Saturday, June 13, 2026

 SUDÁN DEL SUR: EL REGRESO A LAS ARMAS

Por: Javier F. Miranda Prieto 

Milicianos armados del Ejército Blanco de la etnia nuer, seguidores del ex vicepresidente Riek Machar, uno de los
caudillos de la interminable guerra civil que se vive, desde el 2013, en Sudán del Sur. El país más joven del mundo
y el más frágil ubicado en el corazón de África.

Sudán del Sur se desliza nuevamente hacia una guerra civil, como consecuencia directa de la decisión del presidente Salvar Kirr Mayardit de abandonar el acuerdo de paz de 2018, desmantelar el gobierno de unidad nacional y optar por una estrategia militar contra sus rivales. La detención del vice-presidente Rieck Machar, ocurrida a principios de año, posteriormente acusado de traición, actuó  como detonante inmediato de una nueva insurgencia.

Este episodio reactivo tensiones étnicas profundas entre las comunidades dinka y nuer, nunca plenamente resueltas desde la guerra civil anterior, y devolvió al país a una lógica de confrontación identitaria.

Sudán del Sur es el país más joven del mundo y, al mismo tiempo, uno de los más frágiles, situado en el corazón del África subsahariana. Se define como una identidad multiétnica, multicultural y multirreligiosa, donde conviven decenas de grupos étnicos y lenguas, además del inglés como idioma oficial. Esta diversidad, lejos de ser un factor de cohesión, ha sido históricamente instrumentalizada en clave política y militar.

Hasta el 2011, año de su independencia, Sudán del Sur formaba parte de la Republica de Sudán, dentro del antiguo condominio anglo-egipcio. Las diferencias estructurales entre el norte (árabe y musulmán) y el sur (africano negro, cristiano y animista) generaron tensiones persistentes que desembocaron en dos guerras civiles tras la independencia de Sudán en 1956.

  “El país ha vivido ciclos recurrentes

   de violencia, tras el enfrentamiento del

   presidente Salva Riir (de la etnia dinka) y

   su segundo Riek Mashar (de la etnia nuer)

  que derivó en una guerra civil marcada

  por masacres, desplazamientos masivos y

  fractura institucional”

El acuerdo de paz de 2005 abrió la puerta al referéndum de autodeterminación, que culminó en el 2011 con la independencia de Sudán del Sur, respaldada por casi el 99% de la población. Sin embargo, la construcción del nuevo Estado quedó rápidamente atrapada en rivalidades internas.

Sudán del Sur se desprendió de la República de Sudán en el
2011, luego de dos largas guerras civiles. País petrolero sin
salida al mar, por lo que depende, de los oleoductos y 
puertos ubicados en su vecino Sudán, para exportar
sus recursos petrolíferos.

Desde el 2013, el país ha vivido ciclos recurrentes de violencia, tras el enfrentamiento del presidente Salva Riir (de la etnia dinka) y su segundo Riek Machar (de la etnia nuer) que derivó en una guerra civil marcada por masacres, desplazamientos masivos y fractura institucional. El acuerdo de paz del 2018 logró contener temporalmente el conflicto, pero no resolvió sus causas profundas.

La dimensión humanitaria ha sido devastadora y estructural, especialmente para la población infantil. Ya en el 2020, antes de la pandemia, organismos internacionales alertaban que más de un millón de niños habían huido del país. La combinación de guerra, extrema pobreza y fenómenos climáticos adversos (seguías e inundaciones) ha consolidado un escenario de inseguridad alimentaria crónica.

  “El recrudecimiento de la violencia,

   iniciada a fines del año pasado en Jonglei,

  ha evolucionado hacia un conflicto más

  estructurado, con fuerzas leales a Machar y

  milicias aliadas como el Ejército Blanco,

  quienes han capturado posiciones clave,

  mientras el gobierno ha respondido con

  ofensivas apoyadas por el ejército regular”

Por otro lado, el colapso económico del país ha acelerado esta deriva de emergencia humanitaria, especialmente tras la irrupción en 2024 del oleoducto Petrodar en la vecina Sudán, que redujo los ingresos estatales en aproximadamente un 70%. Sudán del Sur es productor de petróleo, pero depende de las altas tarifas por el uso de los oleoductos y puertos ubicados en la República de Sudán, indispensables para exportar sus recursos petrolíferos. Este golpe debilitó gravemente al Estado, incapaz de sostener su red clientelar, provocando deserciones militares, pérdida de cohesión en las fuerzas armadas y la consolidación de una economía de guerra basada en el saqueo y el control territorial de recursos.

Salva Kiir y Reik Machar (de izq. a der.), los dos caudillos 
que protagonizan la guerra en Sudán del Sur desde hace 13
años. Un conflicto que adquirió fuertes tintes étnicos entre 
los dinkas y nuers y que derivó en una pugna por el control
y los ingresos de los recursos petroleros. 

El recrudecimiento de la violencia, iniciada a fines del año pasado en Jonglei (uno de los Estados más martirizados, ubicado en la región del Alto Nilo), ha evolucionado hacia un conflicto más estructurado, con fuerzas leales a Machar y milicias aliadas como el Ejército Blanco, quienes han capturado posiciones clave, mientras el gobierno ha respondido con ofensivas apoyadas por el ejército regular. El contexto está marcado por una retórica étnica extrema y ataques indiscriminados contra civiles, elevando significativamente el número de víctimas entre la población civil.

Ambos bandos, sin embargo, presentan debilidades estructurales, lo que apunta a un escenario de conflicto prolongado. El gobierno carece de recursos y cohesión interna suficiente para imponerse, mientras que la oposición depende de milicias locales fragmentadas y volátiles, guiadas más por intereses comunitarios que por una estrategia política y militar coherente.

  “Sudán del Sur se perfila como escenario

   de una guerra olvidada pero estratégicamente

  relevante, donde el colapso estatal, las tensiones

  étnicas y la interacción con conflictos regionales

  pueden generar un foco de inestabilidad duradera

  en el África del Este”

A estas alturas de la guerra, el riesgo más preocupante es la regionalización del conflicto, ya que Sudán del Sur podría relacionarse progresiva y peligrosamente con la guerra en el vecino Sudán. Las conexiones entre Juba y las milicias paramilitares del Frente de Apoyo Rápido RSF, junto con posibles apoyos indirectos del ejército sudanés a fracciones opositoras como el Ejército Blanco, convierten regiones como el Alto Nilo en potenciales zonas de convergencia de ambos conflictos, ampliando el teatro de operaciones en África Oriental.

Como hemos señalado, la crisis humanitaria está alcanzando niveles críticos, con más de 10 millones de personas necesitando asistencia en lo que va del 2026, con más de 2,8 millones de desplazados internos y 2,4 millones de refugiados. Estos nuevos combates han provocado cientos de miles de desplazados adicionales, en un contexto en donde los países vecinos (Sudán, Etiopía y RCA) están saturados o son inestables, lo que incrementa el riesgo de flujos migratorios hacia el norte de África y Europa.

Geopolíticamente, Sudán del Sur se perfila como escenario de una guerra olvidada pero estratégicamente relevante, donde el colapso estatal, las tensiones étnicas y la interacción con conflictos regionales pueden generar un foco de inestabilidad duradera en el África del Este.

Hoy, Sudán del Sur sigue atrapado en una paradoja estructural: un país rico en recursos, especialmente petróleo, pero incapaz de construir instituciones estables. La fragilidad del Estado, la dependencia de redes clientelares y la instrumentalización de la identidad étnica continúan alimentando un ciclo de violencia que, en 2026, vuelve a intensificarse a través de la peligrosa opción del regreso a las armas.   

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