Sunday, March 8, 2026

 LA GUERRA EN IRÁN: EL FACTOR KURDO

Por: Javier F. Miranda Prieto 

Combatientes kurdos habrían iniciado una incursión en territorio iraní, desde el norte de Irak con apoyo de la CIA. 
El objetivo sería abrir un nuevo frente contra el régimen iraní. El factor kurdo vuelve a aparecer
en la geopolítica del Medio Oriente.

La actual escalada en Medio Oriente ha alcanzado un nuevo y peligroso punto de ebullición. Después de que los ataques aéreos norteamericanos-israelíes eliminaran a las figuras clave del régimen iraní, Washington y Tel Aviv buscan una manera de asestar el golpe de gracia sin desplegar masivamente sus propias tropas terrestres.

Washington e Israel animan a las milicias kurdas a iniciar una ofensiva terrestre contra el gobierno iraní. Sin embargo, los precedentes históricos muestran que Estados Unidos abandona sistemáticamente a sus aliados kurdos en cuanto cambian los vientos geopolíticos. La actual solución que está sobre la mesa es una receta ya probada pero cínica: armar a minorías étnicas, léase a los kurdos, para desencadenar una guerra desde el interior.

Como sabemos, los kurdos son un pueblo nativo de las regiones montañosas del Medio Oriente, se consideran la mayor minoría étnica del mundo sin un Estado propio. Suman unos 45 millones de personas, que profesan el islam y habitan extensas zonas divididas entre Turquía, Irán, Irak y Siria, conocida como Kurdistán, y que luchas, contra estos gobiernos, por su autodeterminación.

Según The Wall Street Journal, el presidente Donald Trump está abierto a apoyar a grupos armados dispuestos a luchar contra el gobierno iraní. Una de las opciones que Washington contempla son los grupos de combatientes kurdos de Irak, que cuentan con miles de efectivos a lo largo de la frontera irano-iraquí.

“Estos combatientes, que actualmente

se encuentran en la región kurda

semiautónoma de Irak, están siendo

alentados a cruzar la frontera e iniciar

una rebelión en el noroeste del país persa”

Según un funcionario del Departamento de Estado, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu propuso por primera vez la idea de utilizar a los kurdos en un encuentro con Trump en la Casa Blanca. Ahora se está trabajando en ello. Según recientes informes de inteligencia, la CIA ha puesto en marcha un programa encubierto para proporcionar armas ligeras y entrenamiento a miles de kurdos iraníes. Estos combatientes, que actualmente se encuentran en la región kurda semiautónoma de Irak, están siendo alentados a cruzar la frontera e iniciar una rebelión en el noroeste del país persa.

El Kurdistán tiene su territorio dividido en cuatro países:
Irán, Irak, Siria y Turquía. Los EEUU han aprovechado 
 los anhelos autonomistas de los kurdos para usarlos como
"carne de cañón" en sus guerras expansionistas.

También desde el año pasado se han introducido armas de contrabando en el oeste iraní para armar a miles de voluntarios kurdos. Según fuentes kurdas, se estarían preparando para una ofensiva terrestre que podría comenzar en pocos días, y se ha pedido a Estados Unidos e Israel que proporcionen apoyo aéreo en cuanto comiencen las operaciones. El objetivo no es el inicio de una transición democrática, sino desestabilizar y finalmente desmantelar el Estado iraní fomentando el separatismo.

Esta estrategia “botas sobre tierra” (combates terrestres dentro de Irán) mediante intermediarios, es una manera para que Estados Unidos externalice los costos de la guerra. Mientras los diplomáticos estadounidenses hablan de libertad para el pueblo kurdo, los críticos señalan que se utiliza a las milicias meramente como un instrumento para debilitar a Irán. El riesgo para los propios kurdos es inmenso, ya que recibirán todo el impacto del aparato militar iraní en cuanto se realicen los primeros disparos.

La promesa de apoyo estadounidense es para los kurdos un regalo que invariablemente termina en tragedia. La historia del siglo XX está sembrada de ejemplos en los que Washington jugó la carta kurda para debilitar a adversarios regionales, para luego sacrificarlos sin contemplaciones.

“La historia del siglo XX está sembrada

de ejemplos en los que Washington

jugó la carta kurda para debilitar

a adversarios regionales, para luego

sacrificarlos sin contemplaciones”

En 1975 el entonces Secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, cerró un acuerdo infame. Después de que Estados Unidos hubiera animado durante años a los kurdos iraquíes a rebelarse contra Bagdad, retiró el apoyo a la operación en cuanto el sha de Irán alcanzó un acuerdo territorial con Irak. Kissinger declaró entonces con frialdad que “las acciones encubiertas no deben confundirse con trabajo misionero”. Los kurdos fueron abandonados a su suerte y masacrados en masa.

También en 1991, tras la Primera Guerra del Golfo, Washington instó a los kurdos y a los chiíes de Irak a levantarse contra Saddam Hussein, para finalmente dejarlos a su suerte. Cuando estalló la insurrección, las tropas norteamericanas observaron pasivamente desde la barrera como la fuerza aérea iraquí desplegaba helicópteros de combate para masacrar a los rebeldes y a decenas de miles de civiles. Una y otra vez queda claro que las aspiraciones kurdas  de autodeterminación están subordinadas a la política y a los intereses de los Estados Unidos en la región.

El ejemplo más reciente y doloroso de esta traición tuvo lugar en Siria. Las Fuerzas Democráticas SDF kurdas fueron los aliados más eficaces y fieles de la coalición occidental en la lucha contra el Estado Islámico instalado en territorio sirio. Miles de hombres y mujeres kurdos dieron su vida para destruir el califato, construyendo en el norte de Siria una forma frágil pero esperanzadora de autogobierno.

“Aunque Turquía no es amiga del

régimen iraní, probablemente preferirá

cooperar con Teherán para impedir

la formación de un Estado kurdo antes

que apoyar los planes de Trump”

A comienzos de 2025, sin embargo, la administración Trump decidió que el papel de las SDF había terminado. En un sorprendente cambio de política, Washington optó por apoyar al nuevo gobierno central de Damasco, lo que puso fin de facto a la autonomía kurda. Las SDF perdieron en pocas semanas el ochenta por ciento del territorio que habían liberado con tantos muertos y sangre. El mensaje fue alto y claro para los kurdos de toda la región: Estados Unidos es un socio poco fiable. Un experto regional señala que los kurdos iraníes ahora “sangran por la puñalada de ayer”.

Los kurdos tienen raíces históricas y culturales muy cercanas
a los iraníes pero tienen su propio idioma. Son un pueblo
nacionalista y guerrero que lucha por su derecho de
autodeterminación.

La vacilación de los líderes kurdos es, por tanto, grande. Comprenden que se les pide nuevamente sacar las  castañas del fuego a una gran potencia que, sin duda, volverá a abandonarlos en cuanto cambien los intereses estratégicos. El cinismo de la diplomacia norteamericana ha sembrado una profunda desconfianza que no desaparecerá fácilmente.

Los planes de Washington y Tel Aviv no solo encuentran escepticismo kurdo, sino también una fuerte oposición de las potencias regionales. El gobierno de la Región Autónoma Kurda de Irak KRG se encuentra en una gran encrucijada. El presidente Nechirvan Barzani ha declarado públicamente que su región no debe convertirse en parte de un conflicto militar que ponga en peligro la seguridad de sus ciudadanos.

La población kurda de Irak teme fuertes represalias iraníes. Teherán ya ha demostrado en varias ocasiones que no duda en lanzar misiles y drones artillados contra objetivos en el Kurdistán iraquí cuando considera que allí se alojan “centros de espionaje israelíes” o milicias insurgentes. Además, el gobierno central de Bagdad, que mantiene estrechos vínculos con Irán, ejerce una enorme presión sobre los kurdos para que no faciliten el apoyo a grupos antiiraníes.

“Washington juega un juego peligroso

al fomentar una rebelión “sin costos”

en la que no muera ningún soldado

norteamericano, pero donde el precio

en sangre kurda será muy alto”

Ante este escenario, también está el factor Turco. Ankara lleva décadas librando una guerra sangrienta con el PKK, vanguardia política de los kurdos turcos, y observa con gran desconfianza cualquier forma de fortalecimiento militar kurdo en sus fronteras. Aunque Turquía no es amiga del régimen iraní, probablemente preferirá cooperar con Teherán para impedir la formación de un Estado kurdo antes que apoyar los planes de Trump. En otras palabras, la posibilidad de un conflicto regional en el que se involucren varios ejércitos es un escenario muy real.

A pesar de todas las advertencias y experiencias frustradas, dentro del movimiento kurdo iraní hay grupos que ven este caos como una “oportunidad única” de liberación. Tras décadas de opresión y discriminación por parte del gobierno de los ayatola, esperan que la actual inestabilidad les ofrezca el espacio necesario.

Entre milicias como el KDPI y el PJAK (milicias kurdas iraquíes y turcas respectivamente) hay un fuerte llamamiento a la ayuda de la CIA para obtener inteligencia, armas y sobre todo, el establecimiento de una zona de exclusión aérea. Sin embargo, los expertos advierten que puede ser una apuesta suicida. Sin un compromiso militar firme y duradero de Estados Unidos -por el que el presidente Trump hasta ahora no ha mostrado ningún interés-, estas milicias quedarán solas una vez que estallen las acciones armadas. Irán dispone de un poderoso aparato militar que aplastará con sangre cualquier rebelión interna para garantizar la supervivencia de la República Islámica.

En última instancia, el factor kurdo en este conflicto corre el riesgo de convertirse nuevamente en víctima de su propia geografía y de las ambiciones de las grandes potencias. Washington juega un juego peligroso al fomentar una rebelión “sin costos” en la que no muera ningún soldado norteamericano, pero donde el precio en sangre kurda será muy alto.

Wednesday, March 4, 2026

IRÁN: LA ÚLTIMA AVENTURA BÉLICA DE OCCIDENTE

Por: Javier F. Miranda Prieto 

Maniobras militares, diplomacia bloqueada y un conflicto que vuelve a preocupar al mundo. No hay guerra declarada,
pero el margen de error es cada vez menor. Estamos asistiendo a la última aventura bélica de occidente contra Irán.

En los primeros tres de días de la ofensiva israelí-norteamericana contra Irán, las mentiras volaron más rápido que los misiles. De hecho, la brutal agresión se sustenta en casi un siglo de mentiras y bulos occidentales contra la nación persa, que se iniciaron cuando esta intentó sacudirse del yugo colonial británico. En la actualidad, Irán es uno de los países más demonizados por la propaganda de Washington y sus aliados occidentales, la cual critica los excesos autoritarios del régimen teocrático iraní, pero omite deliberadamente el papel que jugo occidente en el surgimiento y consolidación del gobierno de los ayatollah.

Políticos, medios de comunicación, académicos y los grupos paraempresariales que se autodenominan representantes de la “sociedad civil” aseguran desear para los iraníes un régimen laico, democrático, modernizador y moderado, pero olvidan mencionar que Irán ya se había dado a sí misma un gobierno con todas esas características, el del primer ministro Muhammad Mosadegh (1951-1953). Cuando el político iraní intento nacionalizar la empresa petrolera británica Anglo-Persian Oil Company -antecesora de la actual British Petroleum-, el imperio británico reaccionó con un guión que Estados Unidos repetiría una y otra vez al tomar la batuta del imperialismo mundial: acuso al mandatario de “comunista”, saboteo la economía del país, le impidió comerciar con su propio petróleo y, finalmente, con la ayuda de Washington, depuso a Mosadegh e instaló un gobierno títere encabezado por un monarca inventado, el sha Muhammad Reza Pahlavi. Reza sumió a Irán en un permanente baño de sangre perpetrado por sicarios entrenados por la CIA norteamericana y el Mossad israelí. La temida policía política del sha, la Savak, torturó y asesinó a todos los políticos de oposición y simpatizantes de la democracia, además de despilfarrar la riqueza petrolera en una vida de lujos y excesos que se exhibían sin pudor ante un pueblo paupérrimo.

                         “Irán es uno de los países más demonizados

                      por la propaganda de Washington y sus aliados

                            occidentales, la cual critica los excesos

                              autoritarios del régimen teocrático

                        iraní, pero omite deliberadamente el papel

                            que jugo occidente en el surgimiento y

                        consolidación del gobierno de los ayatollah”

La eliminación de todos los liderazgos y referentes modernizadores y democráticos explica por qué, cuando Irán estalló finalmente contra la opresión, la única institución capaz de canalizar y coordinar la ira popular fue la jerarquía del chiísmo, rama del Islam mayoritaria en el país. Tras la revolución de 1979, occidente azuzó a Saddam Hussein para que invadiera a su vecino, pese a que para entonces ya eran bien conocidos el carácter despótico del presidente iraquí y las masacres que ejecutaba sobre su propia población. Hussein recibió cobertura mediática, apoyo de inteligencia y armamento ilimitado, incluidas armas químicas provistas por Alemania. Durante los ocho años que duró el fallido intento de acabar con su vecino, en lo que se llamó la Guerra entre Irán e Irak o la Guerra de Desgaste, los occidentales apostaron por Hussein. Al termino de este conflicto, un millón de iraníes habían muerto  y más de dos millones estaban heridos, muchos de ellos con daños devastadores por la inhalación de los gases mostaza y sarín.

Como vemos, este apretado resumen, no da cuenta de todo el sufrimiento causado por occidente al pueblo iraní, pero basta para mostrar la hipocresía de personajes como Donald Tump, Benjamin Netanyahu, Emmanuel Macron de Francia, Keir Starmer del Reino Unido y Friedrich Merz de Alemania, así como la práctica totalidad de los medios de comunicación, al justificar cínicamente sus agresiones contra Irán en nombre de la “legítima defensa propia”.

                              “La eliminación de todos los liderazgos

                     modernizadores y democráticos explica por qué,

                             cuando Irán estalló contra la opresión,

                            la única institución capaz de canalizar y

                            coordinar la ira popular fue la jerarquía

                    del chiísmo, rama del Islam mayoritaria en el país” 

El gobierno norteamericano ha desmontado esa burda manipulación: en un principio la Casa Blanca dijo que llevó a cabo un “ataque preventivo” ante una “amenaza inminente” de Teherán, pero luego el Secretario de Estado, Marco Rubio, admitió que la “amenaza inminente era que sabíamos que si Irán fuese atacado (por Israel) -y creíamos que iba ser atacado-, entonces ellos vendrían de inmediato por nosotros, y no nos íbamos a quedar sentados esperando a ser golpeados antes de responder”. Es decir, que Tel Aviv ya había tomado la decisión de atacar y que Washington no dirigió la operación defensiva, sino que la siguió, tal como argumenta The New York Time.

De ser así, Trump dejó que su complicidad con el sionismo lo arrastrara a una guerra a la que ahora no le encuentra salida, como ha evidenciado al extender el plazo del conflicto de “dos o tres días” a “cuatro o cinco semanas” y un indefinido “requerirá tiempo”. El incendio en la embajada norteamericana en Riad y las revueltas pro-iraní en Bahréin ilustran de forma contundente la velocidad con la que el magnate estadounidense está perdiendo el control sobre su última aventura bélica.

Tuesday, March 3, 2026

 IRÁN: NO UNA SINO MUCHAS MUERTES

Por: Javier F. Miranda Prieto 

Estados Unidos e Israel entran en guerra con Irán. La arriesgada jugada de Donald Trump puede cambiar
el complicado y crítico escenario geopolítico del Medio Oriente. 

Horas antes que se confirmara la muerte del ayatolá Alí Jamenei, todos los analistas coincidían en advertir que el asesinato del líder iraní sería un grave crimen que afectaría la geopolítica de la región. El domingo en la mañana, Irán anunció que los Estados Unidos e Israel habían asesinado a Jamenei y a varios miembros de su familia. Sumándose así a los cientos de iraníes ya asesinados en la guerra que Trump y el régimen sionista han lanzado contra Irán, entre ellos decenas de escolares masacrados en una atrocidad indescriptible en una escuela primaria de Minad al sur de Irán.

Asesinar a Jamenei, líder de un Estado soberano, en una guerra de agresión no provocada es un acto flagrante de terrorismo internacional. De inmediato, el presidente Trump y el Primer Ministro Netanyahu, autores de este crimen, obtuvieron lo que buscaban: los iraníes salieron masivamente a las calles, pero no para protestar contra su gobierno y derrocarlo, como exigían los belicistas, sino para llorar a su líder martirizado y brutalmente asesinado y exigir venganza.

Antes de confirmarse la muerte de Jamenei, los regímenes árabes y occidentales se alinearon detrás de la guerra y los objetivos belicistas de Trump y Netanyahu. Con algunas excepciones notables, como España en Europa y Omán entre los Estados árabes, los gobiernos cómplices con los asesinatos no criticaron el ataque a Irán, sino que denunciaron a este país por actuar en defensa propia contra los países desde los que los norteamericanos lanzaron su agresión. En un giro particularmente perverso, muchos países -entre ellos Francia, Alemania y Reino Unido- pidieron a Irán que reanudaran las “negociaciones”, como si hubiese sido Irán, y no Estados Unidos o Israel, quien hubiera utilizado las conversaciones en curso como tapadera para preparar otro ataque militar sorpresa, tal y como ambos países hicieron el pasado mes de junio.

                                 “Asesinar a Jamenei, líder de un Estado

                                   soberano, en una guerra de agresión

                                     no provocada es un acto flagrante

                                          de terrorismo internacional”

Canadá y Australia fueron aún más lejos, dentro de su cinismo belicista, ofrecieron su apoyo abierto a la agresión. Ahí queda retratado el gran discurso del Primer Ministro canadiense Mark Carney, pronunciado en Davos hace algunas semanas, en la que desafiaba a Trump y defendía un orden mundial basado en reglas que se aplican a todos. Todos estos países y sus medios de comunicación leales, llevan décadas demonizando a Irán y presentándolo como un agresor. Lo cual constituye una inversión de la realidad. Es Irán el que ha sufrido décadas de agresión y hostilidad por parte de ellos.

El Golfo Pérsico frente a las costas de Irán, es el paso obligado
de más de 17 millones de barriles diario de petróleo en su ruta
a los mercados de Europa y EE.UU. Una arma económica
que puede usar Irán en su guerra con occidente. 

En 1980, cuando Irán estaba consolidando su orden posrevolucionario tras derrocar la brutal dictadura del Sha, respaldada por Estados Unidos, Irak lo invadió, pero esa guerra no solo fue solo un proyecto de Sadam Husein, sino una bien planificada agresión bélica apoyada y armada por Estados Unidos y las potencias europeas y financiada por los mismos regímenes árabes, que ahora respaldan la agresión estadounidense-israelí. Alemania occidental, entre otros países, fue fundamental en el apoyo para la producción de armas químicas por parte de Irak, que fueron utilizadas contra Irán y contra la propia oposición política iraquí. La formidable fuerza de los misiles balísticos de Irán también tiene su raíz en este periodo: los ataques indiscriminados efectuados con misiles Scud por Irak contra los centros de población iraní durante la “guerra de las ciudades”, que mataron a miles de civiles, en plena Guerra Irán-Irak, convencieron a los líderes iraníes de la necesidad de una disuasión defensiva eficaz.

Irán nunca ha invadido a sus vecinos. No ha librado guerras de conquista. Sus ataques con misiles solo se han producido tras sufrir agresiones directas, ya sea el asesinato del general Qasem Soleimani por parte de Estados Unidos en enero del 2020 o los ataques israelíes contra territorio iraní en la llamada “Guerra de los 12 Días” en el pasado mes de junio. Irán sobrevivió a ocho años de devastación como consecuencia de la invasión iraquí respaldada por occidente y los regímenes árabes conservadores. Desde entonces, se ha enfrentado a una oleada tras otra de asesinatos y sanciones, calculadas para empobrecer a su población, que han ido de la negación de tratamientos contra el cáncer a provocar accidentes aéreos al prohibir la importación de nuevos aviones y repuestos por parte de Irán.

                                   “Todos estos países y sus medios de

                                   comunicación leales, llevan décadas

                                  demonizando a Irán y presentándolo

                               como un agresor. Lo cual constituye una

                                                inversión de la realidad”

A pesar de la hostilidad de los regímenes árabes, Irán siempre apoyó la resistencia palestina y libanesa contra la ocupación, el apartheid y el genocidio israelí. Esta vez, sin duda, su principal trasgresión a los ojos de los árabes proisraelíes y sus patrocinadores occidentales, se presenta como “injerencia” o apoyo a fuerzas “de oposición” en lugar de aceptar que se trata de solidaridad con los pueblos que libran justas luchas por su liberación. Los funcionarios norteamericanos se jactan de que las sanciones han hundido la moneda iraní, han creado dificultades económicas y, junto con los esfuerzos encubiertos de desestabilización de Israel y Estados Unidos, han fomentado la violencia. Esta crueldad está tan normalizada, que incluso una supuesta liberal como la ex-presidenta demócrata de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi, puede pedir más sufrimiento sin apenas expresar una protesta por la agresión israelí-norteamericana.

El pueblo iraní se volcó a las calles masivamente para mostrar
su pesar por la muerte de su líder supremo Ali Jamenei.
Exigiendo respeto a su soberanía y venganza contra
occidente y su enemigo principal, Israel.

Se trata de la misma estrategia que se utilizó contra el pueblo iraquí en la década de 1990, cuando Sadam dejó de ser útil para sus patrocinadores occidentales. Es bien sabido que la Secretaria de Estado del presidente Bill Clinton, Madeleine Albright, no negó la muerte de cientos de miles de niños iraquíes a causa de las sanciones, sino que lo confirmó al decir: “creemos que el precio pagado vale la pena”. Las sanciones dirigidas contra los sirios de a pie se utilizaron para preparar el cambio de régimen, al igual que se han utilizado, sin ningún rubor, contra los pueblos de Cuba, Venezuela, Corea del Norte y el pueblo palestino de Gaza. Invariablemente, el crimen imperdonable de estas naciones es exigir o defender su propia soberanía e independencia. En el pasado, estados Unidos se tomaba determinadas molestias a la hora de fabricar pretextos para sus guerras de conquista: pensemos en el “incidente del Golfo de Tonkín” en el caso de Vietnam o en las “armas de destrucción masiva” en el caso de Irak.

En lo que respecta a Irán, el esfuerzo ha sido poco entusiasta, torpe y disperso. Trump afirma haber “destruido” los recursos nucleares de Irán, al tiempo que los presenta como una agresión inminente. Ha amenazado con una intervención militar para salvar vidas iraníes supuestamente de la amenaza de su propio gobierno, mientras no ha mostrado ningún reparo en que Estados Unidos e Israel matasen e hiriesen a miles de iraníes en la guerra del año pasado y en esta misma. Pero toda la propaganda que han desplegado Washington y Tel Aviv  no ha funcionado: hace una semana, tan solo una cuarta parte de los estadounidenses apoyaba una guerra contra Irán.

                          “Estados Unidos e Israel lanzan otra guerra

                            contra Irán mientras se desploma el apoyo

                             de la opinión pública norteamericana al

                                             Estado terrorista israelí”

En lo internacional, Estados Unidos no siente la necesidad de justificar su agresión: ¿Por qué debería hacerlo, cuando el genocidio de Israel ha barrido las últimas pretensiones de que existen algún tipo de ley u orden internacional? Las guerras de cambio de régimen protagonizadas por Estados Unidos en Irak en el 2003, Libia en el 2011, Siria en el 2024 y en estos momentos su objetivo de hacer lo propio en Venezuela y Cuba, presagian un nuevo orden mundial en el que Estados Unidos puede saquear naciones sin restricciones. Rusia y China son las únicas naciones con potencial para equilibrar a esta superpotencia canalla. La ubicación estratégica y los vastos recursos de Irán lo hacen vital tanto para Moscú como para Pekín y es precisamente por ello por lo que el país persa está en el punto de mira de Estados Unidos e Israel.

Destruir Irán puede ser el objetivo inmediato, pero Rusia y China son los verdaderos objetivos de la ambición imperialista de Estados Unidos. No está claro si ambos países comprenden la magnitud de la amenaza, dada su tibia respuesta al ataque contra Irán hasta estos momentos. El hecho de no haber ejercido su derecho de veto a la resolución de la “Junta de Paz” para Gaza en el Consejo de Seguridad de la ONU en noviembre, que permitió a Trump coronarse como aspirante a monarca mundial, tampoco es una señal prometedora. Mientras Estados Unidos e Israel libran una guerra de agresión y elección, Irán se encuentra en una batalla existencial por su sobrevivencia. El futuro de Irán pertenece a los iraníes, pero si su país queda destruido o sometido a la tiranía de Washington y Tel Aviv, como tanto de sus vecinos, ese futuro les será arrebatado durante generaciones. Si esta agresión norteamericana e israelí tiene éxito, ningún país ni pueblo del mundo tendrá soberanía ni control sobre sus vidas.  

Saturday, February 21, 2026

 SUDÁN: PARA ENTENDER UNA GUERRA INTERMINABLE

Por: Javier F. Miranda Prieto 

La interminable guerra de Sudán: Casi tres años de un conflicto olvidado pero con raíces históricas, marcada por la violencia religiosa, el caudillismo militar y la codicia de las potencias por sus recursos petroleros y mineros.

A fines de la década pasada, la paz y la democracia parecieron aumentar sus posibilidades en ciertas partes de África. El ejemplo más destacado fue lo que se vivió en Sudán, en donde un movimiento popular contribuyo a la caída de la larga dictadura de Omar Hasan Al Bashir (1989-2019), tras treinta años en el poder. Hoy sin embargo, el país está fracturado y constituye el escenario de una de las peores crisis humanitarias del mundo según las Naciones Unidas.

En abril de 2019, tras meses de numerosas protestas populares contra el gobierno autoritario de Al Bashir, el ejército sudanés, liderado por el general Addel Fattah Al Burhan, depuso al dictador y estableció un Consejo Militar Transitorio. Luego se creó un Consejo Supremo conformado por civiles y militares con el objetivo de convocar a comicios libres y democráticos. Un nuevo golpe militar en octubre de 2021 puso en cuestión la participación de los civiles en el Consejo, que se convirtió en plenamente militar. Esta maniobra no dejó de tener una fuerte reacción popular en las calles, las cuales fueron duramente reprimidas.

LOS CONTENDIENTES:

En abril de 2023, estalló un fuerte conflicto armado, que perdura hasta hoy, originado por la pugna por del control del país entre antiguos aliados: el ejército regular sudanés, las Fuerzas Armadas de Sudán – SAF y el grupo paramilitar las Fuerzas de Apoyo Rápido RFS dirigidas por Mohamed Hamdan Dagalo conocido como Hemetti. Las temibles RFS son los herederos de la milicia irregular janjaweed creadas por el ex-dictador durante la guerra del Darfur (2003-2020), conflicto étnico-racial localizado en el oeste de Sudán entre población árabe y grupos originarios negros.

                            “Ambos contendientes, apoyados por milicias

                        locales, tratan de mantener estructuras estatales

                      en territorios controlados: las SAF en Puerto Sudán

                                       y las RFS en el occidente sudanés”

En la actualidad, ambos contendientes, apoyados por milicias locales, tratan de mantener estructuras estatales en los territorios que controlan: el ejército sudanés o las SAF en la parte oriental del país, especialmente en el estratégico Puerto de Sudán y los mercenarios de las RFS en la parte occidental. Al mismo tiempo, tanto las SAF como las RFS son responsables de masacres contra la población civil considerada hostil sobre bases étnicas, como es el caso de aquellos no identificados como árabes en las regiones de Darfur y Kurdufán al oste de Sudán. La última de dichas matanzas, calificada de genocida, ha tenido lugar durante el asedio y ocupación a la ciudad de El Fasher por las RFS, donde se calcula que han sido asesinados y desaparecidos cientos de miles de civiles.

EL ORIGEN:

La guerra ha formado parte de la historia política de Sudán desde su independencia en 1956. Desde la primera guerra civil sudanesa (1955-1972) entre la población musulmana del norte y los cristianos y animistas del sur, ya se planteaba como solución la independencia del sur del país, que se produjo en la llamada segunda guerra civil sudanesa (1985-2005) y que propicio la creación de Sudán del Sur en el año 2011.

Áreas controladas por el ejército de SAF (rosado), zonas
dominadas por los rebeldes de las RFS (gris) y diversos 
grupos contrarios al gobierno (otros colores).

Dos años más tarde estalló otra guerra en Darfur, en la que se enfrentaron milicias surgidas de poblaciones agrícolas con las milicias jajaweed procedentes de poblaciones mayoritariamente ganaderas y apoyadas por el mismo gobierno sudanés.

Una de las claves de estos conflictos ha sido la integración forzosa de diferentes poblaciones y regiones en un orden profundamente jerárquico y desigual. El predominio de una élite arabizada de la capital, Jartum, y la ausencia de políticas de redistribución del poder y la riqueza han generado profundos agravios, interpretados a menudo en clave étnica y aprovechados por elites alternativas.

                        “El predominio de una élite arabizada de la capital

                      y la ausencia de políticas de redistribución del poder

                         y de la riqueza han generado profundos agravios

                                 interpretados a menudo en clave étnica”

La fragmentación y la segmentación alcanzan a los mismos grupos que ocupan el poder, como vemos actualmente. También el Sudan del Sur el movimiento independentista se fracturó muy pronto entre el Ejército Popular de Liberación de Sudán SPLA y una facción de este, el SPLA de Oposición.

Como vemos, un fenómeno que contribuye a la violencia de los conflictos sociales, aquí y en muchos lugares de África, es la existencia de milicias locales armadas de distinto perfil que participan en coaliciones con las fuerzas del Gobierno o contra las mismas. Líderes políticos en el gobierno y en la oposición, alimentan a grupos armados paralelos a los ejércitos y a las policías nacionales, formados por jóvenes que no encuentran proyectos vitales y económicos alternativos.  

LOS RECURSOS NATURALES: 

La extracción y comercialización de recursos naturales (petróleo, oro y otros minerales) en mercados internacionales constituyen un elemento clave del mantenimiento de esta larga guerra, aunque esta actividad extractiva también se ha visto afectada por la misma. Las áreas de producción de petróleo están en la región atravesadas por las fronteras con Sudán del Sur y se transporta a través de oleoductos hasta Puerto Sudán. El destino de este petróleo incluye los mercados de Malasia, China, Italia, Singapur y Alemania.

                            “A pesar de sus riquezas petroleras y mineras,

                            el Índice de Desarrollo Humano IDH de Sudán

                                 es de los más bajos del mundo, ocupando

                                             el puesto 176 de 193 países”

El principal actor local beneficiario del petróleo es el gobierno, junto con las grandes operadoras extranjeras, que son de capital indio, chino, malasio y sudanés. Pero en el caso del oro, extraído a través de minería artesanal, no solo las SAF sino también las RFS lucran con su venta, mayoritariamente a los Emiratos Árabes Unidos EAU.

A pesar de la riqueza mineral e hidhocarburífera, el Índice de Desarrollo Humano IDH de Sudán es de los más bajos del mundo, ocupando el puesto 176 de 193 países. Lejos de ser una paradoja, la abundancia de recursos que adquieren su valor a través de la exportación contribuye al empobrecimiento de la mayoría de la población y a la precarización de sus condiciones de vida, por la injusta distribución de sus ingresos por exportación. A su vez, esta situación de debilidad social, proporciona un caldo de cultivo fructífero para los grupos armados en conflicto.

LA GEOPOLÍTICA DE LA GUERRA:

En Sudán se llevan a cabo guerras subsidiarias donde los contendientes de otros conflictos se enfrentan indirectamente apoyando a uno u a otro de los bandos. El gobierno sursudanés del SPLA parece estar apoyando a los paramilitares del RFS, que ha llegado a enfrentarse directamente con la milicias opositoras del SPLA IO. Ello ha impedido un acuerdo entre todas las partes para que el ejército de Sudán del Sur garantice la neutralidad del área petrolera de Hegling.

Personas que huyeron del campamento de Zamzam después
que cayera en manos de los paramilitares del RFS, esperan
recibir comida luego que fueron reubicadas en Darfur.

El gobierno de Etiopía también ha intervenido en este interminable conflicto armado, financiando a las guerrillas contra el gobierno, al que acusa de haber apoyado a las autoridades insurgentes en la guerra contra la región etíope de Tigray (2020-2022).

El principal apoyo tanto diplomático como militar de las SAF de Sudán es el gobierno de Egipto, que actualmente mantiene una tensión regional con el de Etiopía por la construcción de la Gran Presa de Renacimiento en el curso alto del Nilo. Otros gobiernos de la región como los de Chad, República Centroafricana, el Ejército Nacional Libio, Kenia, Uganda y el ya mencionado de Etiopía han facilitado la llegada de armas a las milicias mercenarias de las RFS e incluso tropas y entrenamiento militar.                   

Uno de los actores externos más relevante son los Emiratos Árabes Unidos, que importan la mayor parte del oro sudanés y son el principal proveedor de armas al RFS. Por su parte, Irán, Qatar, Arabia Saudita y Turquía sean posicionados a favor del gobierno sudanés, aunque estos dos últimos de manera menos explícita, y tratando de convertirse también en facilitadores de un posible acuerdo de paz.

                           “En Sudán se llevan a cabo guerras subsidiarias

                                donde los contendientes de otros conflictos

                                    se enfrentan indirectamente apoyando

                                              a uno u a otro de los bandos”

Por último, las grandes potencias están presentes en la guerra de Sudán con posicionamientos menos unívocos. Mientras Putin apoya oficialmente a Puerto Sudán (actualmente en manos del ejército regular sudanés SAF), también lo hace a grupos alineados con RFS en las zonas de producción de oro. Por su parte, Ucrania también apoya a las SAF en su conflicto con estos grupos. La misma paradoja se da con China, que al tiempo en que se manifiesta a favor del gobierno sudanés, produce las armas que llegan a las RFS.

Washington ha intentado jugar un papel relevante en los intentos de acabar con el conflicto liderando la iniciativa Quad, planteada en setiembre de 2025 por Estados Unidos, Arabia Saudita, Egipto y los EAU con una ruta para la paz sin mayores efectos. Lo que sí está teniendo consecuencias devastadoras para millones de refugiados es la drástica y perversa reducción de ayuda humanitaria realizada por la administración Trump.

Como vemos, las causas y dinámicas del interminable conflicto en Sudán son complejas, y no se derivan directamente de las estrategias y enfrentamientos entre las grandes y medianas potencias. Pero actores tanto locales como extranjeros tratan de sacar provecho de una situación donde millones de personas sufren violaciones sistemáticas de sus derechos. Los múltiples actores internos y externos dificultan enormemente el éxito relativo de los avances alcanzados.

El actual contexto belicista internacional, como la actitud y el discurso militarista de Trump, por el cual insta por la reducción del poder de las instituciones de seguridad colectivas, el multilateralismo y en donde se cuestionan principios básicos de derecho internacional en torno a la soberanía y los derechos humanos, contribuye de manera decisiva al mantenimiento de conflictos devastadores, como la interminable guerra en Sudán.     


Wednesday, February 18, 2026

 

ETIOPÍA–ERITREA:

SUENAN TAMBORES DE GUERRA

Por: Javier F. Miranda Prieto 

Etiopía y Eritrea ubicados en el estratégico Cuerno de África, son escenarios de pugnas fronterizas y de acuerdos de
paz incompletos que pueden generar otro conflicto armado en un contexto regional cada vez más tenso.
Los sonidos de tambores de guerra pueden seguir asolando la zona.

Como un espectro que regresa del pasado, el sonido de los tambores de guerra vuelve a recorrer la región etíope de Tigray en plena frontera con Eritrea. Según diversas informaciones, el conflicto que asolo el norte de Etiopía entre 2020 y 2022, causó más de 600 mil víctimas mortales, dos millones de personas se vieron obligadas a huir de sus hogares, miles de mujeres y niñas fueron violadas y la infraestructura civil quedó completamente devastada.

A poco más de tres años de firmarse el acuerdo de paz y cuando la población de Tigray apenas empieza a recuperarse del trauma colectivo generado por la guerra, un nuevo conflicto armada parece estar tomando forma. Los actores son en gran parte los mismos, pero las lealtades, los equilibrios regionales y los intereses en juego han cambiado sustancialmente. Sin embargo, en el fondo también se encuentran de nuevo las tensiones entre centralismo y federalismo étnico, las ambiciones de los contendientes y un contexto regional cada vez más tenso.

A fines de enero, las fuerzas del Frente Popular de Tigray TPLF y el ejército etíope se enfrentaron en distintos combates en varias zonas de la región de Tigray. Estos se concentraron con especial intensidad en torno a la localidad de Tselemt, situada en la parte occidental, junto a la frontera con la región de Amahra. Los enfrentamientos hicieron temer que se tratara del inicio de una guerra a gran escala, con la aerolínea nacional etíope suspendiendo sus vuelos hacia Tigray y los organismos internacionales llamando a la desescalada. Sin embargo, las aguas parecieron volver a su cauce, manteniendo a la población de este territorio en una calma tensa.

                                “A poco más de tres años de firmarse

                             el acuerdo de paz y cuando la población

                        de Tigray empieza a recuperarse del trauma

                          generado por la guerra, un nuevo conflicto

                               armada parece estar tomando forma”

Tanto las Naciones Unidas como la Unión Africana coincidieron en sus respectivas comparecencias y comunicados en exigir a ambos contendientes el respeto y cumplimiento del Acuerdo de Cese de Hostilidades firmado en la ciudad sudafricana de Pretoria en noviembre de 2022, y que consideraran que debe ser el marco para la resolución de disputas. A pesar de ello, no es solo su incumplimiento lo que podría crear las condiciones para la guerra, sino que es precisamente este y, especialmente, todo lo que dejó de resolver, una de las cusas principales de su posible estallido.

Etiopía no oculta su interés de obtener un puerto marítimo,
objetivo de gran valor geopolítico, y por el que está dispuesto
ha recuperar sus antiguas posesiones en Eritrea.

Aunque el acuerdo logró silenciar las armas, no pudo afrontar las causas profundas del conflicto ni establecer mecanismos de reparación y rendición de cuentas, lo que refuerza la sensación de impunidad ante los graves crímenes cometidos y el resentimiento ante el gobierno central entre la población de Tigray. Una de las principales cuestiones que quedaron sin resolver fue la del estatus de la zona de Tigray Occidental, lugar donde se produjeron los recientes combates y que tanto la región de Amhara como la de Tigray consideraran como propias. De allí huyeron centenares de miles de personas durante la guerra, acosadas por fuerzas regionales amhara y tropas de la vecina Eritrea en una campaña que muchos considerar como de limpieza étnica.

Muchas de ellas siguen viviendo el día de hoy en hacinados campamentos de refugiados, sin ver cercano el momento de regresar a sus hogares. En el acuerdo se preveía la resolución de este contencioso territorial mediante mecanismos constitucionales, lo que podría incluir la celebración de un referéndum que, hasta ahora, el gobierno federal etíope, se ha mostrado reticente a celebrar. En la práctica, y a pesar de que el acuerdo previa la retirada de todas las fuerzas “externas”, el territorio sigue ocupado tanto por fuerzas regionales y milicias amhara como por soldados eritreos.

                             “Con la independencia de Eritrea en 1993,

                           Etiopía perdió su acceso directo al Mar Rojo,

                             pasando a ser dependiente de Yibuti para

                                   sus exportaciones e importaciones”

Al llegar al cargo de Primer Ministro en 2018, Abiy Ahmed Ali era alabado por gran parte de la comunidad internacional como un gran líder reformista y comprometido con la liberación política y económica de su país, viéndose en él la figura ideal para superar los conflictos internos que han marcado la historia reciente de Etiopía. Estos halagos tendrían su mayor ejemplo al ser galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 2019, por la consecución de la reconciliación con Eritrea. Desde entonces, ha estrechado el cerco contra la oposición política etíope, ha llevado a cabo una de las guerras más mortíferas del siglo XXI, ha enfurecido a varios de sus países vecinos y combate varias insurgencias en distintas regiones del país.

Luego de casi tres años de una paz incompleta, se recrudece
la violencia armada en la región de Tigray, al norte de Etiopía.
Se han confirmado enfrentamientos entre el ejército federal
y las milicias del TPLF del Estado de Tigray.

Todo ello se encuentra estrechamente vinculado a las ambiciones del propio Abiy Ahmed, que incluyen la recentralización del Estado etíope a su eterno deseo de que su país obtenga una salida al Mar Rojo. Desde su llegada al poder, ha tratado de desmantelar el sistema de federalismo étnico instaurado desde la caída del régimen militar del Derg en 1991, un modelo que otorga amplias competencias a las regiones dominadas por los principales grupos étnicos, a las que incluso reconoce su derecho a la autodeterminación. Para Abiy, este sistema es la causa de la fragmentación, la violencia y el debilitamiento del Estado etíope, mientras para amplios sectores de la población representan unas garantías mínimas de autogobierno y representatividad.

La llegada al poder de Abiy Ahmed supuso, a su vez, el final de la larga hegemonía del  TPLF al frente del país. Esta organización había liderado el gobierno etíope desde 1991, a pesar de que Tigray solo representa un aproximado 6% de la población. Esto había creado un  gran resentimiento en gran parte de la población que Abiy supo aprovechar, creando el Partido de la Prosperidad, con el que se pretendía superar las líneas étnicas de los partidos políticos etíopes. Detrás de ello se encontraba el objetivo de concentrar cada vez más poder en Addis Abeba, por lo que muchas regiones lo consideraron una amenaza directa a su autonomía y se convirtió en la causa subyacente del estallido de la guerra en Tigray.

Por otro lado, Abiy no oculta su intención de obtener un puerto marítimo, objetivo de gran valor geopolítico, que incluso ha tachado de “existencial” y por el que parece dispuesto a incendiar toda la región. Con la independencia de Eritrea en 1993, Etiopia perdió su acceso directo al Mar Rojo, pasando a ser enormemente dependiente de Yibuti para sus exportaciones e importaciones. Para revertir esta situación, no dudo en llegar a un acuerdo con Somalilandia en 2024, la provincia rebelde de Somalia, por el que obtendría el arrendamiento de una franja costera a cambio de reconocer su independencia, lo que le enfrentó diplomáticamente a Somalia.

Tras la reconciliación de Etiopia y Somalia, auspiciada por Turquía, todos los ojos se volvieron hacia Eritrea, y concretamente, hacia el puerto de Assab. Las proclamas de Abiy de que “el acceso al mar no es negociable” inquietan mucho en Asmara, marcando un nuevo giro entre las relaciones de ambos países. Si, tras firmar la paz, el primer ministro etíope consiguió que el ejército de eritrea participara en la guerra contra un enemigo compartido, el TPLF, ahora el presidente eritreo -el dictador Isaías Afwerki- se ha acercado a este mismo grupo de milicianos para perjudicar y, si es necesario, combatir al gobierno federal etíope.

                          “Tras la reconciliación de Etiopia y Somalia,

                              auspiciada por Turquía, todos los ojos se

                              volvieron hacia Eritrea, y concretamente,

                                            hacia el puerto de Assab”

Unido a esto, el TPLF no sería el único grupo armado al que Eritrea se estaría acercando, pues, según denuncia el gobierno etíope, desde Asmara estarían entablando conversaciones con las milicias FANO para tenerlas a su lado en una eventual guerra. Estas milicias pertenecen al grupo étnico amhara y, tras ser excluidas como Eritrea del Acuerdo de Pretoria y el intento de Abiy Ahmed de integrarlas en el ejército federal, iniciaron una insurgencia armada en todo el Estado de Amhara. Ahora, en caso de guerra en Tigray, crearían un segundo frente contra el gobierno federal, al que también podrían unirse otras insurgencias en todo el país como las de los Oromo o los somalíes.

A todo esto, cabe sumarle un contexto regional cada vez más tenso y con crecientes intereses externos en juego, con bloques y alianzas cruzadas donde cada actor busca asegurar su influencia estratégica en el Mar Rojo. En Sudán, la guerra está a punto de cumplir tres años y cada vez existen mayores indicios del apoyo etíope a las Fuerzas de Apoyo Rápido, el grupo de mercenarios que combaten contra el ejército sudanés con el respaldo de los Emiratos Árabes Unidos. Por otro lado, Egipto se encuentra en una disputa de larga data con Etiopia por la construcción de la Gran Presa del Renacimiento, aprovechando la coyuntura para acercarse a Eritrea y Somalia ante las acciones hostiles del gobierno de Addis Abeba.

A todo ello podríamos sumarle la búsqueda de Somalilandia de obtener reconocimiento internacional y que amenaza con desintegrar de forma definitiva a Somalia, la posible reactivación de la guerra civil de Sudán del Sur o de tantos conflictos latentes que amenazan con una verdadera guerra regional en todo el Cuerno de África, que podría tener a Tigray como su epicentro. De este modo, no podemos ver una posible guerra en Etiopía como un episodio aislado, sino como la consecuencia directa de un acuerdo de paz incompleto, un modelo de Estado en disputa y una región cada vez más militarizada, haciendo que una guerra a gran escala deje de ser una hipótesis para convertirse en una posibilidad real y volver a escuchar en esta región, el ruido ensordecedor de los tambores de guerra.