Wednesday, June 3, 2026

 

DE YIBUTI A MALI:

 ¿LA DISPUTA NEOCOLONIAL?

Por: Javier F. Miranda Prieto 

El retiro de los soldados y las bases militares francesas de Mali, instaladas hace más de una década,
bajo el pretexto de combatir a los yihadistas, sirvió para reemplazarlos por las milicias
de los contratistas rusos. Produciéndose un relevo de hegemonías.


El pasado 11 de abril, Ismail Omar Guelleh fue electo presidente de Yibuti, un país de poco más de 23 mil kilómetros cuadrados que, pese a su reducida extensión territorial, concentra en su suelo bases militares de diversas potencias: Estados Unidos, China, Rusia, Francia, Italia y Japón. A ello se suman los proyectos de países de la Península Arábica, como Arabia Saudita, que buscan instalar nuevas infraestructuras militares, atraídos por la densidad geoestratégica de este importante enclave africano.

El pequeño Yibuti se sitúa al oeste del estrecho de Bad Al-Mandeb, una angosta franja marítima que enlaza el Golfo de Adén con el Mar Rojo y que constituye uno de los corredores más sensibles para el comercio mundial. En la orilla opuesta se ubica Yemen, donde la organización política-militar Ansar Allah -popularmente conocida como hutíes- ha confrontado las políticas expansionistas y genocidas de países como Israel y Estados Unidos.

En este marco, la elección de Guelleh no resulta sorprendente, aunque en cualquier otro contexto suscitaría mayores cuestionamientos. Guelleh llegó al poder en 1999 y, con las elecciones de este año, consolida su quinta reelección, inaugurando así un sexto mandato. A sus 78 años, enfrentó a un solo rival y obtuvo más del 97% de los votos, cifra que contrasta con las críticas internas a su proyecto autoritario. No obstante, su permanencia en el poder solo se sostiene por el respaldo de las potencias occidentales, que privilegian la estabilidad que garantiza sus intereses.

  “La alianza con fuerzas rusas fue

   concebida como una estrategia viable,

   en parte inspirada en la experiencia

   vivida en la República Centroafricana,

   donde se había logrado una reducción

   considerable de la violencia criminal”

De este modo, mientras algunos gobiernos autoritarios prolongan su permanencia en el poder sin mayores sanciones porque se subordinan a los deseos de las grandes potencias, otros son severamente cuestionados y sancionados porque obstaculizan sus beneficios, como ha ocurrido en el caso de Mali. En mayo de 2021, Assimi Goita llegó al poder en Mali mediante un golpe de Estado, justificado por la inestabilidad crónica y el largo despojo colonial. Desde enero del 2013, Francia había intervenido militarmente en este país del occidente africano bajo el pretexto de combatir el terrorismo yihadista; sin embargo, ocho años después, la violencia, la injusticia y las desigualdades no solo persistían, sino que se habían intensificado. En ese contexto, el discurso de Goita se erigió como un rechazo directo a los intereses expansionistas franceses, exigiendo la retirada de sus fuerzas armadas del territorio maliense.

Mali está atravesada por las hostilidades de las milicias
independentistas tuareg por el norte y los yihadistas del
JNIM por el sur. El fracaso de la estrategia de los países
occidentales contra el terrorismo en el sahel saltó a la
vista, generando hostilidad y repulsa por parte del 
pueblo maliense.

La salida de Francia, sin embargo, no prometió una transformación inmediata. La violencia, profundamente enraizada y las desigualdades históricas que ha heredado habían fragmentado a la sociedad. Frente a este escenario, la alianza con fuerzas rusas fue concebida como una estrategia viable, en parte inspirada en la experiencia vivida en la República Centroafricana, donde se había logrado una reducción considerable de la violencia criminal. No obstante, la realidad maliense evidenció sus propias complejidades.

El intento de golpe de Estado en Mali, vivido hace algunas semanas, se inscribió en una serie de movimientos políticos similares que, en conjunto, pusieron en tensión los intereses franceses en la región. En particular, los proyectos políticos de Burkina Faso y Níger, articulados con el de Mali, incidieron directamente en el repliegue del despliegue militar francés y norteamericano, al tiempo que interrumpieron los circuitos extractivos de recursos estratégicos como el uranio en Níger, el oro en Burkina Faso y el litio en Mali.

En Mali, la lucha contra los grupos terroristas yihadistas se ha articulado con la persistente búsqueda de Francia por mantener su influencia e intereses en la región, en tensión con los vínculos que el gobierno de Goita ha establecido con Rusia, lo cual también dialoga con los intereses norteamericanos. Por ello, la asonada golpista de fines de abril no debe interpretarse como una expresión de una supuesta violencia “natural” de las sociedades africanas, sino como el resultado de relaciones históricas de dependencia y de intereses externos que encuentran en sociedades neocoloniales un terreno fértil para su reproducción.

  “Francia había intervenido militarmente

   en Mali bajo el pretexto de combatir

   el terrorismo yihadista; sin embargo,

   ocho años después, la violencia, la injusticia y

   las desigualdades no solo persistían,

   sino que se habían intensificado”

Recordemos que el 25 de abril, el Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes JNIM (milicias yihadistas aliadas de Al Qaeda) y el Frente de Liberación de Azawad FLA (independentistas tuareg) lanzaron ataques coordinados en varias ciudades de Mali. Este episodio invita a problematizar, al menos, dos procesos fundamentales:

En primer lugar, la posible asociación entre grupos terroristas como el JNIM y fuerzas separatistas como el FLA con Francia, la antigua potencia colonial de la región. Desde antes de los ataques, Goita había acusado a Francia de respaldar a estos actores; y aunque los rebeldes tuareg han mantenido históricamente una lucha contra el poder colonial francés, las alianzas, en contexto de disputa geopolítica, son profundamente cambiantes.

En segundo lugar, la articulación entre fuerzas dispares como el JNIM y el FLA, plantea interrogantes sobre la naturaleza se estas convergencias: si bien la vinculación de un movimiento separatista con un grupo afiliado a Al Qaeda -que ha incrementado la letalidad en sus ataques en la región- resulta problemática, también evidencia que la violencia estructural y el despojo continuo contra las poblaciones tuareg y arabizadas del norte no pueden resolverse únicamente mediante un relevo en la competencia hegemónica (antes Francia ahora Rusia), sino que exigen cuestionar las lógicas mismas de su reproducción (subdesarrollo, marginación social, saqueo de sus recursos) es decir, afrontar con determinación la actual disputa neocolonial.     

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