TRUMP, NIGERIA Y LA ESTUPIDEZ
HUAMANA
Hace cinco meses en Nigeria, el país más poblado de África y
multiétnico, fuerzas armadas de Estados Unidos bombardearon en el noreste del
país, a bases de la organización yihadista Estado Islámico ISIS que se habían
asentado en esa región. Las complejas luchas multiétnicas, pluri-confesionales
y el terrorismo yihadista que han profundizado las diferencias entre cristianos
y musulmanes en esta nación del occidente africano y que han generado más de 50
mil muertos en los últimos 15 años, no fueron entendidos ni valorados por el
gobierno norteamericano al perpetrar esta arriesgada e inconsulta acción
militar.
La caracterización que Donald Trump hizo del conflicto en
Nigeria, presentándolo como una persecución religiosa unilateral que
justificaba una brutal intervención militar, constituye un ejemplo
paradigmático de manipulación política, simplificación mediática y estupidez
humana que aún persisten en su gobierno y que se irradia, con gran facilidad,
en otras potencias de occidente.
En esa oportunidad, Trump señalaba que el cristianismo se
enfrentaba en Nigeria a una “amenaza existencial” y acusaba al gobierno
nigeriano de permitir el asesinato sistemático de cristianos. Con ese estúpido
argumento no solo distorsionaba los hechos sino que utilizaba un drama humano de
enorme complejidad como pieza de una narrativa geopolítica maniquea, para
reactivar la vieja obsesión ideológica de la islamofobia entre su base electoral y mediática.
“Presentar este complejo entramado
de factores como una simple “persecución
de cristianos” no solo fue intelectualmente
deshonesto, políticamente peligroso,
sino estúpidamente inhumano”
La realidad nigeriana está muy lejos de poder explicarse en términos puramente religiosos. Nigeria, con más de 220 millones de habitantes y una enorme diversidad étnica y confesional, vive desde hace décadas una multiplicidad de conflictos que se superponen y retroalimentan. A la insurgencia salafista de Boko Haram -vinculada al Daesh- y a su escisión, el Estado Islámico en la Provincia del África Occidental ISWAP, se suman enfrentamientos entre pastores nómadas, en su mayoría musulmanes fulanis y agricultores sedentarios, en su mayoría cristianos, que se disputan tierras y fuentes de agua cada vez más escasas por efectos del cambio climático y del crecimiento demográfico. En paralelo, el país padece el auge del bandolerismo armado con motivaciones especialmente económicas, que ataca indiscriminadamente a comunidades de todas las confesiones, así como tensiones secesionistas en el sureste, de mayoría cristiana, donde resurgen movimientos independentistas.
Presentar este complejo entramado de factores como una simple
“persecución de cristianos” no solo fue intelectualmente deshonesto, políticamente
peligroso, sino estúpidamente inhumano. Los datos disponibles muestran que las
víctimas de la violencia en Nigeria pertenecen a todas las comunidades
religiosas. Si bien los ataques contra iglesias y aldeas cristianas son una
realidad grave e innegable, la mayoría de las víctimas de los grupos armados
son, en realidad, musulmanes del norte del país. Boko Haram, en particular, ha
asesinado a miles de musulmanes a los que considera no lo suficientemente fieles
o piadosos. Las cifras recopiladas indican que entre el 2020 y 2025 se produjeron 385
ataques dirigidos contra cristianos, con 317 muertes, y 197 ataques contra musulmanes, con 417
muertes. Estas estadísticas desmienten la idea de un genocidio exclusivamente
contra una fe y revelan más bien un patrón de violencia difusa donde las
víctimas se cuentan por igual entre las distintas comunidades religiosas.
Pese a ello, la retórica de Trump no surge de la nada. Forma
parte de una estrategia política más amplia, tanto doméstica como
internacional, que busca explotar el miedo al islam y presentarse como defensor
de una supuesta “civilización cristiana” en peligro. El presidente recoge así
una narrativa promovida por los sectores más ultraconservadores
norteamericanos. Detrás de esta maniobra se encuentran poderos grupos de
presión religiosos y mediáticos que intentan imponer una lectura sectaria de
los conflictos africanos, desoyendo una visión de la realidad mucho más
compleja.
“Esta instrumentalización del miedo
religioso no se limita a Estados Unidos.
Forma parte de una ofensiva ideológica
global en la que la islamofobia se ha
convertido en el nuevo elemento unificador
de la nueva derecha internacional”
La amenaza de una intervención militar “rápida, feroz y dulce”
como lo señalaba Trump, en sus redes sociales por aquella época, llevaba esa lógica
militarista al extremo del espectáculo. Convertir un problema diplomático y
humanitario tan delicado en una bravata de campaña, revela un desprecio
absoluto por las consecuencias reales de una acción armada sobre el terreno. La
repetición de una acción militar de ese tipo en cualquier país de la región, no
solo sería catastrófica para la población civil africana, sino que
desestabilizaría toda la región del sahel, donde ya operan múltiples grupos
armados y redes mafiosas transfronterizas.
Esta instrumentalización del miedo religioso no se limita a
Estados Unidos. Forma parte de una ofensiva ideológica global en la que la
islamofobia se ha convertido en el nuevo elemento unificador de la nueva derecha
internacional. En Europa, esa estrategia ha calado profundamente en proyectos políticos
que encuentran en el odio al musulmán un eje de cohesión y movilización social
y electoral. Desde Marie Le Pen y Jordan Bardella en Francia, que han hecho de
la “defensa de la identidad francesa” un eufemismo de exclusión religiosa y
racial, hasta la extrema derecha holandesa, cuyo discurso islamófobo ha crecido
sobre la demonización sistemática de las comunidades migrantes, el patrón es el
mismo: fabricar miedo para disciplinar a las mayorías.
En España, esa misma lógica se traduce en el discurso de Vox
y de otras formaciones emergentes catalanas y en el mismo Partido Popular, que
lejos de marcar distancia adoptan de manera calculada gran parte de ese relato,
blanqueando posiciones xenófobas y legitimando a quienes viven del odio. Es
necesario recordar que todos estos partidos islamófobos son profundamente sionistas,
y por tanto, defensores a ultranza del régimen sionista israelí.
El contagio de la islamofobia europea al relato
estadounidense y viceversa revela que ya no se trata de fenómenos aislados,
sino de un frente político articulado. Trump, Le Pen, Wilders, Abascal y otros
participan, con matices, del mismo discurso absurdo de la “defensa de la
civilización” frente a una amenaza inventada.
“Nigeria, el sahel, el Cuerno africano y
el África entera no necesitan sermones
mesiánicos ni soluciones militares de espectáculo,
necesitan apoyo real para abordar las raíces
estructurales de la violencia, fortalecer la cohesión
social y avanzar hacia un desarrollo
inclusivo”
Recordemos, que frente a estas absurdas acusaciones, el
gobierno de Nigeria respondió con firmeza y prudencia. El presidente
conservador Bola Ahmed Tinubu rechazo la descripción del país como un escenario
de persecución religiosa, subrayando que la libertad de culto y la convivencia
entre comunidades son principios fundacionales de la nación nigeriana.
El problema de fondo no solo fue la falsedad del relato, sino
el efecto devastador que este tipo de discursos tiene sobre el terreno. Cuando
una figura tan influyente como Donald Trump define el conflicto nigeriano en términos
religiosos, contribuye a exacerbar las tensiones entre comunidades, alimenta la
desconfianza y refuerza las posiciones extremistas. La percepción de una posible
guerra de religión en territorio africano, podría convertirse en una profecía autocumplida,
incentivando la violencia y dificultando los procesos de reconciliación.
La narrativa construida por Trump no resiste el contraste con
los hechos ni con los principios de la diplomacia. Al transformar un conflicto
complejo, atravesado por factores socio-económicos, históricos, étnicos y
ambientales, en un relato simplista de persecución religiosa, el precario inquilino
de la Casa Blanca actúa con una irresponsabilidad que va mucho más allá del
error analítico: contribuye activamente a agravar el problema. Su retórica belicista
no solo ignora el sufrimiento de las víctimas musulmanas, sino que desestima
los esfuerzos de reconciliación interna y amenaza con incendiar aún más una región
extremadamente frágil.
Frente a esta manipulación global, la tarea urgente es doble:
denunciar la islamofobia como forma contemporánea de colonialismo ideológico, y
construir una alternativa basada en la cooperación, la justicia y la verdad.
Nigeria, el sahel, el Cuerno africano y el África entera no necesitan sermones mesiánicos
ni soluciones militares de espectáculo que actúan como gasolina sobre un
incendio: necesitan apoyo real para abordar las raíces estructurales de la
violencia, fortalecer la cohesión social y avanzar hacia un desarrollo
inclusivo. Y sobre todo, necesitan avanzar en el proceso de descolonización
real de forma que se respete de manera efectiva la soberanía de sus pueblos,
como medida imprescindible para apaciguar las endémicas tensiones internas que atraviesan
todo el continente y que son parte de esa nefasta herencia colonial que aún
persiste.



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