Tuesday, May 26, 2026

 

CUMBRE CHINA – RUSIA: ¿HACIA UN NUEVO ORDEN MUNDIAL?

Por: Javier F. Miranda Prieto 

El líder chino Xi Jinping ha protagonizado en el último mes sendas cumbres bilaterales con las que señala
el lugar central que quiere para su país en la nueva geometría multipolar y el nuevo
orden mundial que trata de diseñar.

La escena de la cumbre en Pekín tuvo la fidelidad de una ceremonia antigua y la frialdad de una advertencia moderna. Xi Jinping recibió a Vladimir Putin en el Gran salón del pueblo no como se recibe a un socio ocasional, sino como se administra una señal al mundo. La política internacional, cuando quiere decir algo importante, rara vez lo dice con comunicados. Lo dice con tiempos, con gestos, con reiteraciones y de eso sabe mucho la milenaria diplomacia china.

Putin llegó a Pekín pocos días después de la visita de Donald Trump. Xi sentado en el centro geométrico de esa coreografía, mostró lo esencial. Pekín puede hablar con Washington, pero no se subordina a Washington; puede negociar con Estados Unidos, pero su arquitectura estratégica mira hacia Euroasia. La cumbre de mayo no fundó la unión chino-rusa. Hizo algo más decisivo: la normalizó como uno de los hechos estructurales del nuevo orden.

Xi y Putin acordaron extender el Tratado de Buena Vecindad y Cooperación Amistosa, firmado en el 2001. Este tratado es la viga legal sobre la que ambos países construyeron una relación que superó la vieja desconfianza sino-soviética, la fuerte rivalidad comunista del siglo XX y el trauma ruso de haber dejado de ser el centro del mundo socialista.

 “China obtiene energía con descuento,

  acceso preferencial a recursos estratégicos,

  un socio nuclear capaz de obligar a

  Washington a dividir su atención,

  y una Rusia que mantiene ocupada

  a Europa mientras China consolida su

  primacía industrial, tecnológica y naval en Asia”

Con la renovación de este histórico tratado, la ganancia rusa es evidente. Rusia obtiene mercados, oxígeno financiero, respaldo diplomático y profundidad asiática. Después de Ucrania, Moscú desplazó a Europa, y China se convirtió en su principal comprador, su prestamista indirecto, su proveedor tecnológico posible y su escudo político incondicional. La agencia Reuters señalaba que China es, por amplio margen, el mayor socio comercial de Rusia y el principal comprador de su crudo.

Pero la ganancia china es menos ruidosa pero más profunda. Pekín obtiene energía con descuento, acceso preferencial a recursos estratégicos, un socio nuclear capaz de obligar a Washington a dividir su atención, y una Rusia que mantiene ocupada a Europa mientras China consolida su primacía industrial, tecnológica y naval en Asia. La relación es asimétrica, sí, pero no débil, precisamente porque la asimetría favorece a China, y Pekín puede administrarla sin desesperación.

El segundo dato es político. Ambos líderes firmaron una declaración sobre la formación de un mundo multipolar y un nuevo tipo de relaciones internacionales. Aquí está el corazón conceptual de la reunión. China y Rusia no se presentan como una alianza agresiva, sino como una corrección histórica. Su argumento es simple y poderoso: el mundo unipolar posterior a 1991 fue una anomalía; Estados Unidos confundió victoria con derecho permanente de mando; el sistema internacional debe regresar a una pluralidad de centros de poder.  Cuando Xi y Putin advierten contra la “ley de la jungla”, no están haciendo una reflexión moral abstracta. Están acusando directamente a Washington de haber transformado las reglas en instrumentos, las alianzas en cercos y el derecho internacional en un idioma usado selectivamente.

  “China y Rusia saben que, si Washington

   logra construir un sistema defensivo

  que reduzca la eficiencia disuasiva de sus

  arsenales, el equilibrio estratégico se altera”

Esa es la dimensión más importante de la cumbre. No se trata solo de comercio, ni de gas, ni de protocolos. Se trata de legitimidad. China y Rusia buscan disputar el relato fundador de un nuevo orden mundial. Frente a la idea occidental de un “orden basado en reglas”, plantean la idea de un orden basado en soberanía, no intervención, equilibrio entre grandes potencias y centralidad formal de las Naciones Unidas. La paradoja es evidente, Rusia se defiende de la expansión de la OTAN, China presiona sobre Taiwán y el Mar de China Meridional. Ambas potencias han encontrado una narrativa eficaz para buena parte del Sur Global, cansado de sanciones, dobles estándares y guerras presentadas como inevitables correcciones democráticas. La multipolaridad china-rusa no pretende un mundo más pacífico, promete un mundo menos obediente.

El gigante ruso, la superpoblada china y la emergente 
potencia hindú, son piezas clave de un nuevo orden
mundial. Pero para India, el fin de la unipolaridad
norteamericana puede ser deseable si amplia su
autonomía, pero sería inaceptable si genera una
hegemonía china en Eurasia.

El tercer dato es militar-estratégico. Xi y Putin criticaron el proyecto norteamericano “Golden Dome” (Cúpula Dorada) -ambicioso sistema antimisil para proteger el territorio estadounidense-, presentándolo como una amenaza a la estabilidad estratégica. También señalaron el deterioro del régimen de control nuclear. China y Rusia saben que, si Washington logra construir un sistema defensivo que reduzca la eficiencia disuasiva de sus arsenales, el equilibrio estratégico se altera. Por eso su respuesta no es solo diplomática: es una advertencia sobre la futura carrera de armamentos.

Además, en este tablero geo-estratégico entra Cora del Norte, no como apéndice exótico, sino como pieza incómoda y útil. Pyongyang ha encontrado en la guerra de Ucrania una oportunidad histórica para salir de su aislamiento relativo. Su cooperación militar con Rusia le permite obtener dinero, experiencia de combate, tecnología, legitimidad y respaldo diplomático. Para Moscú, Corea del Norte ofrece munición, tropas, presión sobre los aliados asiáticos de Washington y una forma de demostrar que el frente contra occidente no termina en Europa. Para Pekín el asunto es más ambiguo: China no quiere perder influencia sobre Kim Jong Un, pero tampoco le desagrada que Corea del Norte mantenga ocupados a Japón, Cora del Sur y Estados Unidos. El resultado es una geometría triangular imperfecta, no hay bloque monolítico China-Rusia-Corea del Norte, pero sí una convergencia de intereses suficientemente peligrosa.

  “China y Rusia han encontrado una

  fórmula eficaz: no necesitan dominar

  juntos el mundo, les alcanza, por ahora,

 impedir que Washington vuelva a

 dominarlo solo”

Por otro lado, India una potencia emergente, observa la configuración de este nuevo orden con una mezcla de incomodidad y oportunidad. Nueva Deli también apuesta por un mundo multipolar; lo que no quiere es un Asia organizada alrededor de China. Ahí reside la diferencia esencial. Para India, el fin de la unipolaridad estadounidense puede ser deseable si amplía su autonomía, pero sería inaceptable si genera una hegemonía china en Eurasia. Rusia fue durante décadas un socio privilegiado de India, proveedor de armas y contrapeso diplomático. Pero una Rusia demasiado dependiente de China deja de ser contrapeso y empieza a ser problema. Por eso India no romperá con Moscú, pero acelerará su multi-alineamiento: seguirá en el BRICS y en la Organización de Cooperación de Shanghái, mientras profundiza lazos con Estados Unidos, Francia, Japón y Australia.

Como vemos, el mundo que emerge es más fragmentado, más propenso a mal entendidos y escaladas. Japón se rearma con determinación, Corea del Sur profundiza alianzas de seguridad, India equilibra con cautela calculada, Estados Unidos redistribuye recursos entre dos océanos y la economía global se divide en corredores rivales. La historia del siglo XXI se está escribiendo en estos ejes pragmáticos, mientras otros debaten principios abstractos. El tablero ha cambiado. El juego con sus riesgos y oportunidades, apenas comienza.

La unipolaridad no terminó con una declaración, ni con una foto, ni con una cumbre. Terminó lentamente. Lo que hizo la cumbre Xi – Putin fue ponerle forma visible a ese final. El nuevo orden mundial no será necesariamente más justo, ni más estable. Puede ser más fragmentado, más transaccional, más armado y más cínico. Pero será menos occidental en su centro de gravedad. Y en esa mutación, China y Rusia han encontrado una fórmula eficaz: no necesitan dominar juntos el mundo, les alcanza, por ahora, impedir que Washington vuelva a dominarlo solo.

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