SUDÁN DEL SUR: EL REGRESO A LAS ARMAS
Sudán del Sur se desliza nuevamente hacia una guerra civil,
como consecuencia directa de la decisión del presidente Salvar Kirr Mayardit de
abandonar el acuerdo de paz de 2018, desmantelar el gobierno de unidad nacional
y optar por una estrategia militar contra sus rivales. La detención del
vice-presidente Rieck Machar, ocurrida a principios de año, posteriormente acusado
de traición, actuó como detonante
inmediato de una nueva insurgencia.
Este episodio reactivo tensiones étnicas profundas entre las
comunidades dinka y nuer, nunca plenamente resueltas desde
la guerra civil anterior, y devolvió al país a una lógica de confrontación identitaria.
Sudán del Sur es el país más joven del mundo y, al mismo
tiempo, uno de los más frágiles, situado en el corazón del África subsahariana.
Se define como una identidad multiétnica, multicultural y multirreligiosa,
donde conviven decenas de grupos étnicos y lenguas, además del inglés como idioma
oficial. Esta diversidad, lejos de ser un factor de cohesión, ha sido
históricamente instrumentalizada en clave política y militar.
Hasta el 2011, año de su independencia, Sudán del Sur formaba
parte de la Republica de Sudán, dentro del antiguo condominio anglo-egipcio. Las
diferencias estructurales entre el norte (árabe y musulmán) y el sur (africano
negro, cristiano y animista) generaron tensiones persistentes que desembocaron
en dos guerras civiles tras la independencia de Sudán en 1956.
“El país ha vivido ciclos recurrentes
de violencia, tras el enfrentamiento del
presidente Salva Riir (de la etnia dinka) y
su segundo Riek Mashar (de la etnia nuer)
que derivó en una guerra civil marcada
por masacres, desplazamientos masivos y
fractura institucional”
El acuerdo de paz de 2005 abrió la puerta al referéndum de
autodeterminación, que culminó en el 2011 con la independencia de Sudán del
Sur, respaldada por casi el 99% de la población. Sin embargo, la construcción
del nuevo Estado quedó rápidamente atrapada en rivalidades internas.
Desde el 2013, el país ha vivido ciclos recurrentes de
violencia, tras el enfrentamiento del presidente Salva Riir (de la etnia dinka) y su segundo Riek Machar (de la
etnia nuer) que derivó en una guerra
civil marcada por masacres, desplazamientos masivos y fractura institucional.
El acuerdo de paz del 2018 logró contener temporalmente el conflicto, pero no
resolvió sus causas profundas.
La dimensión humanitaria ha sido devastadora y estructural,
especialmente para la población infantil. Ya en el 2020, antes de la pandemia,
organismos internacionales alertaban que más de un millón de niños habían huido
del país. La combinación de guerra, extrema pobreza y fenómenos climáticos
adversos (seguías e inundaciones) ha consolidado un escenario de inseguridad
alimentaria crónica.
“El recrudecimiento de la violencia,
iniciada a fines del año pasado en Jonglei,
ha evolucionado hacia un conflicto más
estructurado, con fuerzas leales a Machar y
milicias aliadas como el Ejército Blanco,
quienes han capturado posiciones clave,
mientras el gobierno ha respondido con
ofensivas apoyadas por el ejército regular”
Por otro lado, el colapso económico del país ha acelerado esta
deriva de emergencia humanitaria, especialmente tras la irrupción en 2024 del
oleoducto Petrodar en la vecina Sudán, que redujo los ingresos estatales en aproximadamente
un 70%. Sudán del Sur es productor de petróleo, pero depende de las altas
tarifas por el uso de los oleoductos y puertos ubicados en la República de
Sudán, indispensables para exportar sus recursos petrolíferos. Este golpe debilitó
gravemente al Estado, incapaz de sostener su red clientelar, provocando
deserciones militares, pérdida de cohesión en las fuerzas armadas y la consolidación
de una economía de guerra basada en el saqueo y el control territorial de
recursos.
El recrudecimiento de la violencia, iniciada a fines del año
pasado en Jonglei (uno de los Estados más martirizados, ubicado en la región
del Alto Nilo), ha evolucionado hacia un conflicto más estructurado, con
fuerzas leales a Machar y milicias aliadas como el Ejército Blanco, quienes han
capturado posiciones clave, mientras el gobierno ha respondido con ofensivas
apoyadas por el ejército regular. El contexto está marcado por una retórica
étnica extrema y ataques indiscriminados contra civiles, elevando significativamente
el número de víctimas entre la población civil.
Ambos bandos, sin embargo, presentan debilidades
estructurales, lo que apunta a un escenario de conflicto prolongado. El
gobierno carece de recursos y cohesión interna suficiente para imponerse,
mientras que la oposición depende de milicias locales fragmentadas y volátiles,
guiadas más por intereses comunitarios que por una estrategia política y
militar coherente.
“Sudán del Sur se perfila como escenario
de una guerra olvidada pero estratégicamente
relevante, donde el colapso estatal, las tensiones
étnicas y la interacción con conflictos regionales
pueden generar un foco de inestabilidad duradera
en el África del Este”
A estas alturas de la guerra, el riesgo más preocupante es la
regionalización del conflicto, ya
que Sudán del Sur podría relacionarse progresiva y peligrosamente con la guerra
en el vecino Sudán. Las conexiones entre Juba y las milicias paramilitares del
Frente de Apoyo Rápido RSF, junto con posibles apoyos indirectos del ejército
sudanés a fracciones opositoras como el Ejército Blanco, convierten regiones
como el Alto Nilo en potenciales zonas de convergencia de ambos conflictos,
ampliando el teatro de operaciones en África Oriental.
Como hemos señalado, la crisis humanitaria está alcanzando
niveles críticos, con más de 10 millones de personas necesitando asistencia en
lo que va del 2026, con más de 2,8 millones de desplazados internos y 2,4
millones de refugiados. Estos nuevos combates han provocado cientos de miles de
desplazados adicionales, en un contexto en donde los países vecinos (Sudán, Etiopía y RCA) están saturados o
son inestables, lo que incrementa el riesgo de flujos migratorios hacia el
norte de África y Europa.
Geopolíticamente, Sudán del Sur se perfila como escenario de
una guerra olvidada pero estratégicamente relevante, donde el colapso estatal, las
tensiones étnicas y la interacción con conflictos regionales pueden generar un
foco de inestabilidad duradera en el África del Este.
Hoy, Sudán del Sur sigue atrapado en una paradoja
estructural: un país rico en recursos, especialmente petróleo, pero incapaz de
construir instituciones estables. La fragilidad del Estado, la dependencia de redes
clientelares y la instrumentalización de la identidad étnica continúan alimentando
un ciclo de violencia que, en 2026, vuelve a intensificarse a través de la peligrosa opción
del regreso a las armas.



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