EL SAHARA OCCIDENTAL, AMÉRICA LATINA Y LA OFENSIVA MARROQUÍ
Algo está cambiando en los países de América Latina alrededor de la causa histórica sobre el Sáhara Occidental. No es un movimiento uniforme ni puede explicarse solamente mediante la viaja división entre izquierdas y derechas, pero la corrupta y autoritaria monarquía marroquí está consiguiendo avances diplomáticos importantes en una región donde durante décadas la causa saharaui encontró algunos de sus apoyos internacionales más sólidos.
Colombia acaba de ofrecer el ejemplo más rotundo. A penas iniciado el gobierno de Abelardo de la Espriella, Bogotá congeló sus relaciones con la República Árabe Saharaui Democrática RASD y fue más lejos: reconoció expresamente la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. Este cambio revierte la política de Gustavo Petro y se acompaña de una voluntad declarada de ampliar la cooperación con Marruecos en temas como comercio, inversiones, infraestructura y conectividad atlántica.
Sería un error contemplar Colombia como una excepción. En 2024 Ecuador suspendió su reconocimiento de la RASD; Bolivia rompió relaciones con la República Saharaui en febrero del 2026 mientras restablecía plenamente sus vínculos con Rabat; Honduras anunció otro movimiento diplomático similar en abril y el recién inaugurado gobierno peruano ha expresado abiertamente su apoyo a las posiciones marroquíes sobre el tema saharaui.
"Marruecos trató de conseguir apoyos institucionales
a su conocida posición sobre el Sáhara Occidental:
no reconocer la soberanía del pueblo saharaui,
seguir reprimiendo brutalmente a su población
y explotar impunemente sus recursos naturales"
No hace falta imaginar conspiraciones ni buscar un contrato secreto que intercambie fertilizantes (uno de los principales productos de exportación marroquí) por reconocimientos diplomáticos. La política internacional suele funcionar de forma bastante menos rudimentaria. Lo que sí merece atención es la coincidencia entre estos avances y una estrategia marroquí que ofrece cooperación económica, inversiones, mercados y oportunidades comerciales mientras sitúa el Sáhara Occidental en el centro de su política exterior y de sus relaciones con América Latina.
Lo que hoy parece una sucesión de giros nacionales lleva años preparándose también en los espacios regionales Latinoamericanos. En junio de 2022, el Parlamento Andino advertía de los intentos de Marruecos por conseguir apoyos institucionales a su conocida posición sobre el Sáhara Occidental (no reconocer la soberanía del pueblo saharaui, seguir reprimiendo brutalmente a su población y explotar impunemente sus recursos naturales).
Esa advertencia resulta especialmente significativa vista desde el 2026: entre los países que entonces mantenían relaciones, reconocimiento o procesos de acercamiento a la República Saharaui estaban precisamente Colombia, Ecuador, Bolivia, Honduras y Perú, varios de los que después han modificado su posición a favor de Rabat.
Marruecos durante estos años no solo se ha limitado a ofrecer una oferta de inversiones y comercio a las naciones Latinoamericanas, sino también trata de ofrecerse como el único interlocutor válido para llegar a los mercados de África.
"México sigue manteniendo estrechas relaciones
con la RASD y sigue defendiendo en Naciones Unidas
el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui;
Venezuela mantiene incluso un embajador acreditado
ante la República Saharaui"
En África conviven decenas de Estados, intereses, proyectos políticos y sociedades diversas. Por eso, hay algo especialmente incómodo en ese discurso de Rabat: la República Árabe Saharaui Democrática también está en África y es miembro de pleno derecho de la Unión Africana UA, exactamente igual que Marruecos. Tratar de presentar a Rabat como intermediario natural entre América Latina y África corre el riesgo de reducir todo un continente a los intereses exteriores de uno de sus Estados.
Pero frente al avance marroquí, continúa existiendo otra América Latina. México sigue manteniendo estrechas relaciones con la RASD y sigue defendiendo en Naciones Unidas el derecho de autodeterminación del pueblo saharaui; Venezuela mantiene incluso un embajador acreditado ante la República Saharaui; Cuba ha reiterado este año su apoyo explícito a la causa saharaui y tanto Uruguay como los países del Caribe conservan una tradición política claramente solidaria con el pueblo saharaui.
Por otro lado, Brasil es quizás el ejemplo más claro de una zona intermedia: no reconoce a la República Saharaui, mantiene una relación económica importante con Marruecos y ha utilizado un lenguaje cada vez más favorable a los "esfuerzos" marroquíes y a su propuesta de autonomía, pero continua situando formalmente la solución del conflicto dentro proceso impuesto por Naciones Unidas. Hay, además, una diferencia fundamental respecto a otros países latinoamericanos: Brasil posee desde hace décadas una política africana propia, relaciones directas con numerosas capitales del continente y ambiciones por liderar el Sur Global.
"Chile nunca a reconocido formalmente a la RASD,
aunque durante años han existido en el Parlamento,
en los partidos políticos y en la sociedad civil posiciones
muy favorables a la autodeterminación saharaui"
Brasil puede considerar a Marruecos un socio comercial y una plataforma útil, pero difícilmente necesita aceptar que Rabat sea su puerta de entrada a un continente en el que Brasil lleva mucho tiempo entrando por muchas otras puertas.
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| En diversos Congresos de América Latina, se ha alzado la voz para denunciar el genocidio que viene perpetrando la corrupta monarquía marroquí contra el pueblo saharaui. |
El caso de Chile es también interesante. Nunca a reconocido formalmente a la RASD, aunque durante años han existido en el Parlamento, en los partidos políticos y en la sociedad civil posiciones muy favorables a la autodeterminación saharaui. Al mismo tiempo, sus relaciones económicas con Marruecos han crecido con rapidez: en 2025 el intercambio bilateral alcanzó los 80,2 millones de dólares, las importaciones chilenas superaron ampliamente a sus exportaciones y los fertilizantes fosfatados ocupan un lugar central; en 2026 ambos gobiernos han dado además el primer paso hacia el que podría convertirse en el primer acuerdo comercial de Chile con un país de África.
Rabat ofrece a Chile: fertilizantes, mercados y la promesa de servir como plataforma de entrada a África. Esa combinación no demuestra que Marruecos determine la política chilena sobre el Sáhara, pero ayuda a entender por qué Santiago se mueve con una prudencia que contrasta con la fuerza que la causa saharaui mantiene en una gran parte de la sociedad chilena y en sus instituciones.
"Ningún acuerdo comercial puede borrar que
el Sáhara Occidental sigue siendo un territorio
pendiente de descolonización. Ningún cambio
de gobierno latinoamericano puede modificar
el derecho del pueblo saharaui a su autodeterminación"
Como vemos, esa complejidad de relaciones no debería ocultar lo esencial: Marruecos está disputando activamente el espacio latinoamericano al movimiento de solidaridad saharaui y a la propia diplomacia de la República Saharaui. Y parece haber comprendido muy bien qué puede ofrecer: negocios, fertilizantes, mercados y la promesa de acceso a África. Pero el problema comienza cuando ese intercambio diplomático exige olvidar qué es el Sahara Occidental.
Ningún acuerdo comercial puede borrar que sigue siendo un territorio pendiente de descolonización. Ningún cambio de gobierno latinoamericano puede modificar el derecho del pueblo saharaui a su autodeterminación. Y ningún reconocimiento unilateral convierte la ocupación en soberanía.
Marruecos puede ganar gobiernos, puede conseguir declaraciones. Puede incluso lograr que algunos países latinoamericanos miren África desde Rabat. Pero no pueden confundirse esas victorias diplomáticas con una derrota definitiva de la causa saharaui en América Latina. La diplomacia marroquí dispone hoy de recursos económicos y políticos muy superiores, pero todavía no ha conseguido lo esencial: que el Sahara Occidental deje de ser una cuestión de descolonización pendiente ni que desaparezca la legitimidad internacional de la reivindicación saharaui. Ahí sigue estando, pese a los retrocesos, el principal límite de sus avances.


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