EL BRINDIS DE LOS PODEROSOS DEL MUNDO
¿Estamos ante el inicio de una nueva era en el mundo? Mientras
algunos ven una alianza estratégica, otros ven el inicio de un cambio radical
en la economía global. El fin de una economía en decadencia o el surgimiento de
una nueva relación dominante.
Hay algo profundamente revelador en esta Cumbre mundial que
terminó el pasado viernes 15 de mayo en Pekín. Durante años, la política
norteamericana hacia China se construyó sobre una mezcla de arrogancia imperial
y fantasía económica. La idea era simple: sancionar, presionar, amenazar y
contener a China hasta frenar su ascenso. Nada de ello ocurrió.
Las restricciones tecnológicas impuestas por Washington aceleraron la apuesta china por la autosuficiencia industrial. Los aranceles dispararon tensiones globales, sí, pero también perjudicaron a sectores estadounidenses enteros. Y mientras Trump alimentaba discursos patrióticos para recuperar la hegemonía, China seguía ampliando un influencia en Asía, África y América Latina.
La semana pasada el magnate republicano apareció en Pekín
acompañado por una procesión de multimillonarios estadounidenses sentados junto
a Trump, como si fuera una delegación empresarial paralela. Una imagen brutal
pero muy reveladora. Porque demuestra hasta qué punto el capitalismo
norteamericano depende ya del mercado chino incluso mientras su discurso
político intenta demonizarlo. Lo cual demuestra evidentemente: debilidad.
Mientras tanto, sobre la mesa de la Cumbre siguieron
acumulándose diversos conflictos enormes. Taiwán. Las restricciones
tecnológicas. Las tierras raras. El Control industrial. Y, por supuesto, Irán.
Washington necesita que Pekín ayude a desbloquear el Estrecho
de Ormuz y rebaje la tensión regional después de la intervención militar
estadounidenses que solo ha servido para aumentar la inestabilidad global.
China, que mantiene una posición crítica con la guerra impulsada por Estados
Unidos, se encuentra ahora en situación de negociar desde una posición de
fuerza.
“Las restricciones tecnológicas impuestas
por Washington aceleraron la apuesta China
por la autosuficiencia industrial.
Los aranceles dispararon tensiones globales,
sí, pero también perjudicaron a sectores
estadounidenses enteros”
Xi fue claro respecto a Taiwán: “Sí se maneja mal la
solución, ambos países podrían entrar en fricción o incluso en un conflicto
armado”. No es una amenaza teatral, como las que escenifica Trump. Es un aviso
serio. Porqué el equilibrio mundial está cambiando. Y ya no basta con
portaaviones, sanciones y declaraciones o ruedas de prensa agresivas para
imponer soluciones.
Estados Unidos sigue teniendo el mayor aparato militar del
planeta. Pero cada vez le cuesta más convertir esa fuerza en autoridad política
o económica. Irak, Afganistán, Ucrania, Irán. La lista de guerras interminables
y operaciones fallidas empieza a parecer un catálogo del agotamiento imperial.
De un agotamiento e inestabilidad originada por estados Unidos.
Y mientras Washington insiste en competir desde la
confrontación permanente, China juega otra partida. Más fría. Más paciente. Más
eficaz. Trump viajó a Pekín intentando vender fortaleza. Lo que terminó
mostrando fue debilidad y necesidad. Mucha necesidad.
Porque cuando el presidente norteamericano pasa de amenazar a
China a decir que “será totalmente recíproco” y que los grandes empresarios
estadounidenses están allí “para presentar sus respetos”, lo que se está viendo
no es diplomacia entre iguales, sino sumisión.
Es el viejo imperio descubriendo que ya no puede ordenar el
mundo a gritos, y que para sobrevivir debe someterse a un nuevo liderazgo, a un
nuevo orden mundial, a una nueva hegemonía.

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