Saturday, January 31, 2026

UGANDA: UN CASO DE “GERONTOCRACIA” Y ESTABILIDAD COLONIAL

Por: Javier F. Miranda Prieto 

El pasado 15 de enero, los resultados electorales para presidente en Uganda, se recibieron sin sorpresa alguna.
Yoweri Museveni el eterno presidente de 81 años, logró su cuestionado séptimo mandato, prolongando sus casi 40 años consecutivos en el poder. Ejemplo nocivo de una gerontocracia colonial. 

Uganda está atravesado por el extractivismo petrolero, la militarización de la política y una democracia sin alternancia real. Las últimas elecciones revelaron que el conflicto en Uganda no es solo político, sino histórico: soberanía o subordinación.

Yoweri Museveni encarna, tras casi cuatro décadas en el poder, una paradoja africana: garante de estabilidad para el orden político regional y, al mismo tiempo, símbolo de una gerontocracia que gobierna un país joven, con conflictos sociales irresueltos escondidos detrás de una falsa estabilidad económica sustentada por negocios relacionados con el expolio de sus recursos naturales. Se sabe, que occidente a sus cómplices regionales, los ayuda para mantener esta estabilidad, muchas veces se habla de la “trampa de la deuda china” pero poco de las cadenas que aprietan a los pueblos, a través del FMI y el Banco Mundial donde las potencias occidentales tienen sus negocios.

El viejo Museveni gobierna Uganda desde 1986. Cuando llegó al poder, la Guerra fría ordenaba el mundo, el apartheid seguía en pie en Sudáfrica y buena parte del continente africano buscaba reconstruirse tras décadas de dictaduras y guerras civiles. Luego del gobierno instable y corrupto de Milton Obote (1966-1980), le siguió el régimen de terror del caricaturesco Iddi Amin Dada (1971-1979), y para terminar en la dictadura de los hermanos Basilio y Tito Okello (1984-1986). En ese contexto, Museveni se presentó entonces, como un líder de unidad nacional, un restaurador del orden tras el caos.  Durante años fue leído como parte de la generación que había logrado estabilizar Estados frágiles. Hoy, casi cuarenta años después, su figura se  ha transformado en otra cosa: en el rostro de una gerontocracia que gobierna un país joven con las herramientas del miedo y la coacción.

Uganda tiene una de las poblaciones más jóvenes del continente: más del 75% de sus habitantes es menor de 30 años. Hablamos entonces de una generación que no vivió la cruenta guerra civil que Museveni utiliza como legitimación histórica. Pero que si vive, en cambio, una época en donde el desempleo estructural, la informalidad, la represión policial y un sistema político que no ofrece alternancia real, es la moneda corriente en estos días. En ese choque entre un poder que administra el pasado y una sociedad que exige futuro, se juega el núcleo del conflicto ugandés.

                          “Museveni, durante años fue leído como

                                        parte de la generación que había

                                     logrado estabilizar Estados frágiles.

                                Hoy, cuarenta años después, su figura es 

                            el rostro de una gerontocracia que gobierna

                                un país joven con las herramientas del

                                                 miedo y la coacción”

Las elecciones del pasado 15 de enero cristalizaron esa tensión. La controlada Comisión Electoral declaró vencedor a Museveni con más del 70% de los votos frente al opositor Bobi Wine, popular músico convertido en líder político y símbolo de la ruptura generacional. Wine denunció que el proceso fraudulento había sido “una operación militar con papeletas de votación”, una frase que recorrió el país como síntesis de la experiencia social de los comicios.

En este contexto, Bobi Wine no es un simple opositor. Es un símbolo generacional. Un músico nacido en los barrios pobres de Kampala, convertido en dirigente político y que expresa una ruptura cultural con la elite militar que gobierna desde los años ochenta. No viene de los cuarteles ni de la vieja política: viene de la calle, de la música popular, del lenguaje cotidiano de los jóvenes. Por eso el Estado no lo trata como un adversario, sino como una amenaza sistémica.

Uganda a pesar de ser un país sin salida al mar, es un 
territorio estratégico, limitando con seis países del 
centro y oriente africano y por sus reservas petroleras.

Pero Uganda no puede leerse solo desde las urnas o desde la competencia política. Lo que ocurre en Kampala es inseparable de su rol geopolítico regional, de su economía dependiente y de su lugar en el mapa del poder global. Este país del oriente africano, suele ser presentado como una isla de calma en una región donde el conflicto parece regla. 

Cuando Somali vuelve arder, cuando el este del Congo se hunde en una violencia interminable o cuando Sudán se sigue fragmentando en guerras superpuestas, Kampala aparece como el punto fijo del mapa, como el país que resiste, como el ejemplo de estabilidad. Pero esa estabilidad no es un estado natural ni una conquista social profunda. Es una estabilidad colonial, un contrato político. Y como todo contrato desigual, tiene imposiciones, clausulas invisibles.

Uganda ofrece a sus protectores, previsibilidad, cooperación militar y apertura al capital extranjero. A cambio recibe indulgencia diplomática, tolerancia frente a la represión interna y una narrativa internacional que la protege del aislamiento. El problema es que esa estabilidad está pensada para el tablero regional y para los socios externos, no para la gran masa de su población. La vida real de la mayoría de los ugandeses transcurre lejos de los discursos sobre orden. Su lucha diaria es contra: el desempleo juvenil, la informalidad estructural, el endeudamiento doméstico, la falta de servicios mínimos y un sistema político represivo que se ha ido cerrando sobre sí mismo.     

Uganda carga con una herencia colonial que nunca fue desarmada. La independencia de 1962 no colonizo esa arquitectura de dependencia: la heredó. Cambiaron los administradores no la lógica. Y cuando Museveni llegó al poder en 1986, el relato de la “reconstrucción nacional” se montó sobre una promesa ambigua: estabilidad interna a cambio de integración disciplinada al orden global. Entiéndase, seguir las órdenes de las potencias occidentales: Estados Unidos, la antigua metrópoli (Reino Unido) y los miembros de la UE.

En África oriental, estabilidad y seguridad se confunden. Uganda no es solo un país, es una plataforma militar regional. Durante años aportó miles de soldados ugandeses a las misiones militares africanas en Somalia y se transformó en una pieza clave del sistema de control territorial frente a las insurgencias y colapsos estatales.

                        “Lo que ocurre en Kampala es inseparable

                            de su rol geopolítico regional. Cuando Somali

                                vuelve arder, cuando el este del Congo se

                                  hunde en una violencia interminable o

                                   cuando Sudán se sigue fragmentando,

                              Kampala aparece como el país que resiste,

                                        como el ejemplo de estabilidad”

En la última década, Uganda se convirtió en una plataforma de lanzamiento de movimientos guerrilleros, apoyados por los Estados Unidos o sus aliados, en Sudán, Ruanda o la RD del Congo. La militarización del régimen ugandés fue parte integral de la política exterior de los EE.UU. Tanto la Casa Blanca como el Reino Unido apoyaron la expansión, crecimiento y equipamiento del ejército de Uganda, convirtiéndolo en el partido político y en el único sustento del régimen de Museveni.

Años después, con el despertar del yihadismo en la región del oriente africano, Uganda se convirtió en pieza clave para la defensa de los intereses occidentales en esta parte de África, esta vez contra el terrorismo integrista de Al Shabab en Somalia y sus repercusiones en Kenia, Etiopía o Eritrea.

Como vemos, Uganda no es un caso aislado, es un espejo del colonialismo contemporáneo. Ya no se gobierna con administradores coloniales, sino con élites locales integradas al sistema local de seguridad y extracción. Ya no se domina con banderas extranjeras, sino con deuda, cooperación militar, infraestructura para exportar y una narrativa internacional que premia el sometimiento por encima de la justicia social.

                               “Uganda ofrece a sus protectores,

                                    previsibilidad, cooperación militar y

                                         apertura al capital extranjero.

                               A cambio recibe indulgencia diplomática,

                                 tolerancia frente a la represión interna

                                       y una narrativa internacional que

                                             la protege del aislamiento” 

La pregunta central no es si Museveni ganó o si Beni Wine resiste. Es qué tipo de país produce este contrato, este tipo de relación colonial: un Estado que sirve al orden regional externo y una juventud que a la que se le exige paciencia como si la paciencia fuera política pública.

Uganda puede seguir pareciendo estable por un tiempo. Pero la estabilidad construida contra la mayoría social es frágil y colonial. Se sostiene mientras el miedo sea más fuerte que la esperanza. Y el problema para cualquier gerontocracia es que la esperanza, cuando se vuelve generacional, no se desactiva con discursos vacíos ni con fusiles.  

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