Thursday, June 25, 2026

 LA PENÍNSULA DEL SINAÍ: ESTRATÉGICA Y VIOLENTA

Por: Javier F. Miranda Prieto 

La Península del Sinaí es el puente terrestre entre África y Asia. Una región estratégica como violenta ubicada entre el
Mar Rojo y el Mar Mediterráneo. Posesión egipcia muy próxima a Gaza, Israel, Jordania y Arabia Saudita,
centros neurálgicos del Medio Oriente. 

El terrorismo global se está constituyendo en una de las mayores amenazas de los últimos años. La inestabilidad y vulnerabilidad que representa ha afectado la dinámica de las relaciones internacionales al establecer la seguridad como su principal pilar. No obstante, algunas de las medidas anti-terroristas, adoptadas en diversas partes del mundo, parecen olvidar el respeto a los más elementales derechos de las personas, permitiendo la violación de los derechos de ciertas personas bajo el pretexto de salvaguardar los de otras. Uno de estos lugares que padece esta contradicción es la estratégica Península del Sinaí ubicada al este de Egipto, donde las ambiciones de Abdelfatah al-Sisi, presidente egipcio, y la confluencia de intereses de varias potencias conducen a unas cuestionables políticas.

La convulsa historia marcada por las guerras en el Sinaí, así como la secular marginación posterior por parte de Egipto han fomentado el auge del terrorismo yihadista en esta región. La violencia presente en esta estratégica zona es una de las principales amenazas al gobierno de al-Sisi, que afecta tanto la seguridad nacional como la estabilidad internacional.

EL FACTOR ESTRATÉGICO:

El gran valor estratégico y geopolítico de la península del Sinaí radica en su posición de puente intercontinental entre África y Asia, su control sobre el Canal de Suez -vital para el comercio mundial- y su carácter de zona de amortiguamiento militar entre Egipto, Palestina (Gaza) e Israel.

  “Su subsuelo posee un gran potencial

   en hidrocarburos. Sin embargo, la marginación

   histórica de sus habitantes locales ha creado

   focos de inestabilidad y descontento entre

  el segmento más joven de su población lo

  que ha generado en los últimos años,

  el reclutamiento voluntario de jóvenes

  egipcios en las diversas bandas yihadistas”

Para describir el valor estratégico de esta zona que une el Magreb y el Cercano Oriente, habría que describir cuatro pilares fundamentales:

Punto de Cruce Global:

Conecta el Mar Rojo con el Mar Mediterráneo a través del Canal de Suez, el paso marino más corto entre Europa y Asia, lo que lo convierte en un punto crítico para la economía mundial y el comercio de hidrocarburos.

Zona de Seguridad:

Es un territorio clave para la estabilidad regional. El Tratado de Paz de Camp David de 1979, que devolvió esta península a manos de Egipto, luego que Israel se lo arrebatara en la Guerra de los Seis Días en 1967, dividió la península en zonas desmilitarizadas para separar a Egipto de Israel, incorporando fuerzas internacionales de pacificación. A pesar de este control internacional, Egipto desde entonces ve mellada su soberanía.

General Abdelfatah al-Sisi, presidente egipcio, es una pieza
clave de la geopolítica norteamericana en el Medio Oriente.
Él y las Fuerzas Armadas, el principal partido político
del país, conducen la nación, desde hace trece años, con
mano dura y represiva, convirtiendo la Península del Sinaí 
en un escenario de guerra.

Frontera de Gaza e Israel:

La porción noreste de la península, el paso de Rafah, funciona como el punto fronterizo y la zona tapón inmediata con la Franja de Gaza, en territorio palestino, lo que le otorga un papel central en la crisis humanitaria que padece la población civil palestina y en las tratativas de negociación en el Oriente Próximo.

Recursos y Desequilibrio Interno:

Su subsuelo posee un gran potencial en hidrocarburos. Sin embargo, la marginación histórica de sus habitantes locales ha creado focos de inestabilidad y descontento entre el segmento más joven de su población lo que ha generado en los últimos años, el reclutamiento voluntario de jóvenes egipcios en las diversas bandas yihadistas que amenazan la seguridad nacional.

  “Tras la toma militar de Gaza por Hamas en el 2008,

    la presencia del movimiento islamista se consolidó

   en Egipto, tejiendo redes de solidaridad islamista.

   El Sinaí se convirtió en un refugio para los terroristas,

   lo que intensifico la polarización de la población.

  Grupos yihadistas y salafistas vieron una oportunidad

  en la Península del Sinaí”

EL FACTOR YIHADISTA:

El gobierno egipcio, desde el fin de la ocupación de Israel de la península del Sinaí, marginó y excluyó a la población originaria, como los beduinos, de la economía formal, vendiendo sus tierras y repartiendo trabajo y créditos entre la población egipcia del valle del Nilo, acabando así con las fuentes de ingresos tradicionales y forzándolos a recurrir a actividades informales, como el contrabando. El negocio del contrabando entre la vecina Gaza y la península ayudó a fortalecer las relaciones ya existentes entre los dos pueblos, y el conflicto Palestino-Israelí así como el contacto con Hamas, la organización política-militar que gobernaba la Franja, ayudaron a radicalizar a los beduinos de esta región, que ya sentían gran enemistad hacia el gobierno egipcio debido a la marginación y discriminación a la que habían sido sometidos.

La Península del Sinaí limita por su frontera noreste con el 
sur de la Franja de Gaza, Palestina. Sus aperturas y cierres
entre ambas fronteras por el paso de Rafah, el único 
autorizado con Gaza, han sido interminables, desde
el inicio del genocidio que Israel viene perpetrando
en la Franja.
 

Tras la toma militar de Gaza por Hamas en el 2008, la presencia del movimiento islamista se consolidó en Egipto, tejiendo redes de solidaridad islamista. El Sinaí se convirtió en un refugio para los terroristas, lo que intensificó la polarización de la población. Grupos yihadistas y salafistas vieron una oportunidad en la Península del Sinaí, ya que Israel debía de evitar a toda costa violar la soberanía egipcia, Egipto solo podía tener un número reducido de fuerzas armadas en muchas zonas en virtud de los acuerdos de 1979, aumentando los ataques a Israel desde Egipto. A causa de la experiencia compartida de una gran parte de la población beduina con salafistas y yihadistas, especialmente en las cárceles egipcias tras la serie de ataques terroristas de 2013 y 2014, un importante número de beduinos se radicalizó.

Desde esos años el norte del Sinaí ha sido escenario de una brutal “guerra sucia” y prolongada entre el Estado egipcio y diversos grupos yihadistas, incluyendo filiales locales del Estado Islámico. Las masivas operaciones militares gubernamentales, como la “Operación Sinaí”, han provocado severas consecuencias humanitarias para la población civil. Esto incluye: demoliciones de viviendas, escases de alimentos y el desplazamiento forzado de miles de personas, todo bajo un estricto cerco informativo que veda el acceso al periodismo.

Como hemos señalado, la influencia de los grupos yihadistas provenientes del exterior, pero, sobre todo, el trato discriminatorio hacia la población beduina, al excluirlos de todo desarrollo económico y social, así como la reacción y el trato otorgado a la población local por parte del gobierno egipcio, han alimentado la espiral de violencia terrorista en esta región. Una región estratégica como violenta.

Saturday, June 13, 2026

 SUDÁN DEL SUR: EL REGRESO A LAS ARMAS

Por: Javier F. Miranda Prieto 

Milicianos armados del Ejército Blanco de la etnia nuer, seguidores del ex vicepresidente Riek Machar, uno de los
caudillos de la interminable guerra civil que se vive, desde el 2013, en Sudán del Sur. El país más joven del mundo
y el más frágil ubicado en el corazón de África.

Sudán del Sur se desliza nuevamente hacia una guerra civil, como consecuencia directa de la decisión del presidente Salvar Kirr Mayardit de abandonar el acuerdo de paz de 2018, desmantelar el gobierno de unidad nacional y optar por una estrategia militar contra sus rivales. La detención del vice-presidente Rieck Machar, ocurrida a principios de año, posteriormente acusado de traición, actuó  como detonante inmediato de una nueva insurgencia.

Este episodio reactivo tensiones étnicas profundas entre las comunidades dinka y nuer, nunca plenamente resueltas desde la guerra civil anterior, y devolvió al país a una lógica de confrontación identitaria.

Sudán del Sur es el país más joven del mundo y, al mismo tiempo, uno de los más frágiles, situado en el corazón del África subsahariana. Se define como una identidad multiétnica, multicultural y multirreligiosa, donde conviven decenas de grupos étnicos y lenguas, además del inglés como idioma oficial. Esta diversidad, lejos de ser un factor de cohesión, ha sido históricamente instrumentalizada en clave política y militar.

Hasta el 2011, año de su independencia, Sudán del Sur formaba parte de la Republica de Sudán, dentro del antiguo condominio anglo-egipcio. Las diferencias estructurales entre el norte (árabe y musulmán) y el sur (africano negro, cristiano y animista) generaron tensiones persistentes que desembocaron en dos guerras civiles tras la independencia de Sudán en 1956.

  “El país ha vivido ciclos recurrentes

   de violencia, tras el enfrentamiento del

   presidente Salva Riir (de la etnia dinka) y

   su segundo Riek Mashar (de la etnia nuer)

  que derivó en una guerra civil marcada

  por masacres, desplazamientos masivos y

  fractura institucional”

El acuerdo de paz de 2005 abrió la puerta al referéndum de autodeterminación, que culminó en el 2011 con la independencia de Sudán del Sur, respaldada por casi el 99% de la población. Sin embargo, la construcción del nuevo Estado quedó rápidamente atrapada en rivalidades internas.

Sudán del Sur se desprendió de la República de Sudán en el
2011, luego de dos largas guerras civiles. País petrolero sin
salida al mar, por lo que depende, de los oleoductos y 
puertos ubicados en su vecino Sudán, para exportar
sus recursos petrolíferos.

Desde el 2013, el país ha vivido ciclos recurrentes de violencia, tras el enfrentamiento del presidente Salva Riir (de la etnia dinka) y su segundo Riek Machar (de la etnia nuer) que derivó en una guerra civil marcada por masacres, desplazamientos masivos y fractura institucional. El acuerdo de paz del 2018 logró contener temporalmente el conflicto, pero no resolvió sus causas profundas.

La dimensión humanitaria ha sido devastadora y estructural, especialmente para la población infantil. Ya en el 2020, antes de la pandemia, organismos internacionales alertaban que más de un millón de niños habían huido del país. La combinación de guerra, extrema pobreza y fenómenos climáticos adversos (seguías e inundaciones) ha consolidado un escenario de inseguridad alimentaria crónica.

  “El recrudecimiento de la violencia,

   iniciada a fines del año pasado en Jonglei,

  ha evolucionado hacia un conflicto más

  estructurado, con fuerzas leales a Machar y

  milicias aliadas como el Ejército Blanco,

  quienes han capturado posiciones clave,

  mientras el gobierno ha respondido con

  ofensivas apoyadas por el ejército regular”

Por otro lado, el colapso económico del país ha acelerado esta deriva de emergencia humanitaria, especialmente tras la irrupción en 2024 del oleoducto Petrodar en la vecina Sudán, que redujo los ingresos estatales en aproximadamente un 70%. Sudán del Sur es productor de petróleo, pero depende de las altas tarifas por el uso de los oleoductos y puertos ubicados en la República de Sudán, indispensables para exportar sus recursos petrolíferos. Este golpe debilitó gravemente al Estado, incapaz de sostener su red clientelar, provocando deserciones militares, pérdida de cohesión en las fuerzas armadas y la consolidación de una economía de guerra basada en el saqueo y el control territorial de recursos.

Salva Kiir y Reik Machar (de izq. a der.), los dos caudillos 
que protagonizan la guerra en Sudán del Sur desde hace 13
años. Un conflicto que adquirió fuertes tintes étnicos entre 
los dinkas y nuers y que derivó en una pugna por el control
y los ingresos de los recursos petroleros. 

El recrudecimiento de la violencia, iniciada a fines del año pasado en Jonglei (uno de los Estados más martirizados, ubicado en la región del Alto Nilo), ha evolucionado hacia un conflicto más estructurado, con fuerzas leales a Machar y milicias aliadas como el Ejército Blanco, quienes han capturado posiciones clave, mientras el gobierno ha respondido con ofensivas apoyadas por el ejército regular. El contexto está marcado por una retórica étnica extrema y ataques indiscriminados contra civiles, elevando significativamente el número de víctimas entre la población civil.

Ambos bandos, sin embargo, presentan debilidades estructurales, lo que apunta a un escenario de conflicto prolongado. El gobierno carece de recursos y cohesión interna suficiente para imponerse, mientras que la oposición depende de milicias locales fragmentadas y volátiles, guiadas más por intereses comunitarios que por una estrategia política y militar coherente.

  “Sudán del Sur se perfila como escenario

   de una guerra olvidada pero estratégicamente

  relevante, donde el colapso estatal, las tensiones

  étnicas y la interacción con conflictos regionales

  pueden generar un foco de inestabilidad duradera

  en el África del Este”

A estas alturas de la guerra, el riesgo más preocupante es la regionalización del conflicto, ya que Sudán del Sur podría relacionarse progresiva y peligrosamente con la guerra en el vecino Sudán. Las conexiones entre Juba y las milicias paramilitares del Frente de Apoyo Rápido RSF, junto con posibles apoyos indirectos del ejército sudanés a fracciones opositoras como el Ejército Blanco, convierten regiones como el Alto Nilo en potenciales zonas de convergencia de ambos conflictos, ampliando el teatro de operaciones en África Oriental.

Como hemos señalado, la crisis humanitaria está alcanzando niveles críticos, con más de 10 millones de personas necesitando asistencia en lo que va del 2026, con más de 2,8 millones de desplazados internos y 2,4 millones de refugiados. Estos nuevos combates han provocado cientos de miles de desplazados adicionales, en un contexto en donde los países vecinos (Sudán, Etiopía y RCA) están saturados o son inestables, lo que incrementa el riesgo de flujos migratorios hacia el norte de África y Europa.

Geopolíticamente, Sudán del Sur se perfila como escenario de una guerra olvidada pero estratégicamente relevante, donde el colapso estatal, las tensiones étnicas y la interacción con conflictos regionales pueden generar un foco de inestabilidad duradera en el África del Este.

Hoy, Sudán del Sur sigue atrapado en una paradoja estructural: un país rico en recursos, especialmente petróleo, pero incapaz de construir instituciones estables. La fragilidad del Estado, la dependencia de redes clientelares y la instrumentalización de la identidad étnica continúan alimentando un ciclo de violencia que, en 2026, vuelve a intensificarse a través de la peligrosa opción del regreso a las armas.   

Wednesday, June 10, 2026

 

TRUMP, NIGERIA Y LA ESTUPIDEZ HUAMANA 

Por: Javier F. Miranda Prieto 

Con la excusa del "asesinato de cristianos" a manos de terroristas islámicos, Trump decidió bombardear,
hace cinco meses, el noreste de Nigeria con el fin de acabar con las bases militares del Estado
Islámico ISIS. La islamofobia maquillada de "guerra religiosa".

Hace cinco meses en Nigeria, el país más poblado de África y multiétnico, fuerzas armadas de Estados Unidos bombardearon en el noreste del país, a bases de la organización yihadista Estado Islámico ISIS que se habían asentado en esa región. Las complejas luchas multiétnicas, pluri-confesionales y el terrorismo yihadista que han profundizado las diferencias entre cristianos y musulmanes en esta nación del occidente africano y que han generado más de 50 mil muertos en los últimos 15 años, no fueron entendidos ni valorados por el gobierno norteamericano al perpetrar esta arriesgada e inconsulta acción militar. 

La caracterización que Donald Trump hizo del conflicto en Nigeria, presentándolo como una persecución religiosa unilateral que justificaba una brutal intervención militar, constituye un ejemplo paradigmático de manipulación política, simplificación mediática y estupidez humana que aún persisten en su gobierno y que se irradia, con gran facilidad, en otras potencias de occidente.

En esa oportunidad, Trump señalaba que el cristianismo se enfrentaba en Nigeria a una “amenaza existencial” y acusaba al gobierno nigeriano de permitir el asesinato sistemático de cristianos. Con ese estúpido argumento no solo distorsionaba los hechos sino que utilizaba un drama humano de enorme complejidad como pieza de una narrativa geopolítica maniquea, para reactivar la vieja obsesión ideológica de la islamofobia entre su base electoral y mediática. 

  “Presentar este complejo entramado

   de factores como una simple “persecución

   de cristianos” no solo fue intelectualmente

   deshonesto, políticamente peligroso,

   sino estúpidamente inhumano”

La realidad nigeriana está muy lejos de poder explicarse en términos puramente religiosos. Nigeria, con más de 220 millones de habitantes y una enorme diversidad étnica y confesional, vive desde hace décadas una multiplicidad de conflictos que se superponen y retroalimentan. A la insurgencia salafista de Boko Haram -vinculada al Daesh- y a su escisión, el Estado Islámico en la Provincia del África Occidental ISWAP, se suman enfrentamientos entre pastores nómadas, en su mayoría musulmanes fulanis y agricultores sedentarios, en su mayoría cristianos, que se disputan tierras y fuentes de agua cada vez más escasas por efectos del cambio climático y del crecimiento demográfico. En paralelo, el país padece el auge del bandolerismo  armado con motivaciones especialmente económicas, que ataca indiscriminadamente a comunidades de todas las confesiones, así como tensiones secesionistas en el sureste, de mayoría cristiana, donde resurgen movimientos independentistas.

En el estado de Borno, al noreste nigeriano, surge en el 2002
Boko Haram, la banda yihadista que indistintamente ha 
asesinado a musulmanes, cristianos y de otras religiones, 
convirtiéndose en un grupo terrorista que expandió 
su violencia a países vecinos como: Chad, Níger y
Camerún. 

Presentar este complejo entramado de factores como una simple “persecución de cristianos” no solo fue intelectualmente deshonesto, políticamente peligroso, sino estúpidamente inhumano. Los datos disponibles muestran que las víctimas de la violencia en Nigeria pertenecen a todas las comunidades religiosas. Si bien los ataques contra iglesias y aldeas cristianas son una realidad grave e innegable, la mayoría de las víctimas de los grupos armados son, en realidad, musulmanes del norte del país. Boko Haram, en particular, ha asesinado a miles de musulmanes a los que considera no lo suficientemente fieles o piadosos. Las cifras recopiladas indican que entre el 2020 y 2025 se produjeron 385 ataques dirigidos contra cristianos, con 317 muertes, y 197 ataques contra musulmanes, con 417 muertes. Estas estadísticas desmienten la idea de un genocidio exclusivamente contra una fe y revelan más bien un patrón de violencia difusa donde las víctimas se cuentan por igual entre las distintas comunidades religiosas.

Pese a ello, la retórica de Trump no surge de la nada. Forma parte de una estrategia política más amplia, tanto doméstica como internacional, que busca explotar el miedo al islam y presentarse como defensor de una supuesta “civilización cristiana” en peligro. El presidente recoge así una narrativa promovida por los sectores más ultraconservadores norteamericanos. Detrás de esta maniobra se encuentran poderos grupos de presión religiosos y mediáticos que intentan imponer una lectura sectaria de los conflictos africanos, desoyendo una visión de la realidad mucho más compleja.

  “Esta instrumentalización del miedo

   religioso no se limita a Estados Unidos.

  Forma parte de una ofensiva ideológica

  global en la que la islamofobia se ha

  convertido en el nuevo elemento unificador

  de la nueva derecha internacional”

La amenaza de una intervención militar “rápida, feroz y dulce” como lo señalaba Trump, en sus redes sociales por aquella época, llevaba esa lógica militarista al extremo del espectáculo. Convertir un problema diplomático y humanitario tan delicado en una bravata de campaña, revela un desprecio absoluto por las consecuencias reales de una acción armada sobre el terreno. La repetición de una acción militar de ese tipo en cualquier país de la región, no solo sería catastrófica para la población civil africana, sino que desestabilizaría toda la región del sahel, donde ya operan múltiples grupos armados y redes mafiosas transfronterizas.

Esta instrumentalización del miedo religioso no se limita a Estados Unidos. Forma parte de una ofensiva ideológica global en la que la islamofobia se ha convertido en el nuevo elemento unificador de la nueva derecha internacional. En Europa, esa estrategia ha calado profundamente en proyectos políticos que encuentran en el odio al musulmán un eje de cohesión y movilización social y electoral. Desde Marie Le Pen y Jordan Bardella en Francia, que han hecho de la “defensa de la identidad francesa” un eufemismo de exclusión religiosa y racial, hasta la extrema derecha holandesa, cuyo discurso islamófobo ha crecido sobre la demonización sistemática de las comunidades migrantes, el patrón es el mismo: fabricar miedo para disciplinar a las mayorías.

A pesar del pensamiento racista y la islamofobia que campea 
en EE.UU y Europa, la gran parte de su población los
rechaza por ser una narrativa absurda que demoniza 
sistemáticamente a las comunidades migrantes de todo
el mundo, con el patrón de fabricar miedo para 
disciplinar a las mayorías

En España, esa misma lógica se traduce en el discurso de Vox y de otras formaciones emergentes catalanas y en el mismo Partido Popular, que lejos de marcar distancia adoptan de manera calculada gran parte de ese relato, blanqueando posiciones xenófobas y legitimando a quienes viven del odio. Es necesario recordar que todos estos partidos islamófobos son profundamente sionistas, y por tanto, defensores a ultranza del régimen sionista israelí.

El contagio de la islamofobia europea al relato estadounidense y viceversa revela que ya no se trata de fenómenos aislados, sino de un frente político articulado. Trump, Le Pen, Wilders, Abascal y otros participan, con matices, del mismo discurso absurdo de la “defensa de la civilización” frente a una amenaza inventada.

  “Nigeria, el sahel, el Cuerno africano y

   el África entera no necesitan sermones

   mesiánicos ni soluciones militares de espectáculo,  

   necesitan apoyo real para abordar las raíces

   estructurales de la violencia, fortalecer la cohesión

   social y avanzar hacia un desarrollo inclusivo”

Recordemos, que frente a estas absurdas acusaciones, el gobierno de Nigeria respondió con firmeza y prudencia. El presidente conservador Bola Ahmed Tinubu rechazo la descripción del país como un escenario de persecución religiosa, subrayando que la libertad de culto y la convivencia entre comunidades son principios fundacionales de la nación nigeriana.

El problema de fondo no solo fue la falsedad del relato, sino el efecto devastador que este tipo de discursos tiene sobre el terreno. Cuando una figura tan influyente como Donald Trump define el conflicto nigeriano en términos religiosos, contribuye a exacerbar las tensiones entre comunidades, alimenta la desconfianza y refuerza las posiciones extremistas. La percepción de una posible guerra de religión en territorio africano, podría  convertirse en una profecía autocumplida, incentivando la violencia y dificultando los procesos de reconciliación.

La narrativa construida por Trump no resiste el contraste con los hechos ni con los principios de la diplomacia. Al transformar un conflicto complejo, atravesado por factores socio-económicos, históricos, étnicos y ambientales, en un relato simplista de persecución religiosa, el precario inquilino de la Casa Blanca actúa con una irresponsabilidad que va mucho más allá del error analítico: contribuye activamente a agravar el problema. Su retórica belicista no solo ignora el sufrimiento de las víctimas musulmanas, sino que desestima los esfuerzos de reconciliación interna y amenaza con incendiar aún más una región extremadamente frágil.

Frente a esta manipulación global, la tarea urgente es doble: denunciar la islamofobia como forma contemporánea de colonialismo ideológico, y construir una alternativa basada en la cooperación, la justicia y la verdad. Nigeria, el sahel, el Cuerno africano y el África entera no necesitan sermones mesiánicos ni soluciones militares de espectáculo que actúan como gasolina sobre un incendio: necesitan apoyo real para abordar las raíces estructurales de la violencia, fortalecer la cohesión social y avanzar hacia un desarrollo inclusivo. Y sobre todo, necesitan avanzar en el proceso de descolonización real de forma que se respete de manera efectiva la soberanía de sus pueblos, como medida imprescindible para apaciguar las endémicas tensiones internas que atraviesan todo el continente y que son parte de esa nefasta herencia colonial que aún persiste.

Saturday, June 6, 2026

 ÁFRICA: UN CONTINENTE OLVIDADO

Por: Javier F. Miranda Prieto 

Un centro de tránsito para migrantes a las afueras de Niamey, Níger. África es un continente olvidado por muchos
y en el que los conflictos armados, la pobreza, los desplazados y el hambre son ignorados por
los medios de comunicación y la comunidad internacional. 

El continente africano con sus 1,550 millones de habitantes repartidos en 54 Estados soberanos más la República Saharaui que busca su independencia, se extiende sobre una superficie de 30.3 millones de kilómetros cuadrados y es considerado por los organismos financieros internacionales (Fondo Monetario Internacional y Banco Mundial) como el más pobre del planeta.

Cinco países ocupan los peores indicadores de ingreso y desarrollo humano: Burundi, Sudán del Sur, República Centroafricana, Malawi y Mozambique. Pero paradójicamente, África es una tierra de enormes riquezas naturales cuya historia reciente ha estado marcada por la explotación, marginación, conflictos armados y por profundas desigualdades sociales.

Es la paradoja del continente más rico en recursos naturales, donde hay desde oro, diamantes, petróleo, cobre y todo tipo de minerales estratégicos como tierras raras, cobalto y uranio, entre otras muchas. Ha sido víctima de la depredación de sus recursos humanos y naturales durante siglos, especialmente por parte de las potencias europeas que lo esclavizaron, lo dividieron y explotaron. Hoy se libran guerras en Sudán, RD del Congo, en el sahel, Somalia, Mozambique, Libia y Nigeria, que en su gran mayoría son conflictos civiles entre grupos étnicos en muchos casos, religiosos en otros, o luchas de poder por el control de territorios y recursos.

Se estima que las víctimas fatales por estos conflictos armados, desde el 2020 a la fecha, se acercan al medio millón de personas, ya sea por combates, hambrunas, asesinatos masivos o actos terroristas.

  “Durante la Gran Guerra y la Segunda

   Guerra Mundial, miles de africanos vistieron

   los uniformes de las potencias coloniales y

  muchos fueron a morir en territorio europeo

  sin saber porqué peleaban. Hoy, en los

  conflictos civiles que desangran al continente

  no es ajena la mano de las antiguas y

  nuevas potencias neocoloniales”

En la llamada “era de los descubrimientos”, iniciada en el siglo XV con la llegada de los primeros portugueses a tierras africanas, marcó trágicamente el destino de este continente. A partir de la instalación de las primeras colonias en las islas de Madeira, Cabo Verde y la costa atlántica, se dio inicio al comercio del oro, marfil, azúcar hasta el más rentable de todos: la caza y venta de seres humanos. El reino de Portugal abrió las rutas marítimas para el transporte de esclavos y puso las bases para los imperios coloniales que ahí se desarrollaron. Se estima que estos navíos portugueses transportaron casi cinco millones de esclavos a Brasil y otros lugares.

En África el cambio climático está agravando la carencia de
alimentos y el aumento de seguía. En el África subsahariana
la escases de agua se ha multiplicado en las cuatro últimas
décadas y el aumento del nivel del mar está afectando la
calidad del agua dulce, incrementando las enfermedades.
Un campo de desplazados afectados por la seguía en
Baidoa, Somalia.
  

Las consecuencias de la trata de esclavos y la explotación de los recursos naturales africanos por parte de las potencias coloniales dejaron una huella profunda en estos pueblos. Culturas y leguas divididas por el poder colonialista ávidos de sus riquezas, donde el ser humano era una variable exclusivamente comercial, una mercancía. Así, durante la Gran Guerra y la Segunda Guerra Mundial, miles de africanos vistieron los uniformes de las potencias coloniales y muchos fueron a morir en territorio europeo sin saber porqué peleaban. Hoy, en los conflictos civiles que desangran al continente no es ajena la mano de las antiguas y nuevas potencias neocoloniales.

La venta de armas, el adiestramiento militar y los intereses geopolíticos están presentes prácticamente en todos ellos. En Sudán, el conflicto lleva ya tres años disputándose el poder para controlar la economía y las riquezas naturales en un país donde abunda el oro y el petróleo. Una situación muy similar ocurre en la RD del Congo donde se enfrenta desde hace cuatro años facciones rivales para controlar las riquezas en un país rico en oro, cobalto, coltan y otros minerales y las maderas de la selva tropical, explotada por compañías europeas. Las raíces ahí son más profundas por los intereses neocoloniales vigentes.

  “El proceso de descolonización de los años 60

   del siglo pasado, no fueron acompañados de

  una suerte de “Plan Marshall africano”, que

  hubiese contribuido a generar estructuras

  sociales sólidas, a fortalecer los Estados

  democráticos y desarrollar instituciones que

  hubiesen permitido la utilización racional

  de sus riquezas”

En la estratégica región del sahel, que abarca 10 países tiene a tres: Mali, Burkina Faso y Níger, en conflicto desde el 2012 por una multiplicidad de factores donde la presencia yihadista es uno de ellos y el uranio, litio, y oro, otro. En Nigeria, el país más poblado de África y multiétnico, fuerzas de Estados Unidos bombardearon hace unos meses en el noroeste, a bases del Estado Islámico ISIS que se ha asentado en esa región. Las luchas multiétnicas y el terrorismo han profundizado las diferencias entre cristianos y musulmanes en ese país, dejando más de 50 mil muertos en los últimos 15 años.

En el último año trece países del África subsahariana
se encuentran en guerra: Mali, B. Faso, Níger, RDC,
Nigeria, Camerún, Chad, RCA, Sudán, Etiopía,
Sudán del Sur, Somalia y Mozambique, según
el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos
IISS con sede en Reino Unido.

Si la crisis climática, alimenticia y los conflictos armados se mantienen o acentúan, la única alternativa que les queda a los africanos de hoy, para comer y salvar sus vidas, al igual que lo hicieron hace más de dos millones de años los primeros seres humanos que se pusieron de pie en ese continente, es caminar. ¿Hacia dónde? Hacia Europa, que es lo más cerca y en gran parte responsable del estado actual de estos países.

El proceso de descolonización de los años 60 del siglo pasado, no fueron acompañados de una suerte de “Plan Marshall africano”, que hubiese contribuido a generar estructuras sociales sólidas, a fortalecer los Estados democráticos y desarrollar instituciones que hubiesen permitido la utilización racional de sus riquezas. Por el contrario, la explotación de sus recursos se mantuvo bajo otras formas (irracional y semi-esclavista) y nadie hoy se siente responsable ni existe un plan para efectuar un cambio real de la situación que sería -como todos lo saben- el principal freno a la inmigración.

  “Si la crisis climática, alimenticia y

   los conflictos armados se mantienen o

  acentúan, la única alternativa que les queda

  a los africanos de hoy….es caminar.

  ¿Hacia dónde? Hacia Europa, que es lo más

  cerca y en gran parte responsable del estado

  actual de estos países”

Las agencias de Naciones Unidas realizan en África una labor esencialmente paliativa, acuden a las emergencias, pero ello no basta, solo alivia momentos críticos. Como muestra, un indicador que evidencia esta dura realidad: la mortalidad infantil hasta los cinco años alcanza hoy en la Unión Europea a 4 niños por cada mil de nacidos vivos. En África, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud OMS, para el año 2025, por cada mil niños nacidos vivos fueron 71,6 los que murieron antes de cumplir cinco años, mayoritariamente en el primer mes de vida, representando el 58% de la mortalidad infantil a nivel mundial, es decir algo más de 2,8 millones de niños.

En la actualidad la información que se transmite en el mundo es abrumadora. Pero se calcula que las noticias sobre los conflictos en África no llegan al 5% de la prensa mundial, comparado con casi el 80% destinado a la guerra de los Estados Unidos con Irán, la de Rusia con Ucrania y la de Israel contra el pueblo palestino y el Líbano. Así la cosas, es muy difícil que la realidad africana vaya a cambiar en el corto ni mediano plazo, por lo cual África seguirá siendo para el resto del planeta un continente olvidado.

Wednesday, June 3, 2026

 

DE YIBUTI A MALI:

 ¿LA DISPUTA NEOCOLONIAL?

Por: Javier F. Miranda Prieto 

El retiro de los soldados y las bases militares francesas de Mali, instaladas hace más de una década,
bajo el pretexto de combatir a los yihadistas, sirvió para reemplazarlos por las milicias
de los contratistas rusos. Produciéndose un relevo de hegemonías.


El pasado 11 de abril, Ismail Omar Guelleh fue electo presidente de Yibuti, un país de poco más de 23 mil kilómetros cuadrados que, pese a su reducida extensión territorial, concentra en su suelo bases militares de diversas potencias: Estados Unidos, China, Rusia, Francia, Italia y Japón. A ello se suman los proyectos de países de la Península Arábica, como Arabia Saudita, que buscan instalar nuevas infraestructuras militares, atraídos por la densidad geoestratégica de este importante enclave africano.

El pequeño Yibuti se sitúa al oeste del estrecho de Bad Al-Mandeb, una angosta franja marítima que enlaza el Golfo de Adén con el Mar Rojo y que constituye uno de los corredores más sensibles para el comercio mundial. En la orilla opuesta se ubica Yemen, donde la organización política-militar Ansar Allah -popularmente conocida como hutíes- ha confrontado las políticas expansionistas y genocidas de países como Israel y Estados Unidos.

En este marco, la elección de Guelleh no resulta sorprendente, aunque en cualquier otro contexto suscitaría mayores cuestionamientos. Guelleh llegó al poder en 1999 y, con las elecciones de este año, consolida su quinta reelección, inaugurando así un sexto mandato. A sus 78 años, enfrentó a un solo rival y obtuvo más del 97% de los votos, cifra que contrasta con las críticas internas a su proyecto autoritario. No obstante, su permanencia en el poder solo se sostiene por el respaldo de las potencias occidentales, que privilegian la estabilidad que garantiza sus intereses.

  “La alianza con fuerzas rusas fue

   concebida como una estrategia viable,

   en parte inspirada en la experiencia

   vivida en la República Centroafricana,

   donde se había logrado una reducción

   considerable de la violencia criminal”

De este modo, mientras algunos gobiernos autoritarios prolongan su permanencia en el poder sin mayores sanciones porque se subordinan a los deseos de las grandes potencias, otros son severamente cuestionados y sancionados porque obstaculizan sus beneficios, como ha ocurrido en el caso de Mali. En mayo de 2021, Assimi Goita llegó al poder en Mali mediante un golpe de Estado, justificado por la inestabilidad crónica y el largo despojo colonial. Desde enero del 2013, Francia había intervenido militarmente en este país del occidente africano bajo el pretexto de combatir el terrorismo yihadista; sin embargo, ocho años después, la violencia, la injusticia y las desigualdades no solo persistían, sino que se habían intensificado. En ese contexto, el discurso de Goita se erigió como un rechazo directo a los intereses expansionistas franceses, exigiendo la retirada de sus fuerzas armadas del territorio maliense.

Mali está atravesada por las hostilidades de las milicias
independentistas tuareg por el norte y los yihadistas del
JNIM por el sur. El fracaso de la estrategia de los países
occidentales contra el terrorismo en el sahel saltó a la
vista, generando hostilidad y repulsa por parte del 
pueblo maliense.

La salida de Francia, sin embargo, no prometió una transformación inmediata. La violencia, profundamente enraizada y las desigualdades históricas que ha heredado habían fragmentado a la sociedad. Frente a este escenario, la alianza con fuerzas rusas fue concebida como una estrategia viable, en parte inspirada en la experiencia vivida en la República Centroafricana, donde se había logrado una reducción considerable de la violencia criminal. No obstante, la realidad maliense evidenció sus propias complejidades.

El intento de golpe de Estado en Mali, vivido hace algunas semanas, se inscribió en una serie de movimientos políticos similares que, en conjunto, pusieron en tensión los intereses franceses en la región. En particular, los proyectos políticos de Burkina Faso y Níger, articulados con el de Mali, incidieron directamente en el repliegue del despliegue militar francés y norteamericano, al tiempo que interrumpieron los circuitos extractivos de recursos estratégicos como el uranio en Níger, el oro en Burkina Faso y el litio en Mali.

En Mali, la lucha contra los grupos terroristas yihadistas se ha articulado con la persistente búsqueda de Francia por mantener su influencia e intereses en la región, en tensión con los vínculos que el gobierno de Goita ha establecido con Rusia, lo cual también dialoga con los intereses norteamericanos. Por ello, la asonada golpista de fines de abril no debe interpretarse como una expresión de una supuesta violencia “natural” de las sociedades africanas, sino como el resultado de relaciones históricas de dependencia y de intereses externos que encuentran en sociedades neocoloniales un terreno fértil para su reproducción.

  “Francia había intervenido militarmente

   en Mali bajo el pretexto de combatir

   el terrorismo yihadista; sin embargo,

   ocho años después, la violencia, la injusticia y

   las desigualdades no solo persistían,

   sino que se habían intensificado”

Recordemos que el 25 de abril, el Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes JNIM (milicias yihadistas aliadas de Al Qaeda) y el Frente de Liberación de Azawad FLA (independentistas tuareg) lanzaron ataques coordinados en varias ciudades de Mali. Este episodio invita a problematizar, al menos, dos procesos fundamentales:

En primer lugar, la posible asociación entre grupos terroristas como el JNIM y fuerzas separatistas como el FLA con Francia, la antigua potencia colonial de la región. Desde antes de los ataques, Goita había acusado a Francia de respaldar a estos actores; y aunque los rebeldes tuareg han mantenido históricamente una lucha contra el poder colonial francés, las alianzas, en contexto de disputa geopolítica, son profundamente cambiantes.

En segundo lugar, la articulación entre fuerzas dispares como el JNIM y el FLA, plantea interrogantes sobre la naturaleza se estas convergencias: si bien la vinculación de un movimiento separatista con un grupo afiliado a Al Qaeda -que ha incrementado la letalidad en sus ataques en la región- resulta problemática, también evidencia que la violencia estructural y el despojo continuo contra las poblaciones tuareg y arabizadas del norte no pueden resolverse únicamente mediante un relevo en la competencia hegemónica (antes Francia ahora Rusia), sino que exigen cuestionar las lógicas mismas de su reproducción (subdesarrollo, marginación social, saqueo de sus recursos) es decir, afrontar con determinación la actual disputa neocolonial.