EL SAHEL: HACIA UNA SALIDA POLÍTICA
En el norte del África subsahariana y el sur del desierto del
Sahara encontramos una región conocida como el sahel. Se trata de una franja de
tierra semidesértica que se extiende desde la costa atlántica hasta el Mar Rojo,
donde viven más de 400 millones de personas -la población más joven del mundo-
albergando hasta diez países y donde la vida se hace cada vez más complicada.
La zona occidental de la franja está hoy muy afectada por
seguías y hambrunas, golpes de Estado, la expansión de milicias yihadistas y una
férrea competencia extractivista global. Nuevos actores clave como, Rusia,
China, Emiratos Árabes Unidos o Turquía desplazan a las viejas potencias
coloniales como Francia. Bajo esta realidad miles de personas huyen de la
violencia y se unen a las rutas migratorias buscando mejores condiciones de
vida: son las mismas que hoy duermen en las calles de las principales ciudades
europeas.
En todo este contexto, desde hace más de una década, diversas
organizaciones armadas han sembrado de violencia y muerte esta región africana.
De estas milicias fanáticas sobresale el llamado: Grupo de Apoyo al Islam y los
Musulmanes JNIM, la organización más fuerte, que ha llegado a poner a la ciudad
de Bamako -capital de Mali- bajo un asedio constante. Pero, ¿Cómo se explica el
auge del yihadismo y en especial del grupo JNIM en el sahel? Normalmente la
respuesta se reduce a un problema de fanatismo y falta de seguridad. Pero su
crecimiento exponencial es, ante todo, el síntoma de un colapso estructural: la
herencia del colonialismo que nunca terminó, la competencia internacional por
los recursos y el abandono de poblaciones enteras, en especial de los jóvenes.
El JNIM ha convertido esta crisis de violencia en un negocio, fusionando
yihadismo, crimen organizado y administración local.
“Se trata de un sistema combinado
de violencia, negocio y control
social de poblaciones”
La expansión del yihadismo y en especial del JNIM, liderado
por Iyad Ag Ghaly, no puede entenderse solo como un problema de seguridad sino
como consecuencia de la competencia -internacional- por los recursos naturales
y por el abandono estructural de amplias poblaciones. Esta filial de Al Qaeda
fundada en Mali el 1 de marzo de 2017 tras la fusión de varios grupos armados,
ha logrado consolidarse como una de las principales bandas salafistas
-salafismo: rama ultra-ortodoxa del islam- de la región, especialmente en Mali
y Burkina Faso, pero extendiendo también su presencia hacia los países del
Golfo de Guinea. Más que una insurgencia yihadista clásica, opera como una
organización criminal transnacional. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Parte de ese crecimiento se remonta a la desestabilización regional provocada por la invasión de Libia en el 2011, por parte de las potencias occidentales, que dejó al país colapsado, abriendo las puertas a la circulación masiva de armas hacia el sahel y alimentando el mercado negro que abastece a estos grupos. Las revueltas y el golpe de Estado en Mali de 2012 aceleraron el proceso: milicias rebeldes se apropiaron de arsenales estatales, controlaron rutas comerciales y disputaron enclaves mineros. Grupos nacionalistas como el Movimiento de Liberación de Azawad MNLA -independentistas tuareg- hicieron entender a la población que ante el abandono no quedaba más opción que la lucha armada. Este espacio sería tomado más adelante por el JNIM.
Desde su fundación el JNIM aseguró fuentes ilegales de
ingresos estables y diversos para la organización: aunque el tráfico de cocaína
ha perdido peso, los secuestros de extranjeros y empresarios llegaron a
reportar hasta 30 millones de euros en 2021, y la imposición interesada del zakat -obligación religiosa por la que
das una parte de tu riqueza a los necesitados-, se convirtió en impuesto
obligatorio para comerciantes y ganaderos.
“El JNIM ha sabido acoger
demandas sociales urgentes y
ofrecer respuestas allí donde
el Estado ha desaparecido”
El contrabando, el cobro de peajes y el control de minas
“artesanales” de oro también suponen ingentes ingresos para la banda yihadista.
Solo en Burkina Faso operan hasta dos mil yacimientos clandestinos de oro. Las
rápidas emboscadas de convoyes en carreteras mediante motos, lanzacohetes y
armas ligeras no solo les aportan beneficios, sino que genera pérdidas
económicas importantísimas para los gobiernos de la zona. Además, la capacidad
de estas organizaciones para insertarse en la economía financiera urbana,
mediante la complicidad de empresarios y redes bancarias, financia la guerra y
reordena las economías rurales bajo su tutela. Se trata de un sistema combinado
de violencia, negocio y control social de poblaciones.
Los países que conforman la Alianza de Estados del Sahel AES
-Mali, Burkina Faso y Níger- han acusado repetidamente a Francia de estar
financiando indirectamente al grupo yihadista mediante rescates millonarios,
armamento y apoyo logístico. Si bien no es un hecho fácil de demostrar, es
cierto que aumentar las capacidades del grupo podría beneficiar a las
corporaciones francesas ahora debilitadas.
Francia depende en gran medida de la energía nuclear para
sostener su sistema eléctrico. Durante años extrajo de Níger entre el 10% y 30%
del uranio que alimenta sus centrales, pero las nuevas juntas militares -nacionalistas
y panafricanistas- la han expulsado de la región. En este contexto, la
inestabilidad puede convertirse en una ventaja: abarata costos y facilita
acuerdos informales entre empresas francesas y actores armados locales, al tiempo
que debilita a gobiernos hostiles a sus intereses. No es la primera vez que una
corporación francesa hace alianzas con grupos yihadistas: la empresa Lafarge estuvo transfiriendo millones de
dólares al ISIS en Siria y se trataron como “aliados estratégicos”.
"La expansión del JNIM, no puede
entenderse sólo como un problema
de seguridad sino como consecuencia
de la competencia internacional por
los recursos y el abandono estructural
de amplias poblaciones”
También países como Emiratos Árabes Unidos -envuelto en el
comercio ilegal de diamantes y oro por toda África- ha pagado al JNIM rescates
millonarios para salvar a jeques y empresarios del oro, lo que podría responder
a su nueva estrategia exterior -junto a Israel- para constituir un “eje secesionista”
bajo sus intereses estratégicos en lugares como Somalia, Sudán o Yemen.
La expansión del yihadismo y del JNIM en la región del sahel, no pude explicase solo por el uso de las armas, ni puede concebirse únicamente como un conflicto militar, sino como un problema profundamente político tras décadas de expolio y abandono. Estas organizaciones están llenando ese vacío.
"El resultado es una organización que
desborda la etiqueta de grupo terrorista.
Opera como una empresa político-criminal
con capacidad de capitalizar la crisis
crónica
del sahel para su propio beneficio”
Tras sus independencias formales buena parte del sahel
mantuvo los marcos jurídicos y administrativos coloniales que siguieron
desviando recursos naturales hacia corporaciones extranjeras. En Mali se
aseguró la ausencia de soberanía económica y su consecuente dependencia de
Paris, mientras la regulación restrictiva de tierras y pastoreo favoreció a
corporaciones agrícolas y mineras que hasta hoy concentran los beneficios. El
resultado persiste hasta nuestros días: dependencia estructural hacia
organismos humanitarios y ausencia casi total de servicios básicos en todos los
países de la región.
En un contexto desolador como el descrito, el JNIM y otras
organizaciones armadas han sabido insertarse en las redes sociales con un
discurso político multiétnico, logrando, al menos en parte, vincular algunas
estructuras políticas, económicas y religiosas con su ideología y sus propias
estructuras. Además el JNIM ha sabido acoger demandas sociales urgentes y
ofrecer respuestas allí donde el Estado ha desaparecido. Se presenta como mediador
y garante de estabilidad, aunque respalda esa autoridad con la amenaza
permanente del castigo. Juega con el palo y después la zanahoria.
El resultado es una organización que desborda la etiqueta de
grupo terrorista. Opera como una empresa político-criminal con capacidad de
capitalizar la crisis crónica del sahel para su propio beneficio. Para el JNIM
y las otras bandas yihadistas, su fortaleza no depende solo de las armas, sino
de la incapacidad de los Estados para revertir décadas de abandono y exclusión.
Mientras los gobiernos del sahel no construyan alternativas radicales que
ofrezcan soberanía, justicia y dignidad a su población, como tratan de edificar
los nuevos líderes soberanistas de los países de la AES, el JNIM y cualquier
otra organización fundamentalista seguirá creciendo y siendo capaz de imponer
su sentido común: generar sus propias alternativas y mantener el control
mediante la violencia armada.












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