Tuesday, January 27, 2026

 TRUMP EN ÁFRICA: ¿ESTRATEGIA O EXTORSIÓN?

Por: Javier F. Miranda Prieto 

Donald Trump está convencido que cambiará las relaciones de Estados Unidos y África.
La nueva centralidad que goza África en el escenario mundial, requerirá adaptarse
a la nueva política que emprenderá la Casa Blanca en el continente.

En medio de un comienzo de año turbulento -Venezuela, Groenlandia, Irán- y el surgimiento de la “Doctrina Donroe”, los responsables políticos mundiales se están ajustando a un Estados Unidos cada vez más enérgico e intervencionista, decidido a imponer sus reglas.

Esta doctrina forma parte de la Estrategia de Seguridad Nacional de los EE.UU. para 2026 como un “corolario de Trump” a la Doctrina Monroe del siglo XIX, cuyo objetivo era afirmar el dominio geopolítico norteamericano en todo el hemisferio occidental. Sin duda, sus implicancias tendrán repercusiones globales. África no es la excepción, a pesar de que solo aparece en tres párrafos de la estrategia.

Este momento representa un regreso a la competencia entre grandes potencias, con Washington y Pekín como los polos principales. África no es ajena a estas rivalidades. El continente arrastra las cicatrices de los conflictos por poderes y la competencia colonial de la Guerra Fría, y corre el riesgo de convertirse nuevamente en un escenario de competencia por sus recursos, mercados y posiciones geoestratégicas. A esto se suma el enfoque cada vez más evasivo de los EE.UU respecto al multilateralismo. Al interactuar selectivamente con las instituciones internacionales o eludirlas, Estados Unidos está erosionando la credibilidad de la arquitectura global. El mensaje subyacente es claro: la fuerza es la razón, y las instituciones que limitan la acción estatal norteamericana son prescindibles.

                   “Esta doctrina forma parte de la Estrategia 

         de Seguridad Nacional como un “corolario de Trump” 

            a la Doctrina Monroe del siglo XIX, cuyo objetivo

           era afirmar el dominio geopolítico norteamericano 

                          en todo el hemisferio occidental”

En este perverso orden emergente, los fuertes imponen las reglas y los débiles asumen las consecuencias. Para los Estados africanos, con un poder y una influencia limitada -aunque con distintos grados-, existen motivos de preocupación. Se requiere agilidad estratégica, destreza diplomática y una evaluación clara de los intereses nacionales.

La mayoría de los países africanos simplemente no pueden seguir el juego de las grandes potencias de antaño, ni de la que actualmente defiende Washington. Por consiguiente, muchos seguirán siendo meros cumplidores de las nuevas reglas, a medida que la política exterior norteamericana abandone toda pretensión.

Las implicancias más perniciosas podrían contrarrestarse si los Estados africanos se unen para aprovechar su influencia colectiva. Sin embargo, es igualmente probable que se produzca una mayor fragmentación, ya que los países podrían priorizar acuerdos comerciales y de seguridad en represalia por el accionar de actores externos.

En una época de pérdida de confianza en el sistema político y financiero global, la política económica se ha enmarcado cada vez más desde una perspectiva de seguridad nacional. Este cambio comenzó durante el primer mandato de Donald Trump, se aceleró con la pandemia del Covid-19 y la guerra entre Rusia y Ucrania, y continúo bajo la administración de Joe Biden.

                      “El principal interés económico de

                          Estados Unidos será asegurar

                   cadenas de valor de minerales cruciales

           (cobalto, coltán, litio, cobre, tierras raras y grafito)

                          en la carrera contra China por 

                            dominar industrias futuras”

Ahora bajo el liderazgo de un empoderado Donald Trump, la agenda de desglobalización y de reducción de riesgos se ha acelerado en lo que el Financial Times describe como un retorno del “imperialismo de los recursos”.

Trump desde su primera gestión trato de acercarse a África.
Ahora las reuniones con mandatarios de la región 
responderán a una estrategia de sometimiento
y extorsión.

Inevitablemente, África emerge como un escenario estratégico debido a su capacidad de suministro. El principal interés económico de Estados Unidos será asegurar cadenas de valor de minerales cruciales -cobalto, coltán, litio, cobre, tierras raras y grafito- en la carrera contra China por dominar industrias futuras como los semiconductores, los vehículos eléctricos y las baterías. Aunque el énfasis retorico de Trump sigue centrado en la recuperación de los combustibles fósiles del siglo XIX -petróleo, carbón y gas- para el dominio energético estadounidense, la rivalidad industrial subyacente con China es prospectiva (mirando el futuro). Pekín ya lidera las tecnologías de energía limpia y el procesamiento de minerales, lo que obliga a Washington a centrarse menos en el liderazgo climático y más en el control de los insumos.

                     “África arrastra las cicatrices de los

                   conflictos por poderes y la competencia

                  colonial de la Guerra Fría, corriendo el

                    riesgo de convertirse en escenario de

                    pugnas y conflictos por sus recursos,

                  mercados y posiciones geoestratégicas”

Esta lógica determinará la intervención económica de los EE.UU. Probablemente se centrará en las zonas ricas en recursos minerales -desde la RD del Congo y Zambia hasta Namibia, Mozambique y Guinea-, en lugar de una interacción comercial más amplia.

Los procesos de paz, muy numerosos y fallidos en el continente africano, podrían reflejar cada vez más acuerdos bilaterales de intercambio de intereses, en los que la paz se intercambia por acceso político o recursos, en lugar de acuerdos con fundamento institucional, que trate de solucionar los orígenes del conflicto. Los acuerdos con la RD del Congo y Ruanda revelan la estrategia que probablemente se utilizará en otros escenarios de violencia.

Finalmente, el resurgimiento de la actividad terrorista islámica en diversas partes de África, ofrece un tercer punto de entrada para las intervenciones de seguridad norteamericana. Si bien la Estrategia de Seguridad Nacional advierte contra los compromisos a largo plazo, las frecuentes amenazas islamistas permiten intervenciones rápidas que podrían derivar en el incremento de la violencia armada, pero también en una mayor influencia geopolítica y económica. 

Los recientes ataques aéreos estadounidenses contra Nigeria bajo el pretexto de la lucha a favor de la población cristiana en la región del noroeste del país ilustran el enfoque que Washington puede utilizar: selectivo, de corto plazo, inopinado y en contra de los marcos de paz y seguridad regional e internacional.

                      “Como se ve, podría haber muchas

                 desventajas para ciertos Estados africanos, 

               ya que las reglas del juego solo responderían

             a los intereses y objetivos de los Estados Unidos”

Como se ve, podría haber muchas desventajas para ciertos Estados africanos,  ya que las reglas del juego solo responden a los intereses y objetivos de los Estados Unidos. Los gobiernos africanos dispuestos a ceder probablemente serían recompensados con acuerdos económicos, pero abdicando de sus derechos patrimoniales y territoriales, cediendo su soberanía y sus prioridades nacionales. Con el agravante de perder apoyo interno, distanciándose de otros socios de larga data y debilitando aún más el orden internacional basado en normas.

Para los Estados africanos en particular, esto significa poner en peligro la agenda colectiva de paz, seguridad y desarrollo del continente, que sólo puede lograrse mediante una integración regional más equitativa y equilibrada.

Para impulsar la integración de África ante las dificultades geopolíticas que soplan desde Washington, sus líderes deben unirse en pos de una visión común. De lo contrario, la historia que todos conocemos, podría repetirse.

Thursday, January 22, 2026

 

LIBIA: BISAGRA GEOPOLÍTICA DE CONFLICTOS REGIONALES

Por: Javier F. Miranda Prieto 

La intervención extranjera en Libia ha profundizado la fragmentación del país. Actores globales
y regionales compiten por recursos petroleros, poder e influencia. Esta gran pugna
afecta la estabilidad y seguridad del Sahel, el Cuerno de África y el Mediterráneo.

Quince años después del asesinato del líder libio Muammar Gadaffi, Libia no es solo un país fragmentado, es un espacio clave donde confluyen las guerras del Sahel, la devastación sudanesa y la proximidad al estratégico Cuerno de África. Lejos de un conflicto aislado, el territorio libio funciona como centro de un sistema regional basado en la gestión del desorden.

A quince años de la intervención militar de 2011, Libia continúa atrapada en una crisis que ya no puede explicarse únicamente en términos internos. La destrucción del Estado libio comenzó mucho antes de aquel 20 de octubre, fecha en la que fue asesinado el coronel Gadaffi. Aquella brutal ofensiva, impulsada políticamente por los Estados Unidos y ejecutada por la OTAN -con Francia y Reino Unido a la cabeza- bajo el amparo de una resolución de Naciones Unidas presentada como “humanitaria”, que no se limitó a proteger civiles. El bombardeo sistemático y el colapso del aparato estatal culminaron con la caída de un Estado próspero que además abrió un círculo de fragmentación institucional cuyas consecuencias siguen reconfigurando el mapa regional. Hoy Libia ya no puede ser reconstruida ni social ni políticamente.

Desde entonces, la sucesión de gobiernos civiles débiles, milicias armadas sin control y una soberanía dispersa suele ser presentada como un problema doméstico, casi endémico. Sin embargo, esa lectura resulta insuficiente. La destrucción del Estado libio no generó una transición política ordenada, sino un vacío funcional, necesario y orquestado desde EE.UU, OTAN y UE, acorde a los intereses detrás de los recursos energéticos libios, que fueron rápidamente ocupados por actores armados y redes económicas ilícitas. Entonces podemos afirmar que a partir de allí Libia dejó de ser únicamente escenario de su propio colapso para convertirse en un espacio estratégico donde confluyen conflictos, intereses y flujos económicos que atraviesan buena parte del continente africano.

                “La destrucción del Estado libio no generó

                         una transición política ordenada,

                      sino un vacío funcional, necesario y

                    orquestado desde EE.UU, OTAN y UE”

Hoy este país del Magreb, ocupa un lugar singular en la geopolítica regional. El sur libio conecta con un sahel atravesado por insurgencias, economías de guerra y gobiernos que buscan juntos alternativas de defensa, económicas y sociales para lograr su autodeterminación; su flanco oriental se vincula de manera directa con la guerra en Sudán y las tensiones originadas al borde del Mar Rojo; y su costa mediterránea funciona como frontera externalizada de la Unión Europea. Esta compleja posición no es accidental ni coyuntural: es el resultado directo de una intervención externa que desmanteló la soberanía libia sin construir un orden alternativo viable.    

La Libia que se configuró a partir del 2011 no puede entenderse como un país en transición ni como un simple escenario de “guerra civil”. La intervención militar externa, presentada bajo el ropaje “humanitario”, desarticuló de manera abrupta la arquitectura estatal existente sin ofrecer un mecanismo interno de recomposición. La operación militar de la OTAN contra Libia, lejos de cerrar el ciclo político, inauguró un periodo prolongado de fragmentación institucional, privatización de la violencia y disputa permanente por el control del territorio y sus recursos.

La Red Petrolera de Libia, está compartida por el Gobierno
de Unidad Nacional, los grupos rebeldes que dominan
la ciudad de Bengasi y otras milicias.

Esta anarquía armada en que se ha convertido Libia, se conecta desde el sur con las vecinas Níger y Chad, y a través de ellos con Mali y Burkina Faso. En ese espacio, la dispersión de arsenales de armas tras el 2011 fue dando paso, con el correr de los años, a un orden informal más estable, sostenido por milicias locales, redes tribales armadas y economías ilícitas que se volvieron vitales. La circulación de armas, combustible, personas y mercadería dejó de ser un fenómeno episódico para transformarse en estructural. No se trata de un vacío, sino de un territorio funcional a múltiples actores.

                     “Esta anarquía armada en que se ha

                   convertido Libia, se conecta desde el sur

                 con las vecinas Níger y Chad, y a través de

               ellos con Mali y Burkina Faso. En ese espacio,

              la dispersión de arsenales de armas tras el 2011

                    fue dando paso a un orden informal más

                 estable, sostenido por milicias locales, redes

                      tribales armadas y economías ilícitas”

Por otra parte, la porosidad del sur de Libia no significa una política deliberada de apoyo a las organizaciones armadas del sahel, pero si genera las condiciones materiales que facilitan su expansión. Los grupos yihadistas vinculados al Grupo de Defensa del Islam y los Musulmanes JNIM y la Provincia del Estado Islámico del Sahel, vinculados a Al Qaeda y al Daesh respectivamente, no necesitan respaldo estatal directo cuando existen corredores donde se compran armas, se consigue combustible, se mueven combatientes y se financian operaciones. En este sentido, la fragmentación libia opera como multiplicador de la inestabilidad saheliana, no por intención, sino por estructura.

La guerra en Sudán y la inestabilidad persistente en Chad reforzaron este patrón. El desplazamiento de combatientes, el reordenamiento de rutas y la presión sobre los mercados de armas y combustibles reconfiguraron el sur libio como espacio de absorción y redistribución de tensiones provenientes tanto del sahel como del Cuerno de África. Libia quedo así inserta en un sistema de conflictos interconectados que ya no pueden leerse de manera aislada.

Desde allí, la proyección continúa hacia el norte. Los mismos corredores que conectan Libia con el sahel y el este africano desembocan en el Mediterráneo. Migración, control fronterizo y seguridad europea completan el triángulo. Libia se convierte así en bisagra: un territorio donde confluyen la crisis de violenta yihadista del sahel; las guerras del este africano, principalmente en Sudán; y las políticas de contención que se proyectan desde el norte (Europa).

                       “Libia se convierte así en bisagra:

                    un territorio donde confluyen la crisis

                          de violenta yihadista del sahel;

                las guerras del este africano, y las políticas

              de contención que se proyectan desde el norte” 

En este punto, Libia deja de ser solo un caso nacional y pasa a funcionar como espacio de articulación de una crisis más amplia. Un estado fragmentado hacia dentro, permeable hacia fuera y central para comprender cómo se conectan, se alimentan y se sostienen los conflictos regionales: del sahel, Sudán, Cuerno de África y el Mediterráneo.  

La incógnita principal no es si Libia “volverá a ser un Estado” en el corto plazo, sino si el sistema regional permitirá -o necesitará- que eso ocurra. Mientras la gestión del desorden siga siendo más rentable que la reconstrucción, cualquier intento de unificación política chocará con intereses que operan por debajo y por encima del nivel nacional. El riesgo, entonces, no es solo la prolongación de la crisis libia, sino su normalización: que la fragmentación deje de percibirse como problema y pase a ser aceptada como forma permanente de organización del espacio territorial.    

Monday, January 19, 2026

 

CAMERÚN: LA VIOLENCIA VISTA DESDE LA SUITE DE UN HOTEL

Por: Javier F. Miranda Prieto 

Un soldado del Batallón de Intervención Rápida BIR, grupo de élite de Camerún, escolta una ceremonia en honor a
cuatro soldados muertos en la región anglófona de Ambazonia, una de las expresiones de la violencia lacerante
que padece este país del occidente africano.

Camerún parece un país inmóvil. Los y las cameruneses solo conocen a dos presidentes desde su independencia en 1960. El primero, Ahmadou Ahidjom (1960-1982), que ni siquiera puede pretender ser el padre de la independencia del país, ya que estuvo de lado de los colonizadores franceses contra la principal organización independentista: la Unión de los Pueblos de Camerún. En cuanto a su sucesor  Paul Biya, el presidente en ejercicio desde 1982, pasa la mayor parte de su mandato en una lujosa suite del Hotel Intercontinental de la ciudad de Ginebra en Suiza, acompañado de su esposa, la señora Chantal Biya, en unas siempre placenteras y recurrentes vacaciones. Esta inmovilidad, que podría sugerir estabilidad, es engañosa. Es fuente y germen de una oposición violenta que socava el país.

Una violencia extrema que proviene tanto de la región de habla inglesa, que en los últimos años ha generado un conflicto armado revindicando mayores derechos ciudadanos para la población anglófona, como de los constantes ataques de la banda yihadista nigeriana Boko Haram, que a pesar de sus divisiones internas y sus repliegues tácticos, sigue siendo una amenaza para la seguridad del pueblo camerunés.

Antes de su independencia, el 85% del territorio de Camerún estaba bajo la tutela de Francia, el resto dependía del Reino Unido. En el momento de la descolonización, las poblaciones de los territorios administrados por los ingleses, solo tenían dos posibilidades: unirse al país vecino, Nigeria, una elección hecha por una pequeña parte de los angloparlantes que habitaban Camerún, o integrarse al país recién independizado. Esta opción fue motivada por un acuerdo que definía al país como federal. Fue precisamente, este acuerdo el que Ahidjo puso en tela de juicio en beneficio de una república hiper-centralizada que rápidamente se convirtió en dictadura.

                   “Una violencia extrema que proviene

                      tanto de la región de habla inglesa,

                    que ha generado un conflicto armado

                         revindicando mayores derechos

                     para la población anglófona, como

                         de los constantes ataques de la

                 banda yihadista nigeriana Boko Haram”

El actual presidente Biya, tuvo que hacer ajustes cosméticos al régimen dictatorial para lograr la integración de la nación, pero mantuvo la política de desprecio y represión contra la población anglófona, parte de ella se ha radicalizado en las exigencias a sus derechos ciudadanos en los últimos años. En el 2017, numerosos cameruneses de habla inglesa se organizaron en milicias armadas dispuestos a luchar por la independencia de la región oeste del país, auto-proclamando la República Federal de Ambazonia, que incluye las dos provincias anglófonas de Camerún, y desconociendo al gobierno central camerunés, llegando a formar un gobierno interino en el exilio. El nombre Ambazonia se deriva de la bahía de Ambas, lugar donde los británicos llegaron por primera vez a mediados del siglo XIX.  

Paul Biya y su esposa Chantal, dos personajes bufonescos
que representan el autoritarismo y la corrupción que vive
Camerún desde hace más de 40 años.

Los cesionistas de habla inglesa han decidido militarizar su lucha. Atacan todos los símbolos del Estado camerunés. No dudan en ejercer terror sobre las poblaciones que no siguen su lema de boicotear al Estado, llegando incluso a ejecutar a estudiantes y civiles. En cuanto al ejército gubernamental, también se caracteriza por el uso de una represión desmedida, alentada por la impunidad y apoyo de gobierno central. En ambas partes se han cometido crímenes de guerra contra la población civil. Para muchos de estas poblaciones solo le queda huir. Así, más de 700 mil personas están desplazadas dentro y fuera del país.

Por lo pronto, la violencia desbordada que se vive en la región de Ambazonia podría representar uno de los principales focos que amenazaría con volver a modificar el mapa político de África. Siempre es muy delicado tomar postura ante una situación tan grave como esta, pero no podemos negar que la solución debe partir de decisiones políticas que incluyan a todos los miembros de la Nación.

           “El gobierno de Biya, quien va cumplir 44 años

                  en el poder, llevando a cuesta 92 años

               de edad, siendo el presidente más longevo

                  del mundo, dispone de un ejército de

                     más de 40 mil hombres, pero con

               militares insuficientemente capacitados

                         y precariamente equipados”

Otra expresión de la violencia que sacude a Camerún, proviene de las demenciales acciones armadas de la banda yihadista Boko Haram, que tiene como escenario los Estados del norte. La lucha contra el terrorismo confesional es la puerta abierta, para que los soldados de élite del Batallón de Respuesta Rápida BIR, puedan perpetrar graves violaciones a los derechos humanos contra la población civil. Diversas organizaciones humanitarias han documentado ejecuciones sumarias, aldeas incendiadas, personas arrestadas y torturadas y sistemáticas violaciones a mujeres y niñas. En un informe de 2024, Amnistía Internacional AI informó que la sede del BIR en la ciudad de Salak, cerca de Maroua en el centro del país, es un centro donde se perpetra la tortura. Es precisamente en este cuartel, a pocos pasos de la sala de tortura, donde soldados estadounidenses y franceses están instalados en el marco de la asistencia militar contra el terrorismo yihadista en esta parte de África.

La región sur-oeste es reclamada por los separatista de habla
inglés y las provincias del noroeste sufren las acciones de 
Boko Haram grupo proveniente de la vecina Nigeria.

Además, la región del extremo norte de Camerún se ve afectada por la escasez de recursos hídricos causada por el calentamiento global. Este fenómeno ha causado conflictos intercomunitarios entre ganaderos, agricultores y pescadores de la zona, un factor adicional que incrementa la violencia inter-étnica y comunitaria en esta región de Camerún. Esta expansión de la violencia ha generado una dinámica propia, que se traduce en el tono agresivo de las relaciones inter-étnicas, familiares, comunitarias y entre el Estado y el ciudadano, marcadas por la desconfianza, la rivalidad y el encono, alterando gravemente la convivencia entre la población. 

Para poder permanecer a la cabeza del país, Paul Biya ha sabido empuñar la zanahoria y el palo. O compra líderes de la oposición y crea organizaciones de la sociedad civil controladas por el gobierno o es la represión la que cae sobre los opositores. Así, muchos miembros del Movimiento por el Renacimiento de Camerún MRC, el principal partido político del país, están perseguidos, amenazados o encarcelados. El líder de este partido, Maurice Kamto, ex-ministro de Justicia, y probablemente ganador de las elecciones presidenciales del 2018 contra Biya, fue condenado a carcelería acusado de sedición.

                 “Camerún está en el pelotón de países

               que conforman la cola en la clasificación

                    del Índice de Desarrollo Humano y

                en la lista de Naciones más endeudadas,

               cuya deuda se ha cuadruplicado del 12%

                     en el 2010 al 48.85% en el 2025”

En su propio campo, Biya despide a toda personalidad que pueda ser una amenaza para él. Su arma favorita es el encarcelamiento por corrupción. Sorprendentemente, es un recurso muy efectivo, ya que todo su clan (ministros, asistentes, gobernadores) suele coger alegremente dinero de las arcas estatales.

Camerún gobernado por Biya, quien va cumplir 44 años en el poder, llevando a cuestas 92 años de edad, siendo el presidente más longevo del mundo, dispone de un ejército de más de 40 mil hombres, pero con militares insuficientemente capacitados y precariamente equipados, en razón de la generalizada corrupción que padece la estructura militar, conformada por militares mediocres que desvían, la mayor parte de los presupuestos destinados para defensa, a sus cuentas personales, en una sórdida complicidad con el presidente, que le ha permitido, hasta ahora, no ser derrocado por un golpe de Estado.

Como resultado de esta dramática situación política, Camerún está en el pelotón de países que conforman la cola en la clasificación del Índice de Desarrollo Humano y en la lista de Naciones más endeudadas, cuya deuda se ha cuadruplicado del 12% en el 2010 al 48.85% en el 2025. Pero para la pareja presidencial, Paul y Chantal Biya, le va ser muy difícil, advertir y solucionar la lacerante violencia y la critica situación económica que padece su país desde la cómoda suite de un hotel.  

Thursday, January 15, 2026

ACUERDO CONGO-RUANDA:

EL REGRESO DE EE.UU AL TABLERO AFRICANO 

Por: Javier F. Miranda Prieto 

A pocas semanas de cumplirse un año ( el 28 de diciembre) de la violenta toma de las ciudades de 
Bukavu y Goma, capitales de las provincias de Kivu ubicadas al este de la RDC, el Acuerdo de
Paz firmado entre el Congo y Ruanda no está cumpliendo los fines esperados.

A principios de diciembre, los presidentes de la República Democrática del Congo RDC Félix Tshisekedi y de Ruanda, Paul Kagame, ratificaron en Washington los Acuerdos para la Paz y Prosperidad entre ambos países. Un acto presidido por su principal negociador, Donald Trump. El trasfondo económico de este acuerdo revela un tablero geopolítico global mucho más complejo. Situando a la RDC, el segundo país más extenso y poblado de África, en un campo de batalla entre China y Estados Unidos disputándose el dominio de sus minerales críticos, imprescindibles para las nuevas tecnologías y la transición energética global. Una carrera cuya meta es controlar las cadenas de suministro y asegurar posiciones de influencia económica planetaria.

El pacto aspira a poner fin a décadas de violencia en el este del Congo, pero lo hace en un contexto en el que la seguridad, inversión y explotación de recursos forman parte de la misma ecuación. La RDC produce más del 70% del cobalto mundial, un mineral considerado el petróleo del siglo XXI, por ser indispensable para la fabricación de baterías de litio, la electrónica de consumo, defensa y todas las tecnologías vinculadas a las energías limpias. A ello se suma ser el principal país del globo en reservas de coltán y el segundo de cobre, además de poseer enormes yacimientos de germanio y litio, entre otros minerales críticos. Una fuente de riqueza a la que, a partir de ahora, deberían de tener acceso prioritariamente las empresas norteamericanas gracias a este tratado de paz.

Con esta iniciativa, Trump intenta corregir la escaza participación histórica de los Estados Unidos en el Congo, así como limitar la influencia de China en las inversiones mineras de este gigante país africano. Washington exhibe este interés mediante una diplomacia orientada a pacificar la región y abrir la puerta a inversiones millonarias de empresas estadounidenses. A ello se suma el impulso de proyectos como la Represa Gran Inga, megaproyecto hidroeléctrico instalado en el rio Congo, clave para abaratar el costo energético, o el corredor ferroviario al puerto angoleño de Lobito, concebido como alternativa a las rutas que ahora canalizan los minerales congoleños hacia China. Se trata de una estrategia que busca romper el monopolio de Pekín sobre la cadena de valor del cobalto, restándole capacidad para fijar precios y volúmenes en el mercado global de los minerales.

                  “Durante dos décadas, Pekín ha tejido una

                estrecha red de intereses económicos y políticos

               con Kinshasa; Trump intenta corregir la escasa

           participación histórica de EEUU en el país africano”

China por su parte, observa estos movimientos con preocupación. Durante dos décadas, Pekín ha tejido una estrecha red de intereses económicos y políticos con Kinshasa, a través de una combinación de inversiones masivas, diplomacia pragmática y acuerdos de infraestructuras a cambio de concesiones mineras. Sus empresas no solo extraen minerales, sino que también financian carreteras, represas y redes eléctricas cruciales tanto para el país como  para el propio sector minero.

El conflicto armado que se vive en la RDC tiene como telón
de fondo el control de un gran negocio: la explotación y
venta de minerales clave para la actual industria de alta 
 tecnología, que produce las grandes potencias. 

La planificación estratégica china le ha permitido controlar más de70% de la capacidad mundial de extracción y refinado de cobalto a través de la empresa CMOC (China Molybdenum Co. Ltd.), la principal firma mundial del sector. Este dominio le ha proporcionado a China, en los últimos años, una ventaja competitiva que inquieta principalmente a la Casa Blanca y que explica la voluntad de Trump de regresar al tablero africano.

La respuesta china a los planes de Washington no se ha hecho esperar en el ámbito económico. Empresas estatales del país asiático, como la China Nonferrous Mining Group CNMG o la Zijin Mining Group ZMG, están acelerando sus proyectos de modernización y expansión de refinerías para garantizar el flujo de los minerales congoleños hacia su industria. Al mismo tiempo, Pekín intenta convencer al gobierno de Kinshasa de las ventajas de su modelo de cooperación, basado en beneficios mutuos y la no injerencia política, ante los costos potenciales de una alienación excesiva con Washington en términos de autonomía económica, que ha beneficiado en especial al comercio norteamericano.

Por otro lado, Kinshasa aspira a dar un salto industrial que le permita refinar y procesar parte de su propia producción y reducir así su dependencia de los centros de procesamiento externos. Pero, si no juega bien sus cartas, corre el riesgo de quedar atrapado en el enfrentamiento entre las dos superpotencias y ver relegadas sus prioridades domesticas a un segundo plano. En este contexto, la competencia geopolítica y geoeconómica puede jugar a favor o en contra del Congo, si bien la rivalidad entre Pekín y Washington   amplía su margen de maniobra.

                 “El pulso entre China y EE.UU por dominar

                     el flujo de minerales congoleños forma

                  parte de la disputa por el control del nuevo

                    orden energético mundial del siglo XXI”

La realidad es que lo que está en juego trasciende la minería. El pulso entre China y EE.UU por dominar el flujo de minerales congoleños forma parte de la disputa por el control del nuevo orden energético mundial del siglo XXI. Para Washington, asegurar un suministro estable de minerales como el cobalto o el coltán es un objetivo estratégico que busca sostener sus avances industriales y reducir sus vulnerabilidades estratégicas. Para Pekín, mantener e incluso ampliar su ventaja en el control de las materias primas no es solo una cuestión económica, sino de protección estratégica. Su dominio en la extracción y el procesamiento le otorga una influencia directa sobre los mercados clave. Es una de sus principales vías hacia el liderazgo global.

En este contexto el Congo se convierte, una vez más, en el campo de batalla entre las grandes potencias por sus recursos minerales. El desenlace de este choque de titanes se anuncia largo y complejo. La incógnita es si esta vez el país africano logrará transformar su gran ventaja geológica en una estrategia económica propia o sí, una vez más, su riqueza seguirá siendo el motor del desarrollo ajeno. Pero lo cierto, es que este nuevo escenario significará el regreso de Estados Unidos al tablero africano.

Tuesday, January 13, 2026

SUDÁN: MIL DÍAS DE UNA CATÁSTROFE HUMANITARIA

Por: Javier F. Miranda Prieto 

La situación humanitaria en Sudán ha empeorado en el último año y hay pocas esperanzas que
mejore en 2026, a menos que aumente la presión internacional sobre las partes beligerantes 
y se incremente la ayuda a la población.

Diversas organizaciones humanitarias destacadas en Sudán han denunciado que la guerra que se desarrolla en este país africano, y que el pasado viernes cumplió mil días desde su inicio, se ha convertido en una catástrofe silenciosa que ha devastado la vida de millones de niños.

Esta cifra no es solo simbólica. Son mil días de violencia, de miedo, de hambre y de perdida para toda una generación de niños. Más de 15 millones de menores sudaneses son los afectados directos por este conflicto armado ubicado en el oriente africano, quienes han pasado toda su infancia bajo el sonido de las bombas, por los brutales enfrentamientos entre el ejército regular sudanés y la banda de paramilitares agrupados en la llamada Fuerzas de Apoyo Rápido RSF.

A lo largo del 2025, la situación en Sudán ha venido deteriorándose cada vez más, desde que comenzó esta absurda guerra civil en abril de 2023. Desde entonces, Sudán, un país rico en petróleo y oro, con vastas tierras agrícolas, se ha convertido en lo que las NN.UU denominan la mayor crisis humanitaria y de desplazamiento en el mundo.

Según la ONU, unos 14 millones de personas siguen desplazadas dentro de Sudán y en los países vecinos. Mientras el número estimado de muertos oscila entre las 4 mil y 250 mil personas. No se dispone de cifras más precisas o actualizadas, ya que los combates continúan, las comunicaciones por internet y vía satélite están restringidas y muchas organizaciones humanitarias y observadores han abandona el país.

                         “Esta cifra no es solo simbólica.

                       Son mil días de violencia, de miedo,

                        de hambre y de perdida para toda

                                una generación de niños”

Sudán se ha convertido en una de las mayores crisis humanitarias infantiles del mundo y, sin embargo, sigue siendo una de las más olvidadas. Desde Puerto Sudán, organizaciones humanitarias como: Save The Children, han advertido en su último informe anual, que estos niños son desplazados a la fuerza, separados de sus familias, expuestos a violencia extrema, sin acceso a educación, a atención sanitaria básica y en muchos casos sin saber si mañana tendrán algo que comer. Este conflicto ha destruido los medios de vida de la población, paralizando los mercados, la pequeña producción artesanal y el comercio entre los pueblos de la zona.

Esta situación se suma al colapso del sistema sanitario, dado que el 70% de los centros de salud no funcionan. En este contexto, en 2025 un brote de cólera dejó más de 72 mil personas enfermas y más de 2 mil muertos. Una situación que se ve agravada por los recortes de la ayuda humanitaria proveniente de los países desarrollados durante los últimos años, que ha tenido un impacto especialmente duro en Sudán.

Estas organizaciones han precisado, que pedir mayor atención o ayuda a Sudán no implica que haya que olvidarse de lo que está pasando en Gaza o en Ucrania, en un momento en el que estas crisis han concentrado la atención de la comunidad internacional.

                   “Sudán, un país rico en petróleo y oro,

                        con vastas tierras agrícolas, se ha

                         convertido en lo que las NN.UU

                   denominan la mayor crisis humanitaria

                        y de desplazamiento en el mundo”

Por todo ello, diversas organizaciones de ayuda han reiterado la necesidad inmediata de un alto el fuego para permitir también un aumento de la entrega de ayuda por parte de los países desarrollados y de las agencias de las Naciones Unidas, especialmente en los lugares más vulnerables, que se centran en la capital de Darfur, la ciudad El Fasher, Kadugli, Dilling, las montañas Nuba, lugar que durante los últimos meses ha sido escenario de los principales combates y la provincia de Kordofán, una región estratégica por sus yacimientos petrolíferos y culturalmente significativa para Sudán.

Por último, los observadores en la zona del conflicto han puntualizado que una de las prioridades para hacer frente a esta dramática situación es que haya una “presión política”, tanto de parte de las fuerzas militares en disputa, como de la Unión Europea y los Estados Unidos, para que la ayuda humanitaria pueda llegar prontamente a las personas más vulnerables, y una mayor preocupación ante las denuncias sobre la falta de atención al conflicto y la ausencia de avance en el plano diplomático de cara a un esperado y pero cada vez más lejano acuerdo de paz.  

Friday, January 9, 2026

UCRANIA, TRUMP Y LA HIPOCRESÍA SOBRE VENEZUELA

Por: Javier F. Miranda Prieto 

Helicóptero norteamericano en donde fue trasladado el presidente venezolano Nicolás Maduro,
el pasado sábado 3 de diciembre, al helipuerto Westside en Nueva York, luego
que fuera derrocado después de una brutal intervención militar. 

Cuando Rusia invadió Ucrania en 2022, la indignación occidental fue absoluta. Sin embargo, hoy reina un silencio sepulcral ante la agresión de Estados Unidos frente a Venezuela. La forma en que los medios y politos encuadran esta invasión revela una profunda y cínica vara de medir.

Eran las dos de la madrugada del pasado sábado 3 de enero cuando los habitantes de Caracas fueron despertados por el rugido de cazas de combate y el estallido de misiles. Puntos estratégicos como la base militar Fuerte Tiuna y el aeropuerto de La Carlota fueron bombardeados sin piedad. Gran parte de la ciudad quedo a oscuras mientras densas columnas de humo teñían el horizonte de negro.

Mientras las familias huían a la calle presas de pánico, las redes sociales difundían la noticia: unidades de élite norteamericanas habían ejecutado una operación brutal. El presiente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron secuestrados por comandos de estados Unidos y trasladados fuera del país. Se trataba de una violación inaudita de la soberanía de un Estado independiente.

Donald Trump se atribuyó la victoria a través de su plataforma Truth Social. Calificó el ataque de “éxito” y anunció que Estados Unidos asumirá provisionalmente el gobierno del país. Este episodio evoca inevitablemente los tiempos más oscuros, cuando Washington derrocaba o secuestraba a líderes latinoamericanos a su antojo.

                    “Mientras Putin era presentado como

                 un peligro existencial para la humanidad,

                 Trump es tratado como un jefe de Estado

                        que toma “una audaz decisión”

                                de política exterior”

El contraste con la cobertura de la invasión de Ucrania en 2022 no podía ser mayor. En aquel entonces, Vladimir Putin fue retratado en cada diario como el “diablo en persona”. El foco se centró obsesivamente en su persona, su supuesta locura, sus perversas intenciones. Se le dio al agresor un rostro diseñado para su odio.

Hoy, con Trump, los medios de comunicación adoptan un enfoque radicalmente distinto. A penas se menciona una condena moral hacia su figura como criminal de guerra. Se le presenta como un líder pragmático -aunque brutal- que simplemente “pone orden”. La agresión se describe de forma casi clínica, despojada de la carga emocional que inundó la invasión rusa.  

Mientras Putin era presentado como un peligro existencial para la humanidad, Trump es tratado como un jefe de Estado que toma “una audaz decisión” de política exterior. Esta personificación del mal por un lado, y la normalización de la agresión por el otro, manipula de forma extrema la opinión pública.   

La forma de tratar a los líderes atacados también evidencia una selectividad repugnante. Durante la invasión a Ucrania, Volodímir Zelenski fue coronado de inmediato como paladín definitivo de la democracia. Cualquier crítica a su gestión previa a la guerra fue borrada de la prensa occidental como si nunca hubiera existido.

                  “La forma de tratar a los líderes atacados

             también evidencia una selectividad repugnante.

          Durante la invasión a Ucrania, Volodímir Zelenski

                 fue coronado de inmediato como paladín

                           definitivo de la democracia”

Se silenció la prohibición de los partidos de la oposición y la cruenta guerra en el Donbás, que entre 2014 y 2022 costó la vida de 14 mil personas. Tampoco el drama de Odesa, donde unos 40 sindicalistas fueron quemados vivos, encajaba en la narrativa heroica. Simplemente se eliminó de la cobertura mediática.

En el caso de Venezuela ocurre lo contrario. El foco mediático recae exclusivamente en lo “malo” que es Maduro. Cada noticia sobre la invasión viene acompañada de un inventario de supuestas deficiencias basándose en interpretaciones sesgadas y exageraciones (masacres, asesinatos en serie) nunca probadas.

La Casa Blanca justifica el secuestro vinculando a Maduro con cárteles de la droga. Es un argumento que no se sostiene: las principales rutas de la cocaína pasan por Ecuador y Colombia. Aun así, los medios olvidan mencionarlo, legitimando así la agresión militar ante la audiencia. En la actualidad, el mismo Departamento de Justicia de Estados Unidos se ha visto obligado ha eliminar las alusiones al llamado Cartel de Los Soles en la imputación penal contra el ex-presidente venezolano ante la falta de pruebas sobre esta acusación.

                “El foco mediático recae exclusivamente

               en lo “malo” que es Maduro. Cada noticia

                   sobre la invasión viene acompañada

                       de un inventario de supuestas

             deficiencias basándose en interpretaciones

             sesgadas y exageraciones nunca probadas”

El parangón con Ucrania es evidente y elocuente, así como con otros países que han padecido brutales intervenciones militares por parte de los Estados Unidos. El caso Libia es muy revelador. En el 2011, senadores norteamericanos como Marco Rubio, Lindsey Graham y John McCain, abonaban a la narrativa dominante de esa época, con justificaciones como: occidente derrocó a Gadafi por “razones humanitarias” para liberar al país de un dictador asesino. Convenientemente, olvidaron mencionar que Libia tenía las mayores reservas de petróleo en África.

Libia era una de las naciones más ricas, prosperas y relativamente seguras del continente africano; tras el derrocamiento de Gadafi, se convirtió en uno de los países más pobres, inseguros y devastados, debido a las continuas guerras civiles y a las numerosas fracciones integristas que se disputan el control de esta nación, los mismos grupos yihadistas que occidente, liderado por los Estados Unidos, financió para derrocar al líder libio.

Ahora, Marco Rubio y Lindsey Graham han sido los principales promotores y defensores de la intervención militar estadounidense en Venezuela, y hoy tienen la mirada puesta en Irán. No son “libertadores”, son saqueadores. Estos personajes siguen usando la misma narrativa, el mismo discurso, la misma prepotencia militar y la misma hipocresía de siempre.       

Thursday, January 1, 2026

 SOMALILANDIA: 

¿ISRAEL CON UN PIE EN EL CUERNO DE ÁFRICA?

Por: Javier F. Miranda Prieto 

Los residentes de Somalilandia ondean su bandera nacional en el centro de Hargesai, su capital,
el pasado 26 de diciembre, cuando Israel reconoció a este país africano
como Estado independiente y soberano.

La proclamación de Israel de reconocer oficialmente a Somalilandia como un “Estado independiente y soberano” reactivo una discusión histórica sobre la legitimidad, el derecho internacional y el equilibrio geopolítico en el África oriental. Aunque para algunos observadores se trata de un paso estratégico, para otros representa una amenaza directa a la estabilidad regional y a la integridad territorial de Somalia.

Como recordamos, Somalilandia es una provincia rebelde ubicada al norte de Somalia, en el Cuerno de África, que se autoproclamó independiente en 1991, tras la caída del régimen dictatorial de Mohamed Siad Barre. Este territorio había sido previamente un Protectorado Británico hasta su independencia en 1960. Pero su autonomía le duro poco, ya que luego se fusionó con la Somalia italiana, también recién independizada.

Las diferencias de Somalilandia y el resto de las regiones de Somalia, comenzaron casi inmediatamente después de la fundación de la Republica de Somalia en 1961. Luego de décadas de una cruenta guerra civil en territorio somalí, en 1991 Somalilandia declara de manera unilateral su independencia, sin recibir hasta ahora, el reconocimiento de ningún país a nivel internacional.

                “La reciente decisión israelí de reconocer

               a Somalilandia no es un gesto diplomático

                 aislado, sino el último movimiento de

          una estrategia de control militar y geopolítico

                        sobre el Cuerno de África”

La reciente decisión israelí de reconocer a Somalilandia no es un gesto diplomático aislado, sino el último movimiento de una estrategia de control militar y geopolítico sobre el Cuerno de África. La reedición, en pleno siglo XXI, de la vieja lógica colonial.

Israel se ha convertido en el primer país del mundo en reconocer oficialmente a Somalilandia, la región separatista de Somalia. Todo apunta que Estados Unidos seguirá la misma senda. No estamos ante una casualidad ni ante un súbito interés por la autodeterminación africana. Este reconocimiento funciona como llave de acceso: un permiso para instalarse, influir y mandar en una de las zonas geo-estratégicas más importantes del mundo.

Somalilandia ocupa el vértice noreste del Cuerno de África.
Hargesai es su capital y Berbera su puerto estratégico. Su
relativa estabilidad, ha alimentado su aspiración de
ser reconocida internacionalmente.

 

Detrás de la neutralidad diplomática se esconde una jugada que huele a siglo XIX. La primera pieza del tablero es militar. Bases permanentes, tropas, misiles. Un enclave desde el que apuntar a Yemen y controlar el Golfo de Adén, paso obligado hacia el Mar Rojo. Convertir un corredor marítimo vial en un espacio vigilado. Controlar, condicionar, disciplinar. No se trata de “seguridad”, sino de hegemoníaLa segunda pieza es la competencia geopolítica. En Djibuti se ubica la única base militar china en África. La respuesta no es apostar por la cooperación civil, sino ampliar el despliegue armado. Somalilandia se convierte así en una ficha sacrificable en una disputa global que no le pertenece.

                     “Un enclave desde el que apuntar a

                     Yemen y controlar el Golfo de Adén,

                       paso obligado hacia el Mar Rojo.

                   Convertir un corredor marítimo vial

                             en un espacio vigilado” 

Y la tercera pieza de este tablero, la más oscura, es la externalización del problema palestino. La idea: deportaciones de gazatíes hacia el Cuerno de África mientras Gaza se “libera” para otros proyectos. Un traslado forzoso de población hacia un territorio empobrecido y sin voz internacional. Convertir una tragedia humana en un asunto logístico.

Nada de esto es nuevo. Somalia ya fue dividida por potencias coloniales europeas a fines del XIX. Aquella cartografía impuesta vuelve hoy reeditada. Despachos lejanos redibujan las fronteras, las vidas locales vuelven a ser prescindibles. Las élites globales deciden, los pueblos africanos pagan.

Reconocer a Somalilandia no equivale a apoyar la autodeterminación. Es abrir una plataforma militar y económica sobre tierra ajena. Es reactivar la lógica colonial: comprar lealtades, fragmentar Estados débiles, utilizar territorios enteros como lanzaderas de guerra.

Mientras tanto, la población local permanece al margen. Somalilandia convertida en moneda de cambio. Somalia, más debilitada. El Cuerno de África, reducido otra vez a “zona estratégica” en lugar de hogar de millones de personas.

La estrategia es transparente: militarizar, controlar rutas marítimas, expandir influencia y, de paso, exportar el problema palestino. Todo ello envuelto en fino lenguaje diplomático. Todo ello ignorando la soberanía africana y los derechos humanos.

                    “No estamos ante un asunto bilateral.

                   Está en juego el derecho internacional,

                 la integridad territorial africana y la vida

                 de miles de personas en una región frágil” 

Lo que se abre no es un horizonte de paz, sino el regreso al vocabulario imperial: zonas de influencia, intereses estratégicos, equilibrios regionales. Palabras que ya devastaron continentes. Y la pregunta es inevitable: ¿Permitirá la comunidad internacional que se repita en África el colonialismo más crudo?

Como vemos, no estamos ante un asunto bilateral. Está en juego el derecho internacional, la integridad territorial africana y la vida de miles de personas en una región frágil. Está en juego si el mundo camina hacia relaciones justas o hacia la ley del más fuerte.

Si los gobiernos vuelven a mirar hacia otro lado, el mensaje será claro: los países pobres siguen siendo terreno disponible para el uso estratégico de las potencias.

El reconocimiento de Somalilandia no es una formalidad. Es una alarma, que seguirá sonando durante toda el nuevo año que empieza. Conviene escucharla ahora antes que sea demasiado tarde, cuando Israel termine de poner su pie en el Cuerno de África.