Wednesday, July 15, 2026

 SUDÁFRICA:

DE LA “NACIÓN ARCOÍRIS” AL ODIO XENÓFOBO 

Por: Javier F. Miranda Prieto 

Migrantes ilegales de Malawi hacen cola en el centro de acogida en el puerto sudafricano de Durban. Una fuerte ola
de xenofobia incendia Sudáfrica con asesinatos, viviendas destruidas y miles de desplazados.
(Foto agencia A.P)

La transición de Sudáfrica del oprobioso régimen del apartheid hacia el ideal de una “Nación arcoíris” inclusiva, democrática y tolerante como lo soñara Nelson Mandela, en la actualidad enfrenta grandes desafíos. Las tensiones económicas y sociales y las marcadas diferencias de clase han provocado el surgimiento de brotes de violencia xenófoba, convirtiendo a migrantes de los propios países africanos en sus principales víctimas.

El concepto primigenio de la “Nación arcoíris” lo diseño el gran Mabida para celebrar la diversidad cultural, racial y lingüística del país, buscando dejar atrás siglos de segregación institucionalizada. Sin embargo, décadas después, amplios sectores de la población negra siguen sufriendo exclusión económica y falta de servicios básicos, en un escenario donde las desigualdades estructurales heredades del régimen segregacionista nunca fueron eliminadas de raíz.

Las fuertes imágenes registradas las últimas semanas en la cosmopolita Johannesburgo, la capital Pretoria, el puerto de Durban y en la histórica ciudad de Soweto, resultan difíciles de conciliar con ese legado político que forjo Mandela. Miles de manifestantes han salido a las calles exigiendo la expulsión inmediata de inmigrantes africanos; barrios enteros han sufrido ataques organizados; comercios pertenecientes a extranjeros han sido saqueados; familias completas han abandonado precipitadamente sus viviendas por temor a ser asesinadas y varios gobiernos africanos se han visto obligados a organizar operaciones de evacuación para sus ciudadanos.

   “Sudáfrica sigue siendo una de las economías

    más desarrolladas del continente africano,

   también es una de las sociedades más desiguales

   del mundo. La liberación económica aplicada en

   Sudáfrica desde finales de los años noventa permitió

   mantener la estabilidad económica, pero

   no redujo significativamente la desigualdad”

Esta violencia xenofóbica constituye la expresión más dramática de un proceso de deterioro que lleva años incubándose. Detrás de las agresiones se encuentra una sociedad profundamente frustrada por el desempleo, la miseria, la corrupción política y la percepción cada vez más extendida de que la transición democrática no consiguió transformar las estructuras económicas y sociales heredadas del apartheid.

Desde hace más de un siglo las minas, los campos de cultivo
y la construcción en Sudáfrica han dependido del trabajo de
migrantes procedentes de Mozambique, Lesoto, Zimbabue,
Malawi, Botsuana y Esuatini. Por lo tanto, la inmigración 
desde estos países vecinos no es un fenómeno reciente, sino
uno de los elementos centrales del desarrollo económico
de esta nación del África austral. 

Si bien Sudáfrica sigue siendo una de las economías más desarrolladas del continente africano, también es una de las sociedades más desiguales del mundo. Según el Banco Mundial, la liberación económica aplicada en Sudáfrica desde finales de los años noventa permitió mantener la estabilidad económica, pero no redujo significativamente la desigualdad. Paradójicamente, ese mismo modelo económico continúa ejerciendo una poderosa atracción sobre millones de ciudadanos del África austral. Desde hace más de un siglo, las minas sudafricanas, la agricultura comercial, la construcción y el sector informal han dependido del trabajo de migrantes procedentes de Mozambique, Lesoto, Zimbabue, Malawi, Botsuana o Esuatini (la antigua Suazilandia). La migración regional no constituye, por tanto, un fenómeno reciente, sino uno de los elementos centrales del desarrollo económico sudafricano.     

Tras la instauración de la democracia en 1994, esa dinámica migratoria se intensifico. La relativa estabilidad institucional de Sudáfrica, unida al deterioro económico y político registrado en varios países vecinos, convirtió al territorio sudafricano en el principal destino para millones de africanos que buscaban nuevas oportunidades laborales. Las estadísticas oficiales estiman que aproximadamente tres millones de extranjeros residen actualmente en territorio sudafricano, equivalentes alrededor del cuatro o cinco por ciento de la población nacional.

   “No existe evidencia empírica que permita

    atribuir a los inmigrantes la responsabilidad

   de la crisis económica del país. Por el contrario,

  consideraran que los extranjeros han terminado

  convirtiéndose en un “conveniente chivo expiatorio”

  sobre el que se proyectan frustraciones generadas

  por problemas estructurales”

Durante años, esta inmigración fue considerada una consecuencia natural de la integración impulsada tras el fin del apartheid. Sin embargo, a medida que el crecimiento económico comenzó a desacelerarse y las dificultades sociales se agravaron, una parte creciente de la opinión pública empezó a identificar, erróneamente, a los inmigrantes como responsables directos del desempleo, del aumento de la delincuencia y del deterioro de los servicios públicos.

Diversas organizaciones de derechos humanos y estudiosos de la realidad sudafricana, sostienen que no existe evidencia empírica que permita atribuir a los inmigrantes la responsabilidad de la crisis económica del país. Por el contrario, consideraran que los extranjeros han terminado convirtiéndose en un “conveniente chivo expiatorio” sobre el que se proyectan frustraciones generadas por problemas estructurales cuya responsabilidad corresponde, principalmente, al prolongado fracaso de las políticas públicas y a la incapacidad del sistema económico para generar empleo y servicios básicos suficientes.

Las explosiones periódicas de violencia contra inmigrantes africanos no constituyen un fenómeno nuevo en Sudáfrica. Desde el fin del apartheid, el país ha registrado sucesivas oleadas de ataques xenófobos, especialmente en 2008, 2015, 2019 y nuevamente durante este año. Sin embargo, diversos especialistas consideran que la actual crisis presenta un rasgo diferencial respecto de las anteriores: la creciente institucionalización del discurso antiinmigrante y la aparición de organizaciones capaces de transformar el malestar social en un movimiento político permanente.

   “Durante esas semanas se sucedieron

    los desalojos forzados, las amenazas contra

   familias inmigrantes, el cierre de pequeños

  comercios y ataques contra barrios enteros

  ocupados mayoritariamente por extranjeros”

El episodio más dramático de esta nueva ola de violencia comenzó durante el mes de abril de este año. A partir de ese mes, diversos grupos antiinmigración iniciaron campañas públicas exigiendo que todos los extranjeros en situación irregular abandonaran el país antes del 30 de junio. Aunque dicho ultimátum careciera completamente de sustento jurídico, logró generar un clima de terror que provoco el desplazamiento de decenas de miles de personas incluso antes de expirar el plazo fijado por sus promotores.

Nueva ola de protestas de sudafricanos contra inmigrantes en
Johannesburgo, donde grupo de vecinos incendiaron casas
de ciudadanos de Nigeria. En los últimos días se han repetido
los saqueos en propiedades de migrantes africanos

Durante esas semanas se sucedieron los desalojos forzados, las amenazas contra familias inmigrantes, el cierre de pequeños comercios y ataques contra barrios enteros ocupados mayoritariamente por extranjeros. Numerosos propietarios expulsaron preventivamente a  sus inquilinos africanos por temor a represalias, mientras miles de personas comenzaron a concentrarse en centros temporales de acogida organizados por las representaciones diplomáticas de sus respectivos países.

Ante el riesgo de una escalada mayor, varios gobiernos africanos han organizado operaciones especiales de evacuación. Nigeria, Ghana, Malawi, Mozambique y Zimbabue coordinan vuelos especiales y convoyes terrestres para facilitar el retorno voluntario de miles de ciudadanos que ya no consideran seguro permanecer en territorio sudafricano. Otros Estados como: Kenia y Lesoto han emitido advertencias recomendando a sus nacionales extremar las medidas de seguridad o abandonar temporalmente el país.

Treinta y dos años después de que Nelson Mandela proclamara que Sudáfrica volvía ocupar su lugar “en el seno de la humanidad”, la mayor potencia económica del continente se encuentra ante una disyuntiva histórica. Pude optar por reconstruir el proyecto democrático e inclusivo que inspiró el nacimiento de la “Nación arcoíris” o permitir que la frustración económica, el nacionalismo excluyente y la erosión institucional transformen la esperanza del pos-apartheid en un régimen de confrontación entre los más vulnerables.

La resolución de ese dilema no determinará únicamente el futuro de Sudáfrica. También condicionará la credibilidad del proyecto panafricano y el papel que la principal economía africana aspire a desempeñar en un continente cada vez más interdependiente y sometido a profunda presiones demográficas, económicas y geopolíticas.

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