Tuesday, December 23, 2025

 IRAK-VENEZUELA:

LA MENTIRA COMO ARMA DE GUERRA

Por: Javier F. Miranda Prieto 

La intervención militar como recurrente método de dominación. De la destrucción de Irak en 2003, al asedio permanente a Venezuela.

Uno de los mecanismos más eficaces y perversos usados por el poder imperial contemporáneo consiste en presentar cada agresión como un hecho aislado, como una respuesta excepcional ante una amenaza singular. Así ocurrió con Irak en 2003 y así se intenta presentar hoy el caso venezolano. Sin embargo, un análisis, histórico, económico y político mínimamente riguroso revela exactamente lo contrario, que no estamos ante episodios desconectados, sino frente a una doctrina de intervención sistemática, estructural y recurrente, orientada al control de recursos estratégicos y ha disciplinar Estados que se desvían del orden hegemónico dominante.

Irak no fue una anomalía ni un trágico error de cálculo. Fue un punto de inflexión que consolidó un modelo de intervención directa sin consecuencias reales para sus responsables políticos, militares y mediáticos. Venezuela, por su parte, no es una crisis humanitaria espontánea ni un “Estado fallido”,  como suele presentarse en el discurso dominante. Es, en términos claros y sin eufemismos, el objetivo de una intervención prolongada, multiforme (militar, diplomática, financiera, comercial, mediática) y deliberada.

Recordemos que la invasión de Irak se justificó por una supuesta existencia de armas de destrucción masiva y una presunta conexión del gobierno iraquí con el terrorismo internacional. Ambas afirmaciones fueron posteriormente desmentidas por organismos oficiales, comisiones de investigación y por los propios protagonistas de la operación. Obvio que reducir, como lo hicieron, aquel episodio a un simple fallo de inteligencia, constituyó una mistificación interesada, y una abierta subestimación de la inteligencia colectiva.

                    “Irak no fue una anomalía ni un trágico

                          error de cálculo. Fue un punto de

                         inflexión que consolidó un modelo

                   de intervención directa sin consecuencias

                      reales para sus responsables políticos,

                                  militares y mediáticos”

Las armas inexistentes cumplieron una función política precisa, la de fabricar consenso, neutralizar resistencias internas y legitimar una guerra preventiva en flagrante violación del derecho internacional. Sin paños fríos, Irak fue una construcción propagandística deliberada, amplificada por los grandes medios hegemónicos de comunicación, que cumplieron fielmente la labor de actores políticos orgánicos al poder y no como fiscalizadores críticos del mismo. Aquí el imperialismo desplegó fuerza militar, pero también hegemonía cultural y mediática, indispensable para hacer aceptable  lo inaceptable.

El resultado fue la destrucción de un Estado soberano, la fragmentación de su tejido social, el saqueo de su patrimonio cultural y la restructuración de su economía bajo parámetros favorables a corporaciones extranjeras. La industria petrolera iraquí, uno de los verdaderos objetivos estratégicos de la intervención, fue reorganizada en un contexto de ocupación militar. El costo humano fue incalculable y perverso; el beneficio geopolítico y económico, perfectamente medible. O sea, el imperialismo mide en ganancias lo que los pueblos pagan con vidas.

Desde la perspectiva del sistema dominante, Irak dejó una enseñanza fundamental para las grandes potencias, que conviene no olvidar: la intervención militar funciona. No porque genere estabilidad o democracia, ninguna intervención extranjera a asuntos internos de un país hace eso -como se afirma retóricamente-, sino porque garantiza control, acceso privilegiado a recursos estratégicos y reafirmación del poder global.

                 “La intervención contra Venezuela comenzó

                     mucho antes de la actual crisis visible y

                       continua desarrollándose de manera

                         sistemática. Se expresa a través de

                  sanciones unilaterales, bloqueo financiero,

                       congelamiento de activos estatales y

                    confiscación de bienes en el extranjero”

A diferencia de Irak, Venezuela no ha sido invadida militarmente de manera abierta. Sin embargo, esto no implica ausencia de intervención. Venezuela, al igual que Cuba, constituye un ejemplo    claro de la transformación de las formas de la guerra en el siglo XXI, donde la violencia no siempre adopta la forma del desembarco militar, pero resulta igualmente destructiva y en algunos casos casi apocalípticos.

Entre Irak y Venezuela median más de 11 mil kilómetros de 
distancia, pero son muy próximos en potencial petrolífero.
Los EE.UU han estado vinculados a la búsqueda
de fuentes energéticas estratégicas

La intervención contra Venezuela comenzó mucho antes de la actual crisis visible y continua desarrollándose de manera sistemática. Se expresa a través de sanciones unilaterales, bloqueo financiero, congelamiento de activos estatales, persecución de su comercio petrolero y confiscación de bienes en el extranjero, además de operaciones militares encubierta justificadas bajo una supuesta guerra contra el narcotráfico, que han incluido el asesinato  de pescadores inocentes en las aguas del Mar Caribe. Estas acciones son armas económicas y políticas destinadas a provocar colapso interno, deterioro social y deslegitimación del Estado. Con Cuba lo vienen haciendo desde hace más de sesenta años, demostrando que el castigo imperial no prescribe.

Desde el punto de vista del Derecho Internacional, estas medidas constituyen acciones coercitivas unilaterales ilegales, al no contar con el aval del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Diversos relatores especiales han advertido que este tipo de sanciones producen efectos devastadores sobre la población civil y vulnera principios fundamentales de soberanía, autodeterminación y derechos humanos. Sin embargo, Estados Unidos, a lo largo de su historia, no ha sido jamás sentenciado ni juzgado por este tipo de crímenes, razón por la cual los comete una y otra vez, lo único que cambia es el nombre de la víctima.

                   “Irak y Venezuela comparten un rasgo

                      central, atractivo para los intereses

                       norteamericanos: poseen algunas

                     de las mayores reservas energéticas

                                          del planeta”

A ello se suma un elemento particularmente explícito en el caso venezolano: la intervención política directa. El reconocimiento de autoridades paralelas como presidentes autoproclamados, las declaraciones públicas sobre transiciones necesarias y la reiteración de que “todas las opciones están sobre la mesa” no dejan margen a la ambigüedad. No se trata de presión diplomática, se trata de una impertinente estrategia de cambio de régimen claramente identificable. Es decir, el cambio de régimen que le conviene al imperio para saquear los recursos naturales de los pueblos.

La campaña de presión militar contra Venezuela emprendida
por Trump en el Mar Caribe, ha dejado un saldo de más de
30 lanchas bombardeadas y un centenar de muertos.

Irak y Venezuela comparten un rasgo central, atractivo para los intereses norteamericanos: poseen algunas de las mayores reservas energéticas del planeta. Desde comienzos del siglo XX, la política exterior norteamericana ha estado íntimamente vinculada al control de fuentes energéticas estratégicas. El petróleo no es solo una mercancía muy valiosa, da también poder geopolítico e independencia. La reiterada incautación de buques petroleros vinculados a Venezuela, celebradas públicamente por autoridades norteamericanas, incluyendo al propio presidente de ese país, constituye una prueba empírica de esa lógica. No son simples procedimientos judiciales, se trata de actos de fuerza que revelan una concepción patrimonial del poder; los recursos ajenos se vuelven apropiables cuando el Estado propietario es declarado ilegítimo. Y si lo perpetran los Estados Unidos el delito se hace legítimo, o sea,  la legitimidad es secundaria frente a los intereses estratégicos.

Nada de lo anterior puede comprenderse sin atender al marco ideológico que sustenta la política estadounidense hacia América Latina. La Doctrina Monroe, lejos de haber sido abandonada, ha sido actualizada y adaptada al lenguaje contemporáneo. Ya no se habla abiertamente de colonias, pero sí de “zonas de influencia”, “seguridad hemisférica” y  “responsabilidad de proteger”.  Venezuela, por su desafío político y su peso energético, se convierte en un caso intolerable dentro de ese esquema. Por supuesto que no se castiga únicamente a un gobierno, se castiga el ejemplo que representa, el de la posibilidad de ejercer soberanía efectiva sobre recursos estratégicos fuera del control imperial.

                           “Irak debió haber servido como

                    advertencia histórica. Que hoy se repitan

                 los mismos mecanismos, con otros nombres

                        y nuevas excusas, es un fallo de la

                                    memoria colectiva”

La pregunta correcta no es si Estados Unidos intervendrá en Venezuela, esa intervención ya existe, se desarrolla desde hace años y adopta múltiples formas. La verdadera cuestión es hasta donde llegará, y cuanto más se tolerará que la violencia imperial se disfrace de defensa a la democracia.

Irak debió haber servido como advertencia histórica. Que hoy se repitan los mismos mecanismos, con otros nombres y nuevas excusas, es un fallo de la memoria colectiva, y peor aún, una consecuencia directa de la impunidad estructural.

Mientras el saqueo siga siendo rentable y la propaganda continúe funcionando, la historia no dejará de repetirse. Cambiaran los escenarios, pero el guion sigue siendo el mismo. En la medida que continúe este ilegal y nocivo intervencionismo, la mentira seguirá usándose como un arma de guerra.  

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