LA GUERRA EN SUDÁN: MÁS ALLÁ DE LAS FRONTERAS DE ÁFRICA
Se han cumplido tres años de la interminable guerra que se
vive en Sudán entre su ejército regular y las fuerzas paramilitares, pero en
realidad son décadas de un conflicto armado ininterrumpido en la Nación del
valle del Nilo. El alto costo en vidas humanas, a falta de una confiable
estadística oficial, es de 2,5 millones y el de desplazados supera los 15
millones. Se considera el conflicto armado más mortal del continente africano.
El origen de la reciente violencia procede del antiguo
conflicto de Darfur en 2003. Los fur -la
tribu principal que da nombre a la región- junto con los zaghawa y los masalit,
son tribus de musulmanes -como el resto de los sudaneses- pero de etnia negra,
que se rebelaron contra el gobierno del dictador Omar Hassan Al Bashir (1989-2019),
acusándolo de racismo y marginación social. El tirano respondió creando la
milicia llamada: janjaweed, una
unidad paramilitar preparada para imponer una campaña de limpieza étnica contra
la población no árabe: el resultado de esta represión fue de cientos de miles
de muertos. Naciones Unidas documentó atrocidades masivas cometidas por el
ejército sudanés y sus aliados paramilitares en Darfur, aunque nunca las
calificó formalmente de genocidio debido a los intereses políticos y
diplomáticos que tenían las grandes potencias en ese país.
El ex-presidente Al-Bashir gobernó durante su régimen
autocrático en alianza con el fundamentalismo suní, aplicando la sharía (ley islámica) y el código penal
islámico, que discriminaban penalmente a las minorías étnicas. En 2019 fue
finalmente derrotado y el gobierno de transición aseguró que sería trasladado a
la Corte Penal Internacional para ser juzgado por genocidio. Pero, al día de
hoy, todavía permanece bajo arresto militar en Sudán.
“A cambio del apoyo económico,
el gobierno de Sudán aceptó firmar
los Acuerdos de Abraham (pacto impuesto por
EEUU a algunos países árabes para dirigir su
política
exterior) y establecer relaciones con Israel”
El Consejo Militar de Transición cedió el mando al general
Abdel Fattah al-Burhan, un oficial sin relación con los crímenes sucedidos en
Darfur; seguidamente, el presidente de facto aceptó la formación de un gobierno
provisional. Cuando el economista Abdala Hamdok fue nombrado primer ministro,
decidió pedir ayuda a los Estados Unidos, adquiriendo créditos millonarios del
Banco Mundial y el FMI. A cambio del apoyo económico, el gobierno de Hamdok
aceptó firmar los Acuerdos de Abraham (pacto impuesto por EEUU a algunos países
árabes para dirigir su política exterior) y establecer relaciones con Israel.
Para Donald Trump, el premier sudanés representaba la esperanza de instaurar
una “verdadera democracia” en Sudán y
en el Cuerno de África.
En 2021, el general Al Burhan, presidente en funciones, da un
golpe de Estado y Hamdok es destituido. En su comparecencia pública declaró:
“Hemos iniciado nuestro camino hacia la libertad y la paz, pero algunos poderes
políticos siguen intentando mantener el control absoluto, sin prestar atención
a las amenazas políticas, económicas y sociales”. Dos años después, en junio de
2023, estalla la guerra civil, que perdura hasta ahora, entre el ejército
regular sudanés y las Fuerzas de Apoyo Rápido RSF (según sus siglas en inglés)
una aterradora milicia paramilitar formada por los antiguos janjaweed.
Desde hace tres años, el conflicto se ha extendido por todo
el país, repitiéndose el mismo escenario del genocidio de 2003: la capital de
la región de Darfur, El Fasher, fue asediada desde el 2024 durante 18 meses por
los paramilitares árabes. Miles de civiles de etnia negra resultaron asesinados
por los janjaweed en una campaña de “tierra arrasada”, una verdadera “limpieza étnica” que ha obligado al
éxodo de millones de habitantes, provocando la mayor emergencia humanitaria del
planeta. Cabe anotar, que al frente de estas hordas asesinas, como en la guerra
de Darfur de hace trece años, se encuentra el general y ex-vicepresidente
Mohamed Hamdan Dagalo, alias “Hemedti”.
“Históricamente, el propósito de la política
exterior de Abu Dabi ha sido erradicar la
democracia
como tipo de régimen imperante en las naciones
islámicas. La doctrina de la diplomacia
emiratí
se ha basado en el suministro de armamento
y respaldo político a líderes autoritarios”
Las Fuerzas de Apoyo Rápido RSF de Hemedti se han establecido
en el oeste de Sudán, mientras el ejército regular mantiene su control en el
resto del país y la capital Jartum. El origen del armamento de las fuerzas
paramilitares es oscuro: se afirma que reciben apoyo principalmente de los
Emiratos Árabes Unidos EAU y de Rusia a través del Africa Corp, aunque Moscú está comprometida en apoyar de manera más
directa al ejército sudanés tras la firma de un acuerdo que le permite usar la
base naval de la estratégica ciudad Port Sudan, a orillas del Mar Rojo.
Históricamente, el propósito de la política exterior de Abu
Dabi ha sido erradicar la democracia como tipo de régimen imperante en las
naciones islámicas. La doctrina de la diplomacia emiratí se ha basado en el
suministro de armamento y respaldo político a líderes autoritarios: el apoyo al
golpe de Estado en Egipto, el padrinazgo al ejército del mariscal Jalifa Hafter
en Libia o sus alianzas con regímenes tiránicos como los de Arabia Saudita o
Baréin.
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| La antigua guerra en Darfur que empezó en 2003, tuvo el mismo escenario del actual conflicto sudanés, que viene asolando al país desde hace tres años. |
En ese marco, es habitual el desvío de armamento emiratí a
Darfur y a las fuerzas de los sanguinarios paramilitares del RSF. Se envía por
vía área rumbo a Libia o Chad, y desde allí es dirigido por rutas terrestres
con destino a los campamentos de las Fuerzas de Apoyo Rápido. En un último
artículo en The Guardian se afirmaba que
se han descubierto material bélico
británico que, según Naciones Unidas, podría a verse vendido a los EAU,
violando la normativa internacional sobre la exportación de recursos militares que pueden ser utilizados
en contra de los derechos humanitarios.
Al general Hemedti, comandante de los janjaweed, se le considera una de las personas más ricas de Sudán.
Participo en el genocidio de Darfur hasta su fin en el 2014, por su actividad
militar el propio dictador Al-Bashir lo recompensó con varias minas de oro. Con
el tiempo, Hemedti tomaría personalmente el control de los yacimientos
auríferos de Jebel Amir, en Darfur. Desde entonces, el general sátrapa ha
creado una empresa familiar, Al Janaid, especializada en exportar el mineral
precioso. El contrabando a Emiratos Árabes Unidos es el principal recurso para
financiar la guerra y pagar el elevado costo del armamento moderno.
“Entidades
políticas como Somalilandia
(la
provincia rebelde de Somalia), nacida
a la sombra
de Israel, ofrecen sus bases
navales a
Estados Unidos para contener a China
en su
condición de socio comercial estratégico”
Por otro lado, Sudán ve a Rusia como un socio más confiable;
prueba de ello es que, en varias ocasiones, el Kremlin ha vetado en la ONU
resoluciones que amenazaban su soberanía nacional. La relación con los Estados
Unidos es más coyuntural: la firma de Acuerdo de Abraham en el 2020, se realizó
a cambio de eliminar a Sudán de la lista negra del terrorismo. De hecho Jartum,
se enfrenta (como aliado o rival) a una de las principales potencias de la
Coalición Abrahámica: los EAU.
El control marítimo del Mar Rojo, crucial para el comercio
entre Asia y Europa, está ampliando el conflicto sudanés a una fase global. La
guerra en Sudán va más allá de las fronteras de África. Entidades políticas
como Somalilandia (la provincia rebelde de Somalia), nacida a la sombra de
Israel, ofrecen sus bases navales a Estados Unidos para contener a China en su
condición de socio comercial estratégico. Arabia Saudita líder de la nueva Coalición
Islámica -integrada por Turquía, Pakistán, Argelia y Egipto-, ha declarado ser
un contrapeso al eje abrahámico, acusándolo de provocar inestabilidad con su
agresiva política regional. Por su parte, ellos los culpan de no haber sabido
contener el yihadismo radical.
Los países firmantes del Acuerdo de Abraham pretenden
reordenar las relaciones militares y económicas a la vez que intentan expandir
la normalización de lazos entre los países árabes e Israel. Sus miembros han
proyectado el Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa IMEC, un eje
terrestre y marítimo con el que uniría India y Grecia a través de la Península
Arábica, pasando por Tel Aviv. Su trazado perjudicaría los intereses comerciales
tanto de Egipto como de Turquía y, aunque Arabia Saudita firmó el pacto
original del IMEC, el rechazo social a las relaciones con Israel es total.
Como vemos, la larga guerra en Sudán ha desbordado las
fronteras africanas a través de redes financieras, complejos mecanismos
comerciales de oro, rutas de contrabando de armas provenientes de potencias
globales y regionales e injerencias geopolíticas de Oriente Medio y Europa,
transformando un enfrentamiento interno en un peligroso foco de tensión internacional.



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