Wednesday, June 10, 2026

 

TRUMP, NIGERIA Y LA ESTUPIDEZ HUAMANA 

Por: Javier F. Miranda Prieto 

Con la excusa del "asesinato de cristianos" a manos de terroristas islámicos, Trump decidió bombardear,
hace cinco meses, el noreste de Nigeria con el fin de acabar con las bases militares del Estado
Islámico ISIS. La islamofobia maquillada de "guerra religiosa".

Hace cinco meses en Nigeria, el país más poblado de África y multiétnico, fuerzas armadas de Estados Unidos bombardearon en el noreste del país, a bases de la organización yihadista Estado Islámico ISIS que se habían asentado en esa región. Las complejas luchas multiétnicas, pluri-confesionales y el terrorismo yihadista que han profundizado las diferencias entre cristianos y musulmanes en esta nación del occidente africano y que han generado más de 50 mil muertos en los últimos 15 años, no fueron entendidos ni valorados por el gobierno norteamericano al perpetrar esta arriesgada e inconsulta acción militar. 

La caracterización que Donald Trump hizo del conflicto en Nigeria, presentándolo como una persecución religiosa unilateral que justificaba una brutal intervención militar, constituye un ejemplo paradigmático de manipulación política, simplificación mediática y estupidez humana que aún persisten en su gobierno y que se irradia, con gran facilidad, en otras potencias de occidente.

En esa oportunidad, Trump señalaba que el cristianismo se enfrentaba en Nigeria a una “amenaza existencial” y acusaba al gobierno nigeriano de permitir el asesinato sistemático de cristianos. Con ese estúpido argumento no solo distorsionaba los hechos sino que utilizaba un drama humano de enorme complejidad como pieza de una narrativa geopolítica maniquea, para reactivar la vieja obsesión ideológica de la islamofobia entre su base electoral y mediática. 

  “Presentar este complejo entramado

   de factores como una simple “persecución

   de cristianos” no solo fue intelectualmente

   deshonesto, políticamente peligroso,

   sino estúpidamente inhumano”

La realidad nigeriana está muy lejos de poder explicarse en términos puramente religiosos. Nigeria, con más de 220 millones de habitantes y una enorme diversidad étnica y confesional, vive desde hace décadas una multiplicidad de conflictos que se superponen y retroalimentan. A la insurgencia salafista de Boko Haram -vinculada al Daesh- y a su escisión, el Estado Islámico en la Provincia del África Occidental ISWAP, se suman enfrentamientos entre pastores nómadas, en su mayoría musulmanes fulanis y agricultores sedentarios, en su mayoría cristianos, que se disputan tierras y fuentes de agua cada vez más escasas por efectos del cambio climático y del crecimiento demográfico. En paralelo, el país padece el auge del bandolerismo  armado con motivaciones especialmente económicas, que ataca indiscriminadamente a comunidades de todas las confesiones, así como tensiones secesionistas en el sureste, de mayoría cristiana, donde resurgen movimientos independentistas.

En el estado de Borno, al noreste nigeriano, surge en el 2002
Boko Haram, la banda yihadista que indistintamente ha 
asesinado a musulmanes, cristianos y de otras religiones, 
convirtiéndose en un grupo terrorista que expandió 
su violencia a países vecinos como: Chad, Níger y
Camerún. 

Presentar este complejo entramado de factores como una simple “persecución de cristianos” no solo fue intelectualmente deshonesto, políticamente peligroso, sino estúpidamente inhumano. Los datos disponibles muestran que las víctimas de la violencia en Nigeria pertenecen a todas las comunidades religiosas. Si bien los ataques contra iglesias y aldeas cristianas son una realidad grave e innegable, la mayoría de las víctimas de los grupos armados son, en realidad, musulmanes del norte del país. Boko Haram, en particular, ha asesinado a miles de musulmanes a los que considera no lo suficientemente fieles o piadosos. Las cifras recopiladas indican que entre el 2020 y 2025 se produjeron 385 ataques dirigidos contra cristianos, con 317 muertes, y 197 ataques contra musulmanes, con 417 muertes. Estas estadísticas desmienten la idea de un genocidio exclusivamente contra una fe y revelan más bien un patrón de violencia difusa donde las víctimas se cuentan por igual entre las distintas comunidades religiosas.

Pese a ello, la retórica de Trump no surge de la nada. Forma parte de una estrategia política más amplia, tanto doméstica como internacional, que busca explotar el miedo al islam y presentarse como defensor de una supuesta “civilización cristiana” en peligro. El presidente recoge así una narrativa promovida por los sectores más ultraconservadores norteamericanos. Detrás de esta maniobra se encuentran poderos grupos de presión religiosos y mediáticos que intentan imponer una lectura sectaria de los conflictos africanos, desoyendo una visión de la realidad mucho más compleja.

  “Esta instrumentalización del miedo

   religioso no se limita a Estados Unidos.

  Forma parte de una ofensiva ideológica

  global en la que la islamofobia se ha

  convertido en el nuevo elemento unificador

  de la nueva derecha internacional”

La amenaza de una intervención militar “rápida, feroz y dulce” como lo señalaba Trump, en sus redes sociales por aquella época, llevaba esa lógica militarista al extremo del espectáculo. Convertir un problema diplomático y humanitario tan delicado en una bravata de campaña, revela un desprecio absoluto por las consecuencias reales de una acción armada sobre el terreno. La repetición de una acción militar de ese tipo en cualquier país de la región, no solo sería catastrófica para la población civil africana, sino que desestabilizaría toda la región del sahel, donde ya operan múltiples grupos armados y redes mafiosas transfronterizas.

Esta instrumentalización del miedo religioso no se limita a Estados Unidos. Forma parte de una ofensiva ideológica global en la que la islamofobia se ha convertido en el nuevo elemento unificador de la nueva derecha internacional. En Europa, esa estrategia ha calado profundamente en proyectos políticos que encuentran en el odio al musulmán un eje de cohesión y movilización social y electoral. Desde Marie Le Pen y Jordan Bardella en Francia, que han hecho de la “defensa de la identidad francesa” un eufemismo de exclusión religiosa y racial, hasta la extrema derecha holandesa, cuyo discurso islamófobo ha crecido sobre la demonización sistemática de las comunidades migrantes, el patrón es el mismo: fabricar miedo para disciplinar a las mayorías.

A pesar del pensamiento racista y la islamofobia que campea 
en EE.UU y Europa, la gran parte de su población los
rechaza por ser una narrativa absurda que demoniza 
sistemáticamente a las comunidades migrantes de todo
el mundo, con el patrón de fabricar miedo para 
disciplinar a las mayorías

En España, esa misma lógica se traduce en el discurso de Vox y de otras formaciones emergentes catalanas y en el mismo Partido Popular, que lejos de marcar distancia adoptan de manera calculada gran parte de ese relato, blanqueando posiciones xenófobas y legitimando a quienes viven del odio. Es necesario recordar que todos estos partidos islamófobos son profundamente sionistas, y por tanto, defensores a ultranza del régimen sionista israelí.

El contagio de la islamofobia europea al relato estadounidense y viceversa revela que ya no se trata de fenómenos aislados, sino de un frente político articulado. Trump, Le Pen, Wilders, Abascal y otros participan, con matices, del mismo discurso absurdo de la “defensa de la civilización” frente a una amenaza inventada.

  “Nigeria, el sahel, el Cuerno africano y

   el África entera no necesitan sermones

   mesiánicos ni soluciones militares de espectáculo,  

   necesitan apoyo real para abordar las raíces

   estructurales de la violencia, fortalecer la cohesión

   social y avanzar hacia un desarrollo inclusivo”

Recordemos, que frente a estas absurdas acusaciones, el gobierno de Nigeria respondió con firmeza y prudencia. El presidente conservador Bola Ahmed Tinubu rechazo la descripción del país como un escenario de persecución religiosa, subrayando que la libertad de culto y la convivencia entre comunidades son principios fundacionales de la nación nigeriana.

El problema de fondo no solo fue la falsedad del relato, sino el efecto devastador que este tipo de discursos tiene sobre el terreno. Cuando una figura tan influyente como Donald Trump define el conflicto nigeriano en términos religiosos, contribuye a exacerbar las tensiones entre comunidades, alimenta la desconfianza y refuerza las posiciones extremistas. La percepción de una posible guerra de religión en territorio africano, podría  convertirse en una profecía autocumplida, incentivando la violencia y dificultando los procesos de reconciliación.

La narrativa construida por Trump no resiste el contraste con los hechos ni con los principios de la diplomacia. Al transformar un conflicto complejo, atravesado por factores socio-económicos, históricos, étnicos y ambientales, en un relato simplista de persecución religiosa, el precario inquilino de la Casa Blanca actúa con una irresponsabilidad que va mucho más allá del error analítico: contribuye activamente a agravar el problema. Su retórica belicista no solo ignora el sufrimiento de las víctimas musulmanas, sino que desestima los esfuerzos de reconciliación interna y amenaza con incendiar aún más una región extremadamente frágil.

Frente a esta manipulación global, la tarea urgente es doble: denunciar la islamofobia como forma contemporánea de colonialismo ideológico, y construir una alternativa basada en la cooperación, la justicia y la verdad. Nigeria, el sahel, el Cuerno africano y el África entera no necesitan sermones mesiánicos ni soluciones militares de espectáculo que actúan como gasolina sobre un incendio: necesitan apoyo real para abordar las raíces estructurales de la violencia, fortalecer la cohesión social y avanzar hacia un desarrollo inclusivo. Y sobre todo, necesitan avanzar en el proceso de descolonización real de forma que se respete de manera efectiva la soberanía de sus pueblos, como medida imprescindible para apaciguar las endémicas tensiones internas que atraviesan todo el continente y que son parte de esa nefasta herencia colonial que aún persiste.

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