Tuesday, March 3, 2026

 IRÁN: NO UNA SINO MUCHAS MUERTES

Por: Javier F. Miranda Prieto 

Estados Unidos e Israel entran en guerra con Irán. La arriesgada jugada de Donald Trump puede cambiar
el complicado y crítico escenario geopolítico del Medio Oriente. 

Horas antes que se confirmara la muerte del ayatolá Alí Jamenei, todos los analistas coincidían en advertir que el asesinato del líder iraní sería un grave crimen que afectaría la geopolítica de la región. El domingo en la mañana, Irán anunció que los Estados Unidos e Israel habían asesinado a Jamenei y a varios miembros de su familia. Sumándose así a los cientos de iraníes ya asesinados en la guerra que Trump y el régimen sionista han lanzado contra Irán, entre ellos decenas de escolares masacrados en una atrocidad indescriptible en una escuela primaria de Minad al sur de Irán.

Asesinar a Jamenei, líder de un Estado soberano, en una guerra de agresión no provocada es un acto flagrante de terrorismo internacional. De inmediato, el presidente Trump y el Primer Ministro Netanyahu, autores de este crimen, obtuvieron lo que buscaban: los iraníes salieron masivamente a las calles, pero no para protestar contra su gobierno y derrocarlo, como exigían los belicistas, sino para llorar a su líder martirizado y brutalmente asesinado y exigir venganza.

Antes de confirmarse la muerte de Jamenei, los regímenes árabes y occidentales se alinearon detrás de la guerra y los objetivos belicistas de Trump y Netanyahu. Con algunas excepciones notables, como España en Europa y Omán entre los Estados árabes, los gobiernos cómplices con los asesinatos no criticaron el ataque a Irán, sino que denunciaron a este país por actuar en defensa propia contra los países desde los que los norteamericanos lanzaron su agresión. En un giro particularmente perverso, muchos países -entre ellos Francia, Alemania y Reino Unido- pidieron a Irán que reanudaran las “negociaciones”, como si hubiese sido Irán, y no Estados Unidos o Israel, quien hubiera utilizado las conversaciones en curso como tapadera para preparar otro ataque militar sorpresa, tal y como ambos países hicieron el pasado mes de junio.

                                 “Asesinar a Jamenei, líder de un Estado

                                   soberano, en una guerra de agresión

                                     no provocada es un acto flagrante

                                          de terrorismo internacional”

Canadá y Australia fueron aún más lejos, dentro de su cinismo belicista, ofrecieron su apoyo abierto a la agresión. Ahí queda retratado el gran discurso del Primer Ministro canadiense Mark Carney, pronunciado en Davos hace algunas semanas, en la que desafiaba a Trump y defendía un orden mundial basado en reglas que se aplican a todos. Todos estos países y sus medios de comunicación leales, llevan décadas demonizando a Irán y presentándolo como un agresor. Lo cual constituye una inversión de la realidad. Es Irán el que ha sufrido décadas de agresión y hostilidad por parte de ellos.

El Golfo Pérsico frente a las costas de Irán, es el paso obligado
de más de 17 millones de barriles diario de petróleo en su ruta
a los mercados de Europa y EE.UU. Una arma económica
que puede usar Irán en su guerra con occidente. 

En 1980, cuando Irán estaba consolidando su orden posrevolucionario tras derrocar la brutal dictadura del Sha, respaldada por Estados Unidos, Irak lo invadió, pero esa guerra no solo fue solo un proyecto de Sadam Husein, sino una bien planificada agresión bélica apoyada y armada por Estados Unidos y las potencias europeas y financiada por los mismos regímenes árabes, que ahora respaldan la agresión estadounidense-israelí. Alemania occidental, entre otros países, fue fundamental en el apoyo para la producción de armas químicas por parte de Irak, que fueron utilizadas contra Irán y contra la propia oposición política iraquí. La formidable fuerza de los misiles balísticos de Irán también tiene su raíz en este periodo: los ataques indiscriminados efectuados con misiles Scud por Irak contra los centros de población iraní durante la “guerra de las ciudades”, que mataron a miles de civiles, en plena Guerra Irán-Irak, convencieron a los líderes iraníes de la necesidad de una disuasión defensiva eficaz.

Irán nunca ha invadido a sus vecinos. No ha librado guerras de conquista. Sus ataques con misiles solo se han producido tras sufrir agresiones directas, ya sea el asesinato del general Qasem Soleimani por parte de Estados Unidos en enero del 2020 o los ataques israelíes contra territorio iraní en la llamada “Guerra de los 12 Días” en el pasado mes de junio. Irán sobrevivió a ocho años de devastación como consecuencia de la invasión iraquí respaldada por occidente y los regímenes árabes conservadores. Desde entonces, se ha enfrentado a una oleada tras otra de asesinatos y sanciones, calculadas para empobrecer a su población, que han ido de la negación de tratamientos contra el cáncer a provocar accidentes aéreos al prohibir la importación de nuevos aviones y repuestos por parte de Irán.

                                   “Todos estos países y sus medios de

                                   comunicación leales, llevan décadas

                                  demonizando a Irán y presentándolo

                               como un agresor. Lo cual constituye una

                                                inversión de la realidad”

A pesar de la hostilidad de los regímenes árabes, Irán siempre apoyó la resistencia palestina y libanesa contra la ocupación, el apartheid y el genocidio israelí. Esta vez, sin duda, su principal trasgresión a los ojos de los árabes proisraelíes y sus patrocinadores occidentales, se presenta como “injerencia” o apoyo a fuerzas “de oposición” en lugar de aceptar que se trata de solidaridad con los pueblos que libran justas luchas por su liberación. Los funcionarios norteamericanos se jactan de que las sanciones han hundido la moneda iraní, han creado dificultades económicas y, junto con los esfuerzos encubiertos de desestabilización de Israel y Estados Unidos, han fomentado la violencia. Esta crueldad está tan normalizada, que incluso una supuesta liberal como la ex-presidenta demócrata de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi, puede pedir más sufrimiento sin apenas expresar una protesta por la agresión israelí-norteamericana.

El pueblo iraní se volcó a las calles masivamente para mostrar
su pesar por la muerte de su líder supremo Ali Jamenei.
Exigiendo respeto a su soberanía y venganza contra
occidente y su enemigo principal, Israel.

Se trata de la misma estrategia que se utilizó contra el pueblo iraquí en la década de 1990, cuando Sadam dejó de ser útil para sus patrocinadores occidentales. Es bien sabido que la Secretaria de Estado del presidente Bill Clinton, Madeleine Albright, no negó la muerte de cientos de miles de niños iraquíes a causa de las sanciones, sino que lo confirmó al decir: “creemos que el precio pagado vale la pena”. Las sanciones dirigidas contra los sirios de a pie se utilizaron para preparar el cambio de régimen, al igual que se han utilizado, sin ningún rubor, contra los pueblos de Cuba, Venezuela, Corea del Norte y el pueblo palestino de Gaza. Invariablemente, el crimen imperdonable de estas naciones es exigir o defender su propia soberanía e independencia. En el pasado, estados Unidos se tomaba determinadas molestias a la hora de fabricar pretextos para sus guerras de conquista: pensemos en el “incidente del Golfo de Tonkín” en el caso de Vietnam o en las “armas de destrucción masiva” en el caso de Irak.

En lo que respecta a Irán, el esfuerzo ha sido poco entusiasta, torpe y disperso. Trump afirma haber “destruido” los recursos nucleares de Irán, al tiempo que los presenta como una agresión inminente. Ha amenazado con una intervención militar para salvar vidas iraníes supuestamente de la amenaza de su propio gobierno, mientras no ha mostrado ningún reparo en que Estados Unidos e Israel matasen e hiriesen a miles de iraníes en la guerra del año pasado y en esta misma. Pero toda la propaganda que han desplegado Washington y Tel Aviv  no ha funcionado: hace una semana, tan solo una cuarta parte de los estadounidenses apoyaba una guerra contra Irán.

                          “Estados Unidos e Israel lanzan otra guerra

                            contra Irán mientras se desploma el apoyo

                             de la opinión pública norteamericana al

                                             Estado terrorista israelí”

En lo internacional, Estados Unidos no siente la necesidad de justificar su agresión: ¿Por qué debería hacerlo, cuando el genocidio de Israel ha barrido las últimas pretensiones de que existen algún tipo de ley u orden internacional? Las guerras de cambio de régimen protagonizadas por Estados Unidos en Irak en el 2003, Libia en el 2011, Siria en el 2024 y en estos momentos su objetivo de hacer lo propio en Venezuela y Cuba, presagian un nuevo orden mundial en el que Estados Unidos puede saquear naciones sin restricciones. Rusia y China son las únicas naciones con potencial para equilibrar a esta superpotencia canalla. La ubicación estratégica y los vastos recursos de Irán lo hacen vital tanto para Moscú como para Pekín y es precisamente por ello por lo que el país persa está en el punto de mira de Estados Unidos e Israel.

Destruir Irán puede ser el objetivo inmediato, pero Rusia y China son los verdaderos objetivos de la ambición imperialista de Estados Unidos. No está claro si ambos países comprenden la magnitud de la amenaza, dada su tibia respuesta al ataque contra Irán hasta estos momentos. El hecho de no haber ejercido su derecho de veto a la resolución de la “Junta de Paz” para Gaza en el Consejo de Seguridad de la ONU en noviembre, que permitió a Trump coronarse como aspirante a monarca mundial, tampoco es una señal prometedora. Mientras Estados Unidos e Israel libran una guerra de agresión y elección, Irán se encuentra en una batalla existencial por su sobrevivencia. El futuro de Irán pertenece a los iraníes, pero si su país queda destruido o sometido a la tiranía de Washington y Tel Aviv, como tanto de sus vecinos, ese futuro les será arrebatado durante generaciones. Si esta agresión norteamericana e israelí tiene éxito, ningún país ni pueblo del mundo tendrá soberanía ni control sobre sus vidas.  

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