Wednesday, February 18, 2026

 

ETIOPÍA–ERITREA:

SUENAN TAMBORES DE GUERRA

Por: Javier F. Miranda Prieto 

Etiopía y Eritrea ubicados en el estratégico Cuerno de África, son escenarios de pugnas fronterizas y de acuerdos de
paz incompletos que pueden generar otro conflicto armado en un contexto regional cada vez más tenso.
Los sonidos de tambores de guerra pueden seguir asolando la zona.

Como un espectro que regresa del pasado, el sonido de los tambores de guerra vuelve a recorrer la región etíope de Tigray en plena frontera con Eritrea. Según diversas informaciones, el conflicto que asolo el norte de Etiopía entre 2020 y 2022, causó más de 600 mil víctimas mortales, dos millones de personas se vieron obligadas a huir de sus hogares, miles de mujeres y niñas fueron violadas y la infraestructura civil quedó completamente devastada.

A poco más de tres años de firmarse el acuerdo de paz y cuando la población de Tigray apenas empieza a recuperarse del trauma colectivo generado por la guerra, un nuevo conflicto armada parece estar tomando forma. Los actores son en gran parte los mismos, pero las lealtades, los equilibrios regionales y los intereses en juego han cambiado sustancialmente. Sin embargo, en el fondo también se encuentran de nuevo las tensiones entre centralismo y federalismo étnico, las ambiciones de los contendientes y un contexto regional cada vez más tenso.

A fines de enero, las fuerzas del Frente Popular de Tigray TPLF y el ejército etíope se enfrentaron en distintos combates en varias zonas de la región de Tigray. Estos se concentraron con especial intensidad en torno a la localidad de Tselemt, situada en la parte occidental, junto a la frontera con la región de Amahra. Los enfrentamientos hicieron temer que se tratara del inicio de una guerra a gran escala, con la aerolínea nacional etíope suspendiendo sus vuelos hacia Tigray y los organismos internacionales llamando a la desescalada. Sin embargo, las aguas parecieron volver a su cauce, manteniendo a la población de este territorio en una calma tensa.

                                “A poco más de tres años de firmarse

                             el acuerdo de paz y cuando la población

                        de Tigray empieza a recuperarse del trauma

                          generado por la guerra, un nuevo conflicto

                               armada parece estar tomando forma”

Tanto las Naciones Unidas como la Unión Africana coincidieron en sus respectivas comparecencias y comunicados en exigir a ambos contendientes el respeto y cumplimiento del Acuerdo de Cese de Hostilidades firmado en la ciudad sudafricana de Pretoria en noviembre de 2022, y que consideraran que debe ser el marco para la resolución de disputas. A pesar de ello, no es solo su incumplimiento lo que podría crear las condiciones para la guerra, sino que es precisamente este y, especialmente, todo lo que dejó de resolver, una de las cusas principales de su posible estallido.

Etiopía no oculta su interés de obtener un puerto marítimo,
objetivo de gran valor geopolítico, y por el que está dispuesto
ha recuperar sus antiguas posesiones en Eritrea.

Aunque el acuerdo logró silenciar las armas, no pudo afrontar las causas profundas del conflicto ni establecer mecanismos de reparación y rendición de cuentas, lo que refuerza la sensación de impunidad ante los graves crímenes cometidos y el resentimiento ante el gobierno central entre la población de Tigray. Una de las principales cuestiones que quedaron sin resolver fue la del estatus de la zona de Tigray Occidental, lugar donde se produjeron los recientes combates y que tanto la región de Amhara como la de Tigray consideraran como propias. De allí huyeron centenares de miles de personas durante la guerra, acosadas por fuerzas regionales amhara y tropas de la vecina Eritrea en una campaña que muchos considerar como de limpieza étnica.

Muchas de ellas siguen viviendo el día de hoy en hacinados campamentos de refugiados, sin ver cercano el momento de regresar a sus hogares. En el acuerdo se preveía la resolución de este contencioso territorial mediante mecanismos constitucionales, lo que podría incluir la celebración de un referéndum que, hasta ahora, el gobierno federal etíope, se ha mostrado reticente a celebrar. En la práctica, y a pesar de que el acuerdo previa la retirada de todas las fuerzas “externas”, el territorio sigue ocupado tanto por fuerzas regionales y milicias amhara como por soldados eritreos.

                             “Con la independencia de Eritrea en 1993,

                           Etiopía perdió su acceso directo al Mar Rojo,

                             pasando a ser dependiente de Yibuti para

                                   sus exportaciones e importaciones”

Al llegar al cargo de Primer Ministro en 2018, Abiy Ahmed Ali era alabado por gran parte de la comunidad internacional como un gran líder reformista y comprometido con la liberación política y económica de su país, viéndose en él la figura ideal para superar los conflictos internos que han marcado la historia reciente de Etiopía. Estos halagos tendrían su mayor ejemplo al ser galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 2019, por la consecución de la reconciliación con Eritrea. Desde entonces, ha estrechado el cerco contra la oposición política etíope, ha llevado a cabo una de las guerras más mortíferas del siglo XXI, ha enfurecido a varios de sus países vecinos y combate varias insurgencias en distintas regiones del país.

Luego de casi tres años de una paz incompleta, se recrudece
la violencia armada en la región de Tigray, al norte de Etiopía.
Se han confirmado enfrentamientos entre el ejército federal
y las milicias del TPLF del Estado de Tigray.

Todo ello se encuentra estrechamente vinculado a las ambiciones del propio Abiy Ahmed, que incluyen la recentralización del Estado etíope a su eterno deseo de que su país obtenga una salida al Mar Rojo. Desde su llegada al poder, ha tratado de desmantelar el sistema de federalismo étnico instaurado desde la caída del régimen militar del Derg en 1991, un modelo que otorga amplias competencias a las regiones dominadas por los principales grupos étnicos, a las que incluso reconoce su derecho a la autodeterminación. Para Abiy, este sistema es la causa de la fragmentación, la violencia y el debilitamiento del Estado etíope, mientras para amplios sectores de la población representan unas garantías mínimas de autogobierno y representatividad.

La llegada al poder de Abiy Ahmed supuso, a su vez, el final de la larga hegemonía del  TPLF al frente del país. Esta organización había liderado el gobierno etíope desde 1991, a pesar de que Tigray solo representa un aproximado 6% de la población. Esto había creado un  gran resentimiento en gran parte de la población que Abiy supo aprovechar, creando el Partido de la Prosperidad, con el que se pretendía superar las líneas étnicas de los partidos políticos etíopes. Detrás de ello se encontraba el objetivo de concentrar cada vez más poder en Addis Abeba, por lo que muchas regiones lo consideraron una amenaza directa a su autonomía y se convirtió en la causa subyacente del estallido de la guerra en Tigray.

Por otro lado, Abiy no oculta su intención de obtener un puerto marítimo, objetivo de gran valor geopolítico, que incluso ha tachado de “existencial” y por el que parece dispuesto a incendiar toda la región. Con la independencia de Eritrea en 1993, Etiopia perdió su acceso directo al Mar Rojo, pasando a ser enormemente dependiente de Yibuti para sus exportaciones e importaciones. Para revertir esta situación, no dudo en llegar a un acuerdo con Somalilandia en 2024, la provincia rebelde de Somalia, por el que obtendría el arrendamiento de una franja costera a cambio de reconocer su independencia, lo que le enfrentó diplomáticamente a Somalia.

Tras la reconciliación de Etiopia y Somalia, auspiciada por Turquía, todos los ojos se volvieron hacia Eritrea, y concretamente, hacia el puerto de Assab. Las proclamas de Abiy de que “el acceso al mar no es negociable” inquietan mucho en Asmara, marcando un nuevo giro entre las relaciones de ambos países. Si, tras firmar la paz, el primer ministro etíope consiguió que el ejército de eritrea participara en la guerra contra un enemigo compartido, el TPLF, ahora el presidente eritreo -el dictador Isaías Afwerki- se ha acercado a este mismo grupo de milicianos para perjudicar y, si es necesario, combatir al gobierno federal etíope.

                          “Tras la reconciliación de Etiopia y Somalia,

                              auspiciada por Turquía, todos los ojos se

                              volvieron hacia Eritrea, y concretamente,

                                            hacia el puerto de Assab”

Unido a esto, el TPLF no sería el único grupo armado al que Eritrea se estaría acercando, pues, según denuncia el gobierno etíope, desde Asmara estarían entablando conversaciones con las milicias FANO para tenerlas a su lado en una eventual guerra. Estas milicias pertenecen al grupo étnico amhara y, tras ser excluidas como Eritrea del Acuerdo de Pretoria y el intento de Abiy Ahmed de integrarlas en el ejército federal, iniciaron una insurgencia armada en todo el Estado de Amhara. Ahora, en caso de guerra en Tigray, crearían un segundo frente contra el gobierno federal, al que también podrían unirse otras insurgencias en todo el país como las de los Oromo o los somalíes.

A todo esto, cabe sumarle un contexto regional cada vez más tenso y con crecientes intereses externos en juego, con bloques y alianzas cruzadas donde cada actor busca asegurar su influencia estratégica en el Mar Rojo. En Sudán, la guerra está a punto de cumplir tres años y cada vez existen mayores indicios del apoyo etíope a las Fuerzas de Apoyo Rápido, el grupo de mercenarios que combaten contra el ejército sudanés con el respaldo de los Emiratos Árabes Unidos. Por otro lado, Egipto se encuentra en una disputa de larga data con Etiopia por la construcción de la Gran Presa del Renacimiento, aprovechando la coyuntura para acercarse a Eritrea y Somalia ante las acciones hostiles del gobierno de Addis Abeba.

A todo ello podríamos sumarle la búsqueda de Somalilandia de obtener reconocimiento internacional y que amenaza con desintegrar de forma definitiva a Somalia, la posible reactivación de la guerra civil de Sudán del Sur o de tantos conflictos latentes que amenazan con una verdadera guerra regional en todo el Cuerno de África, que podría tener a Tigray como su epicentro. De este modo, no podemos ver una posible guerra en Etiopía como un episodio aislado, sino como la consecuencia directa de un acuerdo de paz incompleto, un modelo de Estado en disputa y una región cada vez más militarizada, haciendo que una guerra a gran escala deje de ser una hipótesis para convertirse en una posibilidad real y volver a escuchar en esta región, el ruido ensordecedor de los tambores de guerra.

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