ESTADOS UNIDOS EN ÁFRICA: PERPETUANDO LA DEPENDENCIA
Cuando a fines de la década de 1950 se inició el proceso de independencia en África, Estados Unidos se enfrentó a una situación sin precedentes. Los imperios coloniales europeos que dominaban gran parte del continente desde fines del siglo XIX se desintegraban rápidamente. En menos de dos décadas, varias decenas de nuevos Estados africanos alcanzaron la soberanía, sin embargo, a ojos de muchos dirigentes africanos esta independencia política no era más que un primer paso a su plena libertad.
Dirigentes históricos como Kwame Nkrumah en Ghana, Patricio Lumumba en el Congo Belga, Ahmmed Ben Bella en Argelia, Julius Nyerere en Tanzania, Modibo Keita en Mali o Séuko Touré en Guinea Conakry defendían la idea de que una verdadera emancipación supone también el control de los recursos naturales, la industrialización, la cooperación entre los estados africanos y una reducción de la dependencia respecto a sus antiguas metrópolis coloniales.
Para Washington estas transformaciones se producen en un contexto dominado por la Guera Fría. Por eso los dirigentes norteamericanos se oponen al no alineamiento, al panafricanismo y al socialismo africano, así como todo aquello que ponga en entredicho su acceso a los recursos del continente.
"Durante la Guerra Fría, la Casa Blanca apoyó
a varios regímenes autoritarios reconocidos
como baluartes contra la expansión soviética
y contra los movimientos populares. En la década de
1990, con la desaparición de la Unión Soviética,
la lucha contra el terrorismo se convirtió en el
principal marco de su compromiso militar en África"
Esta política seguida por los Estados Unidos se adaptó a diversas formas según los períodos: en la década de 1960 se materializa en operaciones clandestinas, el respaldo a determinados golpes de Estado y al apoyo a dirigentes considerados favorables a los intereses occidentales. Durante la Guerra Fría, la Casa Blanca apoyó a varios regímenes autoritarios reconocidos como baluartes contra la expansión soviética y contra los movimientos populares. En la década de 1990, con la desaparición de la Unión Soviética, la lucha contra el terrorismo se convirtió en el principal marco de su compromiso militar en África. Por último, a lo largo de la década de 2020 la Administración Biden y posteriormente la segunda Administración Trump vuelven a situar a África en el centro de la competencia estratégica con China, dando prioridad al acaparamiento de minerales críticos y a la construcción de infraestructuras viales.
Un quiebre importante de la relación de los Estados Unidos y los países africanos se dio con los atentados del 11 de setiembre de 2001 en Nueva York. El derrumbe de las Torres Gemelas otorgó a África un nuevo lugar entre las preocupaciones estratégicas de Washington, aunque este cambio ya se percibía desde años antes. Los atentados con bomba a las embajadas norteamericanas en Nairobi (Kenia) y Dar Es Salaam (Tanzania) el 7 de agosto de 1998 marcaron un punto de infección importante. Estos hechos perpetrados por Al Qaeda causaron 224 muertos y más de 4,500 heridos. Aunque las embajadas fueron los objetivos, estos atentados demostraron que África no era simplemente un escenario periférico del incipiente conflicto yihadista transnacional, sino también un lugar donde las poblaciones locales estaban directamente expuestas a su violencia fanática.
Los atentados del 11-S integraron a África, hasta la actualidad, en "la guerra mundial contra el terrorismo" liderada por Washington. Los grupos armados islamistas presentes en Somalia, el Sahel, la cuenca del Lago Chad, el Golfo de Guinea y Mozambique se convirtieron en objetivos cada vez más importantes. Esta evolución condujo a la creación en 2007 del Mando Militar de Estados Unidos para África (AFRICOM). Por primera vez todo el continente africano -a excepción de Egipto, que depende del Mando Militar de Merio Oriente- pasó a estar bajo la responsabilidad de un comando estratégico y militar estadounidense específico.
"A pesar de dos décadas de operaciones
internacionales, los grupos yihadistas siguen
ganado terreno en los países del sahel. Los golpe
de Estado en Mali, Burkina Faso y Níger han puesto
de manifiesto una profunda crisis de la estrategia
occidental en el sahel"
La creación del AFRICOM ilustra una importante transformación. Durante la Guerra Fría se gestionaba principalmente desde Washington a través de alianzas políticas, ayuda militar y operaciones secretas. Desde el inicio del AFRICOM se ha puesto en marcha programas de formación para las fuerzas armadas africanas: ejercicios militares conjuntos, operaciones de inteligencia y programas de vigilancia aérea y con drones. Un sofisticado aparato militar al servicio de la preservación de los intereses militares, económicos y geopolíticos de los Estados Unidos en África.
Por ejemplo, la base militar estadounidense de Camp Lemonnier, en Yibuti, se ha convertido en uno de los principales centros militares norteamericanos en el continente africano. Situado cerca de Mar Rojo y el Golfo de Adén, constituye una plataforma estratégica para la vigilancia y operaciones militares en África Orienta, Oriente Medio y a lo largo de las principales rutas estrechos marinos, muy en boga en estos tiempos.
La política norteamericana en el Sahel se ha convertido en otro pilar fundamental de esta estrategia. Esta militarización ha dado resultados dispares para los intereses de la Casa Blanca. A pesar de dos décadas de operaciones internacionales, los grupos yihadistas siguen ganado terreno en los países del sahel. Los golpe de Estado en Mali, Burkina Faso y Níger han puesto de manifiesto una profunda crisis de la estrategia occidental en el sahel.
"A las distintas potencias que intervienen en África,
les conviene que se produzcan conflictos en el
continente para debilitar la capacidad de resistencia
y unidad de los pueblos"
Por otro lado, el regreso de Donald Trump al gobierno en 2025 convirtió a África en un escenario explícito del enfrentamiento entre Estados Unidos y China: Washington busca fenar la influencia de Pekín, asegurarse el acceso a los recursos estratégicos de África e impedir que China consolide su posición económica y geopolítica en el continente. Estos objetivos explican el creciente interés de Washington por los minerales de la RD del Congo, el cobre de Zambia, el corredor de Lobitos -proyecto de infraestructura ferroviaria que une el puerto de Lobitos en Angola con el cinturon de cobre en África Central-. También explica la importancia cada vez mayor que, la consede a los Acuerdos entre Ruanda y RD del Congo, respaldados por Washington, destinados a reducir las tensiones en el este del Congo y promover la estabilidad regional.
Sin embargo, en realidad este acuerdo se inscribe en un contexto más amplio en el que Estados Unidos busca asegurarse el acceso a los recursos mineros estratégicos como el coltan, el cobalto y los minerales necesarios para la nueva tecnología. Adicionalmente, no hay que perder de vista que la Casa Blanca está reforzando el uso del Banco Mundial y del FMI para consolidar su influencia en África, al tiempo que profundiza en las políticas neoliberales que ya se aplican ampliamente desde la década de 1980.
Como señalábamos líneas arriba, desde los años 90 -fin de la Guerra Fría- los instrumentos de poder de los Estados Unidos en África han cambiado, pero sus objetivos fundamentales siguen sido los mismos. Las operaciones clandestinas y el apoyo a regímenes autoritarios o dictatoriales considerados favorables a los intereses de Washington continúan, la presencia militar estadounidense se ha consolidado y se han establecido nuevas alianzas en materia de seguridad. Ante la creciente influencia de China, la Admiración Trump busca ahora recuperar parte del terreno económico y estratégico perdido en el continente.
Para garantizar su acceso a los recursos naturales y preservar sus intereses geopolíticos, Washington pretende impedir cualquier resurgimiento de un panafricanismo progresista que pueda poner en entre dicho ese dominio. A las distintas potencias que intervienen en África, les conviene que se produzcan conflictos en el continente para debilitar la capacidad de resistencia y unidad de los pueblos. Si los pueblos africanos quieren alcanzar las condiciones para un desarrollo verdaderamente soberano, que garantice el ejercicio de los derechos humanos y respete la naturaleza, deberán oponerse a las pretensiones de Washington, así como a las de las grandes potencias, ya sean occidentales o orientales, de perpetuar en el continente el sometimiento y la dependencia.
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