Tuesday, April 28, 2026

 MALI: ¿TAMBORES DE GOLPE DE ESTADO?

Por: Javier F. Miranda Prieto 

La República de Mali, inmersa desde hace años en un largo enfrentamiento con bandas yihadistas, sufrió el pasado sábado un intento de golpe de Estado. La Junta Militar de gobierno se distanció de Francia, su antigua metrópoli, 
en busca de nuevos aliados como Rusia. 

Mali vivió el pasado sábado 25 de abril, uno de los días más caóticos y violentos de los últimos años. En una acción coordinada y a gran escala, los grupos insurgentes Apoyo al Islam y a los Musulmanes JNIM (organización yihadista) y el Frente de Liberación de Azawad (grupo armado nacionalista que revindica la autodeterminación de los tuareg), atacaron buena parte de las principales ciudades del país, bases del ejército y edificios públicos, llegando incluso a amenazar a la capital Bamako. Durante todo el sábado se sucedieron los combates en todo el país, creando un clima de confusión absoluta, que hizo remecer al gobierno de la Junta Militar que lleva más de seis años dirigiendo esta nación del occidente africano.

La región norte de Mali -la que los independentistas tuareg llaman Azawad- fue la zona más afectada. Durante la mañana, el FLA anunciaba que había tomado por completo la ciudad de Kidal, ante la retirada del ejército maliense sin combatir. A pesar de su reducido tamaño, esta ciudad tiene un enorme peso estratégico y simbólico, estando bajo control insurgente durante varios años y convertida en centro político del movimiento tuareg hasta su reconquista por parte del ejército y el grupo ruso Wagner hoy llamado Africa Corp en 2023.

Tras conocerse la toma de Kidal, todas las miradas se dirigieron a Gao, la que fuera capital del Estado autoproclamado de Azawad en el 2012 y más cerca y mejor conectada con la capital Bamako. Aunque se produjeron combates, no llego estar bajo control absoluto de JNIM y FLA, lo que habría sido un golpe demoledor para el gobierno maliense y podría haber precipitado su pérdida de control sobre todo en el norte del país.

  “Apoyo al Islam y a los Musulmanes JNIM

  (organización yihadista) y el Frente de

  Liberación de Azawad FLA (grupo armado

  nacionalista que revindica la autodeterminación

  de los tuareg), atacaron buena parte de las

  principales ciudades del país”

Lo más grave podría haber ocurrido en la capital, produciéndose importantes combates en su área circundante. Milicias del JNIM revindicaron haber atacado la casa del presidente Assimi Goita y varias bases militares en la capital. Ya por la noche voceros del gobierno militar aseguraron que la situación estaba completamente bajo control. Excepto la norteña ciudad de Kidal, las fuerzas gubernamentales controlan ahora el resto de las ciudades de Mali. Ayer domingo, la situación parecía haber vuelto a la calma.

Vladimir Putin es el más afectado por esta asonada golpista
al ver erosionado su credibilidad como garante de seguridad
en los países africanos. Assimi Goita, presidente maliense,
se alejó de Francia, su antigua metrópoli,
para apostar por Rusia como nuevo socio estratégico.

Lo ocurrido el sábado marca un punto de inflexión en el conflicto que vive Mali desde el 2012. La alianza entre el JNIM y FLA -entre los fundamentalistas islámicos y los independentistas tuareg- formaliza y hace explícita una relación que hasta ahora había sido ambigua y en gran medida táctica, centrada en la lucha contra un enemigo común. 

Ambas organizaciones ya había cooperado en el pasado, pero nunca lo había hecho con un alto grado de coordinación y visibilidad como el demostrado en los ataques de este sábado. En 2012, cuando la rebelión tuareg logró hacerse con el control de gran parte del norte del país, los grupos yihadistas mejor organizados cooptaron buena parte de sus logros e imponiéndose en ciudades clave como Tombuctú.

  “Tras la caída de Gadafi, miles de estos

   combatientes regresaron al norte de Mali

   fuertemente armados y con experiencia militar.

  A ello se sumó la proliferación de armas

  procedentes de los arsenales libios, que se

  dispersaron por toda la región”

El origen de lo ocurrido entonces no pude entenderse sin el derrocamiento y asesinato del líder libio Muamar el Gadafi en 2011 tras la brutal intervención de la OTAN en Libia. Durante décadas, Gadafi había reclutado y financiado a los rebeldes tuareg procedentes de Mali y otros países del sahel, integrándose en sus fuerzas de seguridad. Tras ser eliminado, miles de estos combatientes regresaron al norte de Mali fuertemente armados y con experiencia militar, contribuyendo de forma decisiva al estallido de la rebelión de 2012. A ello se sumó la proliferación de armas procedentes de los arsenales libios, que se dispersaron por toda la región y fueron a parar tanto a los grupos independentistas tuareg como a organizaciones de ideología yihadista.

La región noreste de Mali, llamada Azawad por las tribus
tuareg, alberga ciudades como: Kidal, Gao y Tombuctú,
que son el escenario de luchas independentistas de este
pueblo originario. 

Para intentar salvar la situación caótica que ella misma había contribuido a crear, Francia intervino militarmente en Mali en 2013 -a través de la operación Serval y posteriormente Barkhane- logrando ciertos éxitos en la expulsión de los grupos de los principales núcleos urbanos. Sin embargo, ni eliminó su capacidad de actuación ni resolvió las causas profundas del conflicto, lo que contribuyó a aumentar entre la población maliense el resentimiento hacia la antigua potencia colonizadora y su presencia en el país.   

Este sentimiento anti-francés ayudó a generar el marco discursivo perfecto para el triunfo del golpe de Estado en 2020. La Junta Militar que gobierna Mali desde entonces, convirtió la ruptura con Francia y la salida de sus tropas en su principal eje político y mediático, apostando por la colaboración con Rusia y el uso del grupo Wagner para combatir a los insurgentes -no solo el JNIM, sino también el Estado Islámico del Gran Sahara- estos han recrudecido sus ataques en los últimos años, y el gobierno maliense sigue sin tener un control efectivo sobre gran parte de su territorio, especialmente en el norte.

A su vez, tras años de incumplimiento y envalentonado por la toma de la estratégica ciudad de Kidal, el gobierno anunció la suspensión efectiva de los Acuerdos de Argel de 2015, que prometían, entre otros aspectos, una mayor descentralización política y una mayor inversión económica en el norte. Esto habría contribuido de forma esencial en la renovada cooperación entre el JNIM y el FLA. Sin embargo, esta sigue respondiendo a una lógica pragmática, manteniendo objetivos divergentes a largo plazo. En el corto, con la ofensiva del sábado los independentistas del FLA, consiguen recuperar protagonismo y control territorial, mientras los yihadistas del JNIM refuerzan su legitimidad local ante la ausencia del Estado en estos territorios.

  “Con la tentativa de golpe, los independentistas

  del FLA, consiguen recuperar protagonismo

  y control territorial, mientras los yihadistas

  del JNIM refuerzan su legitimidad local

  ante la ausencia del Estado en estos territorios”

A nivel internacional, el más afectado por esta asonada golpista es Rusia, quien había convertido a Mali en uno de sus pilares de su estrategia africana. Con el revés militar del ejército maliense, Moscú ve erosionada su credibilidad como garante de seguridad entre los países africanos, cuestionando la eficacia de un modelo de seguridad basado principalmente en el blindaje de las elites y la protección de la infraestructura esencial a cambio concesiones sobre los recursos naturales.

En sus últimas declaraciones, el Ministerio de Exteriores de Rusia aseguraron que: “la información preliminar sugiere que las fuerzas de seguridad occidentales pueden haber estado involucradas en el entrenamiento a las milicias golpistas”. Esa acusación no es nueva y hace unos días los gobiernos de Mali y Níger sugirieron que países vecinos habrían patrocinado acciones terroristas en sus territorios. Pude ser cierto o no, pero ello no esconde el hecho de que grupos como JNIM se nutren especialmente de la dejadez del Estado en las zonas rurales, y que organizaciones como FLA aglutinen reivindicaciones históricas de grupos históricamente marginados por el gobierno central como los tuareg.

Así, lo ocurrido el último sábado no solo evidencia la fragilidad del control estatal en el norte de Malí, sino también la capacidad de adaptación de unos actores armados que, lejos de debilitarse, parece reconfigurar sus alianzas en función de la evolución del conflicto. Todo ello apunta a una nueva fase de inestabilidad en la que los hechos del sábado difícilmente puedan interpretarse como un episodio aislado, sino como parte de una dinámica que amenaza con agudizarse en los próximos meses.  

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