UGANDA: UN CASO DE “GERONTOCRACIA” Y ESTABILIDAD COLONIAL
Uganda está atravesado por el extractivismo petrolero, la
militarización de la política y una democracia sin alternancia real. Las
últimas elecciones revelaron que el conflicto en Uganda no es solo político,
sino histórico: soberanía o subordinación.
Yoweri Museveni
encarna, tras casi cuatro décadas en el poder, una paradoja africana: garante
de estabilidad para el orden político regional y, al mismo tiempo, símbolo de
una gerontocracia que gobierna un país joven, con conflictos sociales
irresueltos escondidos detrás de una falsa estabilidad económica sustentada por
negocios relacionados con el expolio de sus recursos naturales. Se sabe, que
occidente a sus cómplices regionales, los ayuda para mantener esta estabilidad,
muchas veces se habla de la “trampa de la deuda china” pero poco de las cadenas
que aprietan a los pueblos, a través del FMI y el Banco Mundial donde las
potencias occidentales tienen sus negocios.
El viejo Museveni gobierna Uganda desde 1986. Cuando llegó al
poder, la Guerra fría ordenaba el mundo, el apartheid seguía en pie en
Sudáfrica y buena parte del continente africano buscaba reconstruirse tras
décadas de dictaduras y guerras civiles. Luego del gobierno instable y corrupto
de Milton Obote (1966-1980), le siguió el régimen de terror del caricaturesco
Iddi Amin Dada (1971-1979), y para terminar en la dictadura de los hermanos
Basilio y Tito Okello (1984-1986). En ese contexto, Museveni se presentó
entonces, como un líder de unidad nacional, un restaurador del orden tras el
caos. Durante años fue leído como parte
de la generación que había logrado estabilizar Estados frágiles. Hoy, casi
cuarenta años después, su figura se ha
transformado en otra cosa: en el rostro de una gerontocracia que gobierna un
país joven con las herramientas del miedo y la coacción.
Uganda tiene una de las poblaciones más jóvenes del
continente: más del 75% de sus habitantes es menor de 30 años. Hablamos
entonces de una generación que no vivió la cruenta guerra civil que Museveni
utiliza como legitimación histórica. Pero que si vive, en cambio, una época en
donde el desempleo estructural, la informalidad, la represión policial y un
sistema político que no ofrece alternancia real, es la moneda corriente en
estos días. En ese choque entre un poder que administra el pasado y una
sociedad que exige futuro, se juega el núcleo del conflicto ugandés.
“Museveni, durante años fue leído como
parte de la generación que
había
logrado estabilizar Estados frágiles.
Hoy, cuarenta años después, su figura es
el rostro de una gerontocracia que gobierna
un país joven con las herramientas del
miedo y la coacción”
Las elecciones del pasado 15 de enero cristalizaron esa
tensión. La controlada Comisión Electoral declaró vencedor a Museveni con más
del 70% de los votos frente al opositor Bobi Wine, popular músico convertido en
líder político y símbolo de la ruptura generacional. Wine denunció que el
proceso fraudulento había sido “una operación militar con papeletas de
votación”, una frase que recorrió el país como síntesis de la experiencia
social de los comicios.
En este contexto, Bobi Wine no es un simple opositor. Es un símbolo
generacional. Un músico nacido en los barrios pobres de Kampala, convertido en
dirigente político y que expresa una ruptura cultural con la elite militar que
gobierna desde los años ochenta. No viene de los cuarteles ni de la vieja
política: viene de la calle, de la música popular, del lenguaje cotidiano de
los jóvenes. Por eso el Estado no lo trata como un adversario, sino como una
amenaza sistémica.
![]() |
| Uganda a pesar de ser un país sin salida al mar, es un territorio estratégico, limitando con seis países del centro y oriente africano y por sus reservas petroleras. |
Pero Uganda no puede leerse solo desde las urnas o desde la competencia política. Lo que ocurre en Kampala es inseparable de su rol geopolítico regional, de su economía dependiente y de su lugar en el mapa del poder global. Este país del oriente africano, suele ser presentado como una isla de calma en una región donde el conflicto parece regla.
Cuando Somali vuelve arder, cuando el este del Congo se hunde en una violencia interminable o cuando Sudán se sigue fragmentando en guerras superpuestas, Kampala aparece como el punto fijo del mapa, como el país que resiste, como el ejemplo de estabilidad. Pero esa estabilidad no es un estado natural ni una conquista social profunda. Es una estabilidad colonial, un contrato político. Y como todo contrato desigual, tiene imposiciones, clausulas invisibles.
Uganda ofrece a sus protectores, previsibilidad, cooperación
militar y apertura al capital extranjero. A cambio recibe indulgencia
diplomática, tolerancia frente a la represión interna y una narrativa
internacional que la protege del aislamiento. El problema es que esa
estabilidad está pensada para el tablero regional y para los socios externos,
no para la gran masa de su población. La vida real de la mayoría de los
ugandeses transcurre lejos de los discursos sobre orden. Su lucha diaria es
contra: el desempleo juvenil, la informalidad estructural, el endeudamiento
doméstico, la falta de servicios mínimos y un sistema político represivo que se
ha ido cerrando sobre sí mismo.
Uganda carga con una herencia colonial que nunca fue
desarmada. La independencia de 1962 no colonizo esa arquitectura de dependencia:
la heredó. Cambiaron los administradores no la lógica. Y cuando Museveni llegó
al poder en 1986, el relato de la “reconstrucción nacional” se montó sobre una
promesa ambigua: estabilidad interna a cambio de integración disciplinada al
orden global. Entiéndase, seguir las órdenes de las potencias occidentales:
Estados Unidos, la antigua metrópoli (Reino Unido) y los miembros de la UE.
En África oriental, estabilidad y seguridad se confunden.
Uganda no es solo un país, es una plataforma militar regional. Durante años aportó
miles de soldados ugandeses a las misiones militares africanas en Somalia y se
transformó en una pieza clave del sistema de control territorial frente a las
insurgencias y colapsos estatales.
“Lo que ocurre en Kampala es inseparable
de su rol geopolítico regional. Cuando Somali
vuelve arder, cuando el este del Congo se
hunde en una violencia interminable o
cuando Sudán se sigue fragmentando,
Kampala aparece como el país que resiste,
como el ejemplo
de estabilidad”
En la última década, Uganda se convirtió en una plataforma de
lanzamiento de movimientos guerrilleros, apoyados por los Estados Unidos o sus
aliados, en Sudán, Ruanda o la RD del Congo. La militarización del régimen ugandés
fue parte integral de la política exterior de los EE.UU. Tanto la Casa Blanca
como el Reino Unido apoyaron la expansión, crecimiento y equipamiento del
ejército de Uganda, convirtiéndolo en el partido político y en el único sustento
del régimen de Museveni.
Años después, con el despertar del yihadismo en la región del
oriente africano, Uganda se convirtió en pieza clave para la defensa de los
intereses occidentales en esta parte de África, esta vez contra el terrorismo
integrista de Al Shabab en Somalia y sus repercusiones en Kenia, Etiopía o
Eritrea.
Como vemos, Uganda no es un caso aislado, es un espejo del colonialismo
contemporáneo. Ya no se gobierna con administradores coloniales, sino con
élites locales integradas al sistema local de seguridad y extracción. Ya no se
domina con banderas extranjeras, sino con deuda, cooperación militar, infraestructura
para exportar y una narrativa internacional que premia el sometimiento por
encima de la justicia social.
“Uganda ofrece a sus protectores,
previsibilidad, cooperación militar y
apertura al capital
extranjero.
A cambio recibe indulgencia diplomática,
tolerancia frente a la represión interna
y una narrativa internacional que
la protege del aislamiento”
La pregunta central no es si Museveni ganó o si Beni Wine
resiste. Es qué tipo de país produce este contrato, este tipo de relación
colonial: un Estado que sirve al orden regional externo y una juventud que a la
que se le exige paciencia como si la paciencia fuera política pública.
Uganda puede seguir pareciendo estable por un tiempo. Pero la
estabilidad construida contra la mayoría social es frágil y colonial. Se
sostiene mientras el miedo sea más fuerte que la esperanza. Y el problema para
cualquier gerontocracia es que la esperanza, cuando se vuelve generacional, no
se desactiva con discursos vacíos ni con fusiles.

.png)

.png)

.png)




.jpg)