CUMBRE CHINA – RUSIA: ¿HACIA UN NUEVO ORDEN MUNDIAL?
La escena de la cumbre en Pekín tuvo la fidelidad de una
ceremonia antigua y la frialdad de una advertencia moderna. Xi Jinping recibió
a Vladimir Putin en el Gran salón del pueblo no como se recibe a un socio
ocasional, sino como se administra una señal al mundo. La política
internacional, cuando quiere decir algo importante, rara vez lo dice con
comunicados. Lo dice con tiempos, con gestos, con reiteraciones y de eso sabe
mucho la milenaria diplomacia china.
Putin llegó a Pekín pocos días después de la visita de Donald
Trump. Xi sentado en el centro geométrico de esa coreografía, mostró lo
esencial. Pekín puede hablar con Washington, pero no se subordina a Washington;
puede negociar con Estados Unidos, pero su arquitectura estratégica mira hacia
Euroasia. La cumbre de mayo no fundó la unión chino-rusa. Hizo algo más
decisivo: la normalizó como uno de los hechos estructurales del nuevo orden.
Xi y Putin acordaron extender el Tratado de Buena Vecindad y
Cooperación Amistosa, firmado en el 2001. Este tratado es la viga legal sobre
la que ambos países construyeron una relación que superó la vieja desconfianza
sino-soviética, la fuerte rivalidad comunista del siglo XX y el trauma ruso de
haber dejado de ser el centro del mundo socialista.
“China obtiene energía con descuento,
acceso preferencial a recursos estratégicos,
un socio nuclear capaz de obligar a
Washington a dividir su atención,
y una Rusia que mantiene ocupada
a Europa mientras China consolida su
primacía industrial, tecnológica y naval en
Asia”
Con la renovación de este histórico tratado, la ganancia rusa
es evidente. Rusia obtiene mercados,
oxígeno financiero, respaldo diplomático y profundidad asiática. Después de
Ucrania, Moscú desplazó a Europa, y China se convirtió en su principal
comprador, su prestamista indirecto, su proveedor tecnológico posible y su
escudo político incondicional. La agencia Reuters señalaba que China es, por
amplio margen, el mayor socio comercial de Rusia y el principal comprador de su
crudo.
Pero la ganancia china es menos ruidosa pero más profunda.
Pekín obtiene energía con descuento, acceso preferencial a recursos
estratégicos, un socio nuclear capaz de obligar a Washington a dividir su
atención, y una Rusia que mantiene ocupada a Europa mientras China consolida su
primacía industrial, tecnológica y naval en Asia. La relación es asimétrica,
sí, pero no débil, precisamente porque la asimetría favorece a China, y Pekín
puede administrarla sin desesperación.
El segundo dato es político. Ambos líderes firmaron una
declaración sobre la formación de un mundo multipolar y un nuevo tipo de
relaciones internacionales. Aquí está el corazón conceptual de la reunión.
China y Rusia no se presentan como una alianza agresiva, sino como una
corrección histórica. Su argumento es simple y poderoso: el mundo unipolar posterior a 1991 fue una anomalía; Estados Unidos
confundió victoria con derecho permanente de mando; el sistema internacional
debe regresar a una pluralidad de centros de poder. Cuando Xi y Putin advierten contra la “ley
de la jungla”, no están haciendo una reflexión moral abstracta. Están
acusando directamente a Washington de haber transformado las reglas en
instrumentos, las alianzas en cercos y el derecho internacional en un idioma
usado selectivamente.
“China y Rusia saben que, si Washington
logra construir un sistema defensivo
que reduzca la eficiencia disuasiva de sus
arsenales, el equilibrio estratégico se
altera”
Esa es la dimensión más importante de la cumbre. No se trata
solo de comercio, ni de gas, ni de protocolos. Se trata de legitimidad. China y
Rusia buscan disputar el relato fundador de un nuevo orden mundial. Frente a la
idea occidental de un “orden basado en
reglas”, plantean la idea de un orden basado en soberanía, no
intervención, equilibrio entre grandes potencias y centralidad formal de las
Naciones Unidas. La paradoja es evidente, Rusia se defiende de la expansión
de la OTAN, China presiona sobre Taiwán y el Mar de China Meridional. Ambas
potencias han encontrado una narrativa eficaz para buena parte del Sur Global,
cansado de sanciones, dobles estándares y guerras presentadas como inevitables
correcciones democráticas. La multipolaridad china-rusa no pretende un mundo
más pacífico, promete un mundo menos obediente.
El tercer dato es militar-estratégico. Xi y Putin criticaron
el proyecto norteamericano “Golden Dome” (Cúpula Dorada) -ambicioso sistema
antimisil para proteger el territorio estadounidense-, presentándolo como una
amenaza a la estabilidad estratégica. También señalaron el deterioro del
régimen de control nuclear. China y Rusia saben que, si Washington logra
construir un sistema defensivo que reduzca la eficiencia disuasiva de sus
arsenales, el equilibrio estratégico se altera. Por eso su respuesta no es solo
diplomática: es una advertencia sobre la futura carrera de armamentos.
Además, en este tablero geo-estratégico entra Cora del Norte,
no como apéndice exótico, sino como pieza incómoda y útil. Pyongyang ha
encontrado en la guerra de Ucrania una oportunidad histórica para salir de su
aislamiento relativo. Su cooperación militar con Rusia le permite obtener
dinero, experiencia de combate, tecnología, legitimidad y respaldo diplomático.
Para Moscú, Corea del Norte ofrece munición, tropas, presión sobre los aliados
asiáticos de Washington y una forma de demostrar que el frente contra occidente
no termina en Europa. Para Pekín el asunto es más ambiguo: China no quiere
perder influencia sobre Kim Jong Un, pero tampoco le desagrada que Corea del
Norte mantenga ocupados a Japón, Cora del Sur y Estados Unidos. El resultado es
una geometría triangular imperfecta, no hay bloque monolítico China-Rusia-Corea
del Norte, pero sí una convergencia de intereses suficientemente peligrosa.
“China y Rusia han encontrado una
fórmula eficaz: no necesitan dominar
juntos el mundo, les alcanza, por ahora,
impedir que Washington vuelva a
dominarlo solo”
Por otro lado, India una potencia emergente, observa la configuración
de este nuevo orden con una mezcla de incomodidad y oportunidad. Nueva Deli
también apuesta por un mundo multipolar; lo que no quiere es un Asia organizada
alrededor de China. Ahí reside la diferencia esencial. Para India, el fin de la
unipolaridad estadounidense puede ser deseable si amplía su autonomía, pero
sería inaceptable si genera una hegemonía china en Eurasia. Rusia fue durante
décadas un socio privilegiado de India, proveedor de armas y contrapeso
diplomático. Pero una Rusia demasiado dependiente de China deja de ser
contrapeso y empieza a ser problema. Por eso India no romperá con Moscú, pero
acelerará su multi-alineamiento: seguirá en el BRICS y en la Organización de
Cooperación de Shanghái, mientras profundiza lazos con Estados Unidos, Francia,
Japón y Australia.
Como vemos, el mundo que emerge es más fragmentado, más
propenso a mal entendidos y escaladas. Japón se rearma con determinación, Corea
del Sur profundiza alianzas de seguridad, India equilibra con cautela
calculada, Estados Unidos redistribuye recursos entre dos océanos y la economía
global se divide en corredores rivales. La historia del siglo XXI se está escribiendo
en estos ejes pragmáticos, mientras otros debaten principios abstractos. El
tablero ha cambiado. El juego con sus riesgos y oportunidades, apenas comienza.
La unipolaridad no terminó con una declaración, ni con una foto,
ni con una cumbre. Terminó lentamente. Lo que hizo la cumbre Xi – Putin fue
ponerle forma visible a ese final. El nuevo orden mundial no será
necesariamente más justo, ni más estable. Puede ser más fragmentado, más transaccional,
más armado y más cínico. Pero será menos occidental en su centro de gravedad. Y
en esa mutación, China y Rusia han encontrado una fórmula eficaz: no necesitan
dominar juntos el mundo, les alcanza, por ahora, impedir que Washington vuelva
a dominarlo solo.
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