IRÁN: NO UNA SINO MUCHAS MUERTES

Estados Unidos e Israel entran en guerra con Irán. La arriesgada jugada de Donald Trump puede cambiar
el complicado y crítico escenario geopolítico del Medio Oriente.
Horas antes que se confirmara la muerte del ayatolá Alí
Jamenei, todos los analistas coincidían en advertir que el asesinato del líder
iraní sería un grave crimen que afectaría la geopolítica de la región. El
domingo en la mañana, Irán anunció que los Estados Unidos e Israel habían
asesinado a Jamenei y a varios miembros de su familia. Sumándose así a los
cientos de iraníes ya asesinados en la guerra que Trump y el régimen sionista
han lanzado contra Irán, entre ellos decenas de escolares masacrados en una
atrocidad indescriptible en una escuela primaria de Minad al sur de Irán.
Asesinar a Jamenei, líder de un Estado soberano, en una
guerra de agresión no provocada es un acto flagrante de terrorismo
internacional. De inmediato, el presidente Trump y el Primer Ministro
Netanyahu, autores de este crimen, obtuvieron lo que buscaban: los iraníes
salieron masivamente a las calles, pero no para protestar contra su gobierno y
derrocarlo, como exigían los belicistas, sino para llorar a su líder
martirizado y brutalmente asesinado y exigir venganza.
Antes de confirmarse la muerte de Jamenei, los regímenes
árabes y occidentales se alinearon detrás de la guerra y los objetivos
belicistas de Trump y Netanyahu. Con algunas excepciones notables, como España
en Europa y Omán entre los Estados árabes, los gobiernos cómplices con los asesinatos
no criticaron el ataque a Irán, sino que denunciaron a este país por actuar en
defensa propia contra los países desde los que los norteamericanos lanzaron su
agresión. En un giro particularmente perverso, muchos países -entre ellos
Francia, Alemania y Reino Unido- pidieron a Irán que reanudaran las
“negociaciones”, como si hubiese sido Irán, y no Estados Unidos o Israel, quien
hubiera utilizado las conversaciones en curso como tapadera para preparar otro
ataque militar sorpresa, tal y como ambos países hicieron el pasado mes de
junio.
“Asesinar a Jamenei, líder de un Estado
soberano, en una guerra de agresión
no provocada es un acto flagrante
de terrorismo internacional”
Canadá y Australia fueron aún más lejos, dentro de su cinismo
belicista, ofrecieron su apoyo abierto a la agresión. Ahí queda retratado el
gran discurso del Primer Ministro canadiense Mark Carney, pronunciado en Davos
hace algunas semanas, en la que desafiaba a Trump y defendía un orden mundial
basado en reglas que se aplican a todos. Todos estos países y sus medios de
comunicación leales, llevan décadas demonizando a Irán y presentándolo como un
agresor. Lo cual constituye una inversión de la realidad. Es Irán el que ha
sufrido décadas de agresión y hostilidad por parte de ellos.
En 1980, cuando Irán estaba consolidando su orden
posrevolucionario tras derrocar la brutal dictadura del Sha, respaldada por
Estados Unidos, Irak lo invadió, pero esa guerra no solo fue solo un proyecto
de Sadam Husein, sino una bien planificada agresión bélica apoyada y armada por
Estados Unidos y las potencias europeas y financiada por los mismos regímenes
árabes, que ahora respaldan la agresión estadounidense-israelí. Alemania
occidental, entre otros países, fue fundamental en el apoyo para la producción de
armas químicas por parte de Irak, que fueron utilizadas contra Irán y contra la
propia oposición política iraquí. La formidable fuerza de los misiles
balísticos de Irán también tiene su raíz en este periodo: los ataques
indiscriminados efectuados con misiles Scud por Irak contra los centros de
población iraní durante la “guerra de las ciudades”, que mataron a miles de
civiles, en plena Guerra Irán-Irak, convencieron a los líderes iraníes de la
necesidad de una disuasión defensiva eficaz.
Irán nunca ha invadido a sus vecinos. No ha librado guerras de conquista. Sus ataques con misiles solo se han producido tras sufrir agresiones directas, ya sea el asesinato del general Qasem Soleimani por parte de Estados Unidos en enero del 2020 o los ataques israelíes contra territorio iraní en la llamada “Guerra de los 12 Días” en el pasado mes de junio. Irán sobrevivió a ocho años de devastación como consecuencia de la invasión iraquí respaldada por occidente y los regímenes árabes conservadores. Desde entonces, se ha enfrentado a una oleada tras otra de asesinatos y sanciones, calculadas para empobrecer a su población, que han ido de la negación de tratamientos contra el cáncer a provocar accidentes aéreos al prohibir la importación de nuevos aviones y repuestos por parte de Irán.
“Todos estos países y sus medios de
comunicación leales, llevan décadas
demonizando a Irán y presentándolo
como un agresor. Lo cual constituye una
inversión de la realidad”
A pesar de la hostilidad de los regímenes árabes, Irán
siempre apoyó la resistencia palestina y libanesa contra la ocupación, el
apartheid y el genocidio israelí. Esta vez, sin duda, su principal trasgresión
a los ojos de los árabes proisraelíes y sus patrocinadores occidentales, se
presenta como “injerencia” o apoyo a fuerzas “de oposición” en lugar de aceptar
que se trata de solidaridad con los pueblos que libran justas luchas por su
liberación. Los funcionarios norteamericanos se jactan de que las sanciones han
hundido la moneda iraní, han creado dificultades económicas y, junto con los
esfuerzos encubiertos de desestabilización de Israel y Estados Unidos, han
fomentado la violencia. Esta crueldad está tan normalizada, que incluso una
supuesta liberal como la ex-presidenta demócrata de la Cámara de Representantes
Nancy Pelosi, puede pedir más sufrimiento sin apenas expresar una protesta por
la agresión israelí-norteamericana.
Se trata de la misma estrategia que se utilizó contra el pueblo
iraquí en la década de 1990, cuando Sadam dejó de ser útil para sus
patrocinadores occidentales. Es bien sabido que la Secretaria de Estado del
presidente Bill Clinton, Madeleine Albright, no negó la muerte de cientos de
miles de niños iraquíes a causa de las sanciones, sino que lo confirmó al
decir: “creemos que el precio pagado vale la pena”. Las sanciones dirigidas
contra los sirios de a pie se utilizaron para preparar el cambio de régimen, al
igual que se han utilizado, sin ningún rubor, contra los pueblos de Cuba,
Venezuela, Corea del Norte y el pueblo palestino de Gaza. Invariablemente, el
crimen imperdonable de estas naciones es exigir o defender su propia soberanía
e independencia. En el pasado, estados Unidos se tomaba determinadas molestias
a la hora de fabricar pretextos para sus guerras de conquista: pensemos en el
“incidente del Golfo de Tonkín” en el caso de Vietnam o en las “armas de
destrucción masiva” en el caso de Irak.
En lo que respecta a Irán, el esfuerzo ha sido poco
entusiasta, torpe y disperso. Trump afirma haber “destruido” los recursos
nucleares de Irán, al tiempo que los presenta como una agresión inminente. Ha
amenazado con una intervención militar para salvar vidas iraníes supuestamente
de la amenaza de su propio gobierno, mientras no ha mostrado ningún reparo en
que Estados Unidos e Israel matasen e hiriesen a miles de iraníes en la guerra
del año pasado y en esta misma. Pero toda la propaganda que han desplegado
Washington y Tel Aviv no ha funcionado:
hace una semana, tan solo una cuarta parte de los estadounidenses apoyaba una
guerra contra Irán.
“Estados Unidos e Israel lanzan otra guerra
contra Irán mientras se desploma el apoyo
de la opinión pública norteamericana al
Estado terrorista israelí”
En lo internacional, Estados Unidos no siente la necesidad de
justificar su agresión: ¿Por qué debería hacerlo, cuando el genocidio de Israel
ha barrido las últimas pretensiones de que existen algún tipo de ley u orden
internacional? Las guerras de cambio de régimen protagonizadas por Estados
Unidos en Irak en el 2003, Libia en el 2011, Siria en el 2024 y en estos
momentos su objetivo de hacer lo propio en Venezuela y Cuba, presagian un nuevo
orden mundial en el que Estados Unidos puede saquear naciones sin
restricciones. Rusia y China son las únicas naciones con potencial para
equilibrar a esta superpotencia canalla. La ubicación estratégica y los vastos
recursos de Irán lo hacen vital tanto para Moscú como para Pekín y es
precisamente por ello por lo que el país persa está en el punto de mira de
Estados Unidos e Israel.
Destruir Irán puede ser el objetivo inmediato, pero Rusia y China son los verdaderos objetivos de la ambición imperialista de Estados Unidos. No está claro si ambos países comprenden la magnitud de la amenaza, dada su tibia respuesta al ataque contra Irán hasta estos momentos. El hecho de no haber ejercido su derecho de veto a la resolución de la “Junta de Paz” para Gaza en el Consejo de Seguridad de la ONU en noviembre, que permitió a Trump coronarse como aspirante a monarca mundial, tampoco es una señal prometedora. Mientras Estados Unidos e Israel libran una guerra de agresión y elección, Irán se encuentra en una batalla existencial por su sobrevivencia. El futuro de Irán pertenece a los iraníes, pero si su país queda destruido o sometido a la tiranía de Washington y Tel Aviv, como tanto de sus vecinos, ese futuro les será arrebatado durante generaciones. Si esta agresión norteamericana e israelí tiene éxito, ningún país ni pueblo del mundo tendrá soberanía ni control sobre sus vidas.


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