativas de defensa, económicas y sociales para lograr su autodeterminación; su flanco oriental se vincula de manera directa con la guerra en Sudán y las tensiones originadas al borde del Mar Rojo; y su costa mediterránea funciona como frontera externalizada de la Unión Europea. Esta compleja posición no es accidental ni coyuntural: es el resultado directo de una intervención externa que desmanteló la soberanía libia sin construir un orden alternativo viable.    

La Libia que se configuró a partir del 2011 no puede entenderse como un país en transición ni como un simple escenario de “guerra civil”. La intervención militar externa, presentada bajo el ropaje “humanitario”, desarticuló de manera abrupta la arquitectura estatal existente sin ofrecer un mecanismo interno de recomposición. La operación militar de la OTAN contra Libia, lejos de cerrar el ciclo político, inauguró un periodo prolongado de fragmentación institucional, privatización de la violencia y disputa permanente por el control del territorio y sus recursos.

La Red Petrolera de Libia, está compartida por el Gobierno
de Unidad Nacional, los grupos rebeldes que dominan
la ciudad de Bengasi y otras milicias.

Esta anarquía armada en que se ha convertido Libia, se conecta desde el sur con las vecinas Níger y Chad, y a través de ellos con Mali y Burkina Faso. En ese espacio, la dispersión de arsenales de armas tras el 2011 fue dando paso, con el correr de los años, a un orden informal más estable, sostenido por milicias locales, redes tribales armadas y economías ilícitas que se volvieron vitales. La circulación de armas, combustible, personas y mercadería dejó de ser un fenómeno episódico para transformarse en estructural. No se trata de un vacío, sino de un territorio funcional a múltiples actores.

                     “Esta anarquía armada en que se ha

                   convertido Libia, se conecta desde el sur

                 con las vecinas Níger y Chad, y a través de

               ellos con Mali y Burkina Faso. En ese espacio,

              la dispersión de arsenales de armas tras el 2011

                    fue dando paso a un orden informal más

                 estable, sostenido por milicias locales, redes

                      tribales armadas y economías ilícitas”

Por otra parte, la porosidad del sur de Libia no significa una política deliberada de apoyo a las organizaciones armadas del sahel, pero si genera las condiciones materiales que facilitan su expansión. Los grupos yihadistas vinculados al Grupo de Defensa del Islam y los Musulmanes JNIM y la Provincia del Estado Islámico del Sahel, vinculados a Al Qaeda y al Daesh respectivamente, no necesitan respaldo estatal directo cuando existen corredores donde se compran armas, se consigue combustible, se mueven combatientes y se financian operaciones. En este sentido, la fragmentación libia opera como multiplicador de la inestabilidad saheliana, no por intención, sino por estructura.

La guerra en Sudán y la inestabilidad persistente en Chad reforzaron este patrón. El desplazamiento de combatientes, el reordenamiento de rutas y la presión sobre los mercados de armas y combustibles reconfiguraron el sur libio como espacio de absorción y redistribución de tensiones provenientes tanto del sahel como del Cuerno de África. Libia quedo así inserta en un sistema de conflictos interconectados que ya no pueden leerse de manera aislada.

Desde allí, la proyección continúa hacia el norte. Los mismos corredores que conectan Libia con el sahel y el este africano desembocan en el Mediterráneo. Migración, control fronterizo y seguridad europea completan el triángulo. Libia se convierte así en bisagra: un territorio donde confluyen la crisis de violenta yihadista del sahel; las guerras del este africano, principalmente en Sudán; y las políticas de contención que se proyectan desde el norte (Europa).

                       “Libia se convierte así en bisagra:

                    un territorio donde confluyen la crisis

                          de violenta yihadista del sahel;

                las guerras del este africano, y las políticas

              de contención que se proyectan desde el norte” 

En este punto, Libia deja de ser solo un caso nacional y pasa a funcionar como espacio de articulación de una crisis más amplia. Un estado fragmentado hacia dentro, permeable hacia fuera y central para comprender cómo se conectan, se alimentan y se sostienen los conflictos regionales: del sahel, Sudán, Cuerno de África y el Mediterráneo.  

La incógnita principal no es si Libia “volverá a ser un Estado” en el corto plazo, sino si el sistema regional permitirá -o necesitará- que eso ocurra. Mientras la gestión del desorden siga siendo más rentable que la reconstrucción, cualquier intento de unificación política chocará con intereses que operan por debajo y por encima del nivel nacional. El riesgo, entonces, no es solo la prolongación de la crisis libia, sino su normalización: que la fragmentación deje de percibirse como problema y pase a ser aceptada como forma permanente de organización del espacio territorial.    

Monday, January 19, 2026

 

CAMERÚN: LA VIOLENCIA VISTA DESDE LA SUITE DE UN HOTEL

Por: Javier F. Miranda Prieto 

Un soldado del Batallón de Intervención Rápida BIR, grupo de élite de Camerún, escolta una ceremonia en honor a
cuatro soldados muertos en la región anglófona de Ambazonia, una de las expresiones de la violencia lacerante
que padece este país del occidente africano.

Camerún parece un país inmóvil. Los y las cameruneses solo conocen a dos presidentes desde su independencia en 1960. El primero, Ahmadou Ahidjom (1960-1982), que ni siquiera puede pretender ser el padre de la independencia del país, ya que estuvo de lado de los colonizadores franceses contra la principal organización independentista: la Unión de los Pueblos de Camerún. En cuanto a su sucesor  Paul Biya, el presidente en ejercicio desde 1982, pasa la mayor parte de su mandato en una lujosa suite del Hotel Intercontinental de la ciudad de Ginebra en Suiza, acompañado de su esposa, la señora Chantal Biya, en unas siempre placenteras y recurrentes vacaciones. Esta inmovilidad, que podría sugerir estabilidad, es engañosa. Es fuente y germen de una oposición violenta que socava el país.

Una violencia extrema que proviene tanto de la región de habla inglesa, que en los últimos años ha generado un conflicto armado revindicando mayores derechos ciudadanos para la población anglófona, como de los constantes ataques de la banda yihadista nigeriana Boko Haram, que a pesar de sus divisiones internas y sus repliegues tácticos, sigue siendo una amenaza para la seguridad del pueblo camerunés.

Antes de su independencia, el 85% del territorio de Camerún estaba bajo la tutela de Francia, el resto dependía del Reino Unido. En el momento de la descolonización, las poblaciones de los territorios administrados por los ingleses, solo tenían dos posibilidades: unirse al país vecino, Nigeria, una elección hecha por una pequeña parte de los angloparlantes que habitaban Camerún, o integrarse al país recién independizado. Esta opción fue motivada por un acuerdo que definía al país como federal. Fue precisamente, este acuerdo el que Ahidjo puso en tela de juicio en beneficio de una república hiper-centralizada que rápidamente se convirtió en dictadura.

                   “Una violencia extrema que proviene

                      tanto de la región de habla inglesa,

                    que ha generado un conflicto armado

                         revindicando mayores derechos

                     para la población anglófona, como

                         de los constantes ataques de la

                 banda yihadista nigeriana Boko Haram”

El actual presidente Biya, tuvo que hacer ajustes cosméticos al régimen dictatorial para lograr la integración de la nación, pero mantuvo la política de desprecio y represión contra la población anglófona, parte de ella se ha radicalizado en las exigencias a sus derechos ciudadanos en los últimos años. En el 2017, numerosos cameruneses de habla inglesa se organizaron en milicias armadas dispuestos a luchar por la independencia de la región oeste del país, auto-proclamando la República Federal de Ambazonia, que incluye las dos provincias anglófonas de Camerún, y desconociendo al gobierno central camerunés, llegando a formar un gobierno interino en el exilio. El nombre Ambazonia se deriva de la bahía de Ambas, lugar donde los británicos llegaron por primera vez a mediados del siglo XIX.  

Paul Biya y su esposa Chantal, dos personajes bufonescos
que representan el autoritarismo y la corrupción que vive
Camerún desde hace más de 40 años.

Los cesionistas de habla inglesa han decidido militarizar su lucha. Atacan todos los símbolos del Estado camerunés. No dudan en ejercer terror sobre las poblaciones que no siguen su lema de boicotear al Estado, llegando incluso a ejecutar a estudiantes y civiles. En cuanto al ejército gubernamental, también se caracteriza por el uso de una represión desmedida, alentada por la impunidad y apoyo de gobierno central. En ambas partes se han cometido crímenes de guerra contra la población civil. Para muchos de estas poblaciones solo le queda huir. Así, más de 700 mil personas están desplazadas dentro y fuera del país.

Por lo pronto, la violencia desbordada que se vive en la región de Ambazonia podría representar uno de los principales focos que amenazaría con volver a modificar el mapa político de África. Siempre es muy delicado tomar postura ante una situación tan grave como esta, pero no podemos negar que la solución debe partir de decisiones políticas que incluyan a todos los miembros de la Nación.

           “El gobierno de Biya, quien va cumplir 44 años

                  en el poder, llevando a cuesta 92 años

               de edad, siendo el presidente más longevo

                  del mundo, dispone de un ejército de

                     más de 40 mil hombres, pero con

               militares insuficientemente capacitados

                         y precariamente equipados”

Otra expresión de la violencia que sacude a Camerún, proviene de las demenciales acciones armadas de la banda yihadista Boko Haram, que tiene como escenario los Estados del norte. La lucha contra el terrorismo confesional es la puerta abierta, para que los soldados de élite del Batallón de Respuesta Rápida BIR, puedan perpetrar graves violaciones a los derechos humanos contra la población civil. Diversas organizaciones humanitarias han documentado ejecuciones sumarias, aldeas incendiadas, personas arrestadas y torturadas y sistemáticas violaciones a mujeres y niñas. En un informe de 2024, Amnistía Internacional AI informó que la sede del BIR en la ciudad de Salak, cerca de Maroua en el centro del país, es un centro donde se perpetra la tortura. Es precisamente en este cuartel, a pocos pasos de la sala de tortura, donde soldados estadounidenses y franceses están instalados en el marco de la asistencia militar contra el terrorismo yihadista en esta parte de África.

La región sur-oeste es reclamada por los separatista de habla
inglés y las provincias del noroeste sufren las acciones de 
Boko Haram grupo proveniente de la vecina Nigeria.

Además, la región del extremo norte de Camerún se ve afectada por la escasez de recursos hídricos causada por el calentamiento global. Este fenómeno ha causado conflictos intercomunitarios entre ganaderos, agricultores y pescadores de la zona, un factor adicional que incrementa la violencia inter-étnica y comunitaria en esta región de Camerún. Esta expansión de la violencia ha generado una dinámica propia, que se traduce en el tono agresivo de las relaciones inter-étnicas, familiares, comunitarias y entre el Estado y el ciudadano, marcadas por la desconfianza, la rivalidad y el encono, alterando gravemente la convivencia entre la población. 

Para poder permanecer a la cabeza del país, Paul Biya ha sabido empuñar la zanahoria y el palo. O compra líderes de la oposición y crea organizaciones de la sociedad civil controladas por el gobierno o es la represión la que cae sobre los opositores. Así, muchos miembros del Movimiento por el Renacimiento de Camerún MRC, el principal partido político del país, están perseguidos, amenazados o encarcelados. El líder de este partido, Maurice Kamto, ex-ministro de Justicia, y probablemente ganador de las elecciones presidenciales del 2018 contra Biya, fue condenado a carcelería acusado de sedición.

                 “Camerún está en el pelotón de países

               que conforman la cola en la clasificación

                    del Índice de Desarrollo Humano y

                en la lista de Naciones más endeudadas,

               cuya deuda se ha cuadruplicado del 12%

                     en el 2010 al 48.85% en el 2025”

En su propio campo, Biya despide a toda personalidad que pueda ser una amenaza para él. Su arma favorita es el encarcelamiento por corrupción. Sorprendentemente, es un recurso muy efectivo, ya que todo su clan (ministros, asistentes, gobernadores) suele coger alegremente dinero de las arcas estatales.

Camerún gobernado por Biya, quien va cumplir 44 años en el poder, llevando a cuestas 92 años de edad, siendo el presidente más longevo del mundo, dispone de un ejército de más de 40 mil hombres, pero con militares insuficientemente capacitados y precariamente equipados, en razón de la generalizada corrupción que padece la estructura militar, conformada por militares mediocres que desvían, la mayor parte de los presupuestos destinados para defensa, a sus cuentas personales, en una sórdida complicidad con el presidente, que le ha permitido, hasta ahora, no ser derrocado por un golpe de Estado.

Como resultado de esta dramática situación política, Camerún está en el pelotón de países que conforman la cola en la clasificación del Índice de Desarrollo Humano y en la lista de Naciones más endeudadas, cuya deuda se ha cuadruplicado del 12% en el 2010 al 48.85% en el 2025. Pero para la pareja presidencial, Paul y Chantal Biya, le va ser muy difícil, advertir y solucionar la lacerante violencia y la critica situación económica que padece su país desde la cómoda suite de un hotel.