ETIOPÍA–ERITREA:
SUENAN TAMBORES DE GUERRA
Como un espectro que regresa del pasado, el sonido de los
tambores de guerra vuelve a recorrer la región etíope de Tigray en plena
frontera con Eritrea. Según diversas informaciones, el conflicto que asolo el norte
de Etiopía entre 2020 y 2022, causó más de 600 mil víctimas mortales, dos
millones de personas se vieron obligadas a huir de sus hogares, miles de
mujeres y niñas fueron violadas y la infraestructura civil quedó completamente
devastada.
A poco más de tres años de firmarse el acuerdo de paz y
cuando la población de Tigray apenas empieza a recuperarse del trauma colectivo
generado por la guerra, un nuevo conflicto armada parece estar tomando forma.
Los actores son en gran parte los mismos, pero las lealtades, los equilibrios
regionales y los intereses en juego han cambiado sustancialmente. Sin embargo,
en el fondo también se encuentran de nuevo las tensiones entre centralismo y
federalismo étnico, las ambiciones de los contendientes y un contexto regional
cada vez más tenso.
A fines de enero, las fuerzas del Frente Popular de Tigray
TPLF y el ejército etíope se enfrentaron en distintos combates en varias zonas
de la región de Tigray. Estos se concentraron con especial intensidad en torno
a la localidad de Tselemt, situada en la parte occidental, junto a la frontera
con la región de Amahra. Los enfrentamientos hicieron temer que se tratara del
inicio de una guerra a gran escala, con la aerolínea nacional etíope
suspendiendo sus vuelos hacia Tigray y los organismos internacionales llamando
a la desescalada. Sin embargo, las aguas parecieron volver a su cauce,
manteniendo a la población de este territorio en una calma tensa.
“A poco más de tres años de firmarse
el acuerdo de paz y cuando la población
de Tigray empieza a recuperarse del trauma
generado por la guerra, un nuevo conflicto
armada parece estar tomando forma”
Tanto las Naciones Unidas como la Unión Africana coincidieron
en sus respectivas comparecencias y comunicados en exigir a ambos contendientes
el respeto y cumplimiento del Acuerdo de Cese de Hostilidades firmado en la
ciudad sudafricana de Pretoria en noviembre de 2022, y que consideraran que
debe ser el marco para la resolución de disputas. A pesar de ello, no es solo
su incumplimiento lo que podría crear las condiciones para la guerra, sino que
es precisamente este y, especialmente, todo lo que dejó de resolver, una de las
cusas principales de su posible estallido.
![]() |
| Etiopía no oculta su interés de obtener un puerto marítimo, objetivo de gran valor geopolítico, y por el que está dispuesto ha recuperar sus antiguas posesiones en Eritrea. |
Aunque el acuerdo logró silenciar las armas, no pudo afrontar las causas profundas del conflicto ni establecer mecanismos de reparación y rendición de cuentas, lo que refuerza la sensación de impunidad ante los graves crímenes cometidos y el resentimiento ante el gobierno central entre la población de Tigray. Una de las principales cuestiones que quedaron sin resolver fue la del estatus de la zona de Tigray Occidental, lugar donde se produjeron los recientes combates y que tanto la región de Amhara como la de Tigray consideraran como propias. De allí huyeron centenares de miles de personas durante la guerra, acosadas por fuerzas regionales amhara y tropas de la vecina Eritrea en una campaña que muchos considerar como de limpieza étnica.
Muchas de ellas siguen viviendo el día de hoy en hacinados
campamentos de refugiados, sin ver cercano el momento de regresar a sus
hogares. En el acuerdo se preveía la resolución de este contencioso territorial
mediante mecanismos constitucionales, lo que podría incluir la celebración de
un referéndum que, hasta ahora, el gobierno federal etíope, se ha mostrado
reticente a celebrar. En la práctica, y a pesar de que el acuerdo previa la
retirada de todas las fuerzas “externas”, el territorio sigue ocupado tanto por
fuerzas regionales y milicias amhara como por soldados eritreos.
“Con la independencia de Eritrea en 1993,
Etiopía perdió su acceso directo al Mar Rojo,
pasando a ser dependiente de Yibuti para
sus exportaciones e importaciones”
Al llegar al cargo de Primer Ministro en 2018, Abiy Ahmed Ali
era alabado por gran parte de la comunidad internacional como un gran líder
reformista y comprometido con la liberación política y económica de su país,
viéndose en él la figura ideal para superar los conflictos internos que han
marcado la historia reciente de Etiopía. Estos halagos tendrían su mayor
ejemplo al ser galardonado con el Premio Nobel de la Paz en 2019, por la
consecución de la reconciliación con Eritrea. Desde entonces, ha estrechado el
cerco contra la oposición política etíope, ha llevado a cabo una de las guerras
más mortíferas del siglo XXI, ha enfurecido a varios de sus países vecinos y
combate varias insurgencias en distintas regiones del país.
Todo ello se encuentra estrechamente vinculado a las
ambiciones del propio Abiy Ahmed, que incluyen la recentralización del Estado
etíope a su eterno deseo de que su país obtenga una salida al Mar Rojo. Desde
su llegada al poder, ha tratado de desmantelar el sistema de federalismo étnico
instaurado desde la caída del régimen militar del Derg en 1991, un modelo que
otorga amplias competencias a las regiones dominadas por los principales grupos
étnicos, a las que incluso reconoce su derecho a la autodeterminación. Para
Abiy, este sistema es la causa de la fragmentación, la violencia y el
debilitamiento del Estado etíope, mientras para amplios sectores de la
población representan unas garantías mínimas de autogobierno y
representatividad.
La llegada al poder de Abiy Ahmed supuso, a su vez, el final de la larga hegemonía del TPLF al frente del país. Esta organización había liderado el gobierno etíope desde 1991, a pesar de que Tigray solo representa un aproximado 6% de la población. Esto había creado un gran resentimiento en gran parte de la población que Abiy supo aprovechar, creando el Partido de la Prosperidad, con el que se pretendía superar las líneas étnicas de los partidos políticos etíopes. Detrás de ello se encontraba el objetivo de concentrar cada vez más poder en Addis Abeba, por lo que muchas regiones lo consideraron una amenaza directa a su autonomía y se convirtió en la causa subyacente del estallido de la guerra en Tigray.
Por otro lado, Abiy no oculta su intención de obtener un
puerto marítimo, objetivo de gran valor geopolítico, que incluso ha tachado de
“existencial” y por el que parece dispuesto a incendiar toda la región. Con la
independencia de Eritrea en 1993, Etiopia perdió su acceso directo al Mar Rojo,
pasando a ser enormemente dependiente de Yibuti para sus exportaciones e
importaciones. Para revertir esta situación, no dudo en llegar a un acuerdo con
Somalilandia en 2024, la provincia rebelde de Somalia, por el que obtendría el
arrendamiento de una franja costera a cambio de reconocer su independencia, lo
que le enfrentó diplomáticamente a Somalia.
Tras la reconciliación de Etiopia y Somalia, auspiciada por
Turquía, todos los ojos se volvieron hacia Eritrea, y concretamente, hacia el
puerto de Assab. Las proclamas de Abiy de que “el acceso al mar no es
negociable” inquietan mucho en Asmara, marcando un nuevo giro entre las
relaciones de ambos países. Si, tras firmar la paz, el primer ministro etíope
consiguió que el ejército de eritrea participara en la guerra contra un enemigo
compartido, el TPLF, ahora el presidente eritreo -el dictador Isaías Afwerki-
se ha acercado a este mismo grupo de milicianos para perjudicar y, si es
necesario, combatir al gobierno federal etíope.
“Tras la reconciliación de Etiopia y Somalia,
auspiciada por Turquía, todos los ojos se
volvieron hacia Eritrea, y concretamente,
hacia el puerto de Assab”
Unido a esto, el TPLF no sería el único grupo armado al que
Eritrea se estaría acercando, pues, según denuncia el gobierno etíope, desde
Asmara estarían entablando conversaciones con las milicias FANO para tenerlas a
su lado en una eventual guerra. Estas milicias pertenecen al grupo étnico
amhara y, tras ser excluidas como Eritrea del Acuerdo de Pretoria y el intento
de Abiy Ahmed de integrarlas en el ejército federal, iniciaron una insurgencia
armada en todo el Estado de Amhara. Ahora, en caso de guerra en Tigray,
crearían un segundo frente contra el gobierno federal, al que también podrían
unirse otras insurgencias en todo el país como las de los Oromo o los somalíes.
A todo esto, cabe sumarle un contexto regional cada vez más
tenso y con crecientes intereses externos en juego, con bloques y alianzas
cruzadas donde cada actor busca asegurar su influencia estratégica en el Mar
Rojo. En Sudán, la guerra está a punto de cumplir tres años y cada vez existen
mayores indicios del apoyo etíope a las Fuerzas de Apoyo Rápido, el grupo de
mercenarios que combaten contra el ejército sudanés con el respaldo de los
Emiratos Árabes Unidos. Por otro lado, Egipto se encuentra en una disputa de
larga data con Etiopia por la construcción de la Gran Presa del Renacimiento,
aprovechando la coyuntura para acercarse a Eritrea y Somalia ante las acciones
hostiles del gobierno de Addis Abeba.
A todo ello podríamos sumarle la búsqueda de Somalilandia de
obtener reconocimiento internacional y que amenaza con desintegrar de forma
definitiva a Somalia, la posible reactivación de la guerra civil de Sudán del
Sur o de tantos conflictos latentes que amenazan con una verdadera guerra
regional en todo el Cuerno de África, que podría tener a Tigray como su
epicentro. De este modo, no podemos ver una posible guerra en Etiopía como un
episodio aislado, sino como la consecuencia directa de un acuerdo de paz
incompleto, un modelo de Estado en disputa y una región cada vez más
militarizada, haciendo que una guerra a gran escala deje de ser una hipótesis
para convertirse en una posibilidad real y volver a escuchar en esta región, el
ruido ensordecedor de los tambores de guerra.



No comments:
Post a Comment