Tuesday, January 27, 2026

 TRUMP EN ÁFRICA: ¿ESTRATEGIA O EXTORSIÓN?

Por: Javier F. Miranda Prieto 

Donald Trump está convencido que cambiará las relaciones de Estados Unidos y África.
La nueva centralidad que goza África en el escenario mundial, requerirá adaptarse
a la nueva política que emprenderá la Casa Blanca en el continente.

En medio de un comienzo de año turbulento -Venezuela, Groenlandia, Irán- y el surgimiento de la “Doctrina Donroe”, los responsables políticos mundiales se están ajustando a un Estados Unidos cada vez más enérgico e intervencionista, decidido a imponer sus reglas.

Esta doctrina forma parte de la Estrategia de Seguridad Nacional de los EE.UU. para 2026 como un “corolario de Trump” a la Doctrina Monroe del siglo XIX, cuyo objetivo era afirmar el dominio geopolítico norteamericano en todo el hemisferio occidental. Sin duda, sus implicancias tendrán repercusiones globales. África no es la excepción, a pesar de que solo aparece en tres párrafos de la estrategia.

Este momento representa un regreso a la competencia entre grandes potencias, con Washington y Pekín como los polos principales. África no es ajena a estas rivalidades. El continente arrastra las cicatrices de los conflictos por poderes y la competencia colonial de la Guerra Fría, y corre el riesgo de convertirse nuevamente en un escenario de competencia por sus recursos, mercados y posiciones geoestratégicas. A esto se suma el enfoque cada vez más evasivo de los EE.UU respecto al multilateralismo. Al interactuar selectivamente con las instituciones internacionales o eludirlas, Estados Unidos está erosionando la credibilidad de la arquitectura global. El mensaje subyacente es claro: la fuerza es la razón, y las instituciones que limitan la acción estatal norteamericana son prescindibles.

                   “Esta doctrina forma parte de la Estrategia 

         de Seguridad Nacional como un “corolario de Trump” 

            a la Doctrina Monroe del siglo XIX, cuyo objetivo

           era afirmar el dominio geopolítico norteamericano 

                          en todo el hemisferio occidental”

En este perverso orden emergente, los fuertes imponen las reglas y los débiles asumen las consecuencias. Para los Estados africanos, con un poder y una influencia limitada -aunque con distintos grados-, existen motivos de preocupación. Se requiere agilidad estratégica, destreza diplomática y una evaluación clara de los intereses nacionales.

La mayoría de los países africanos simplemente no pueden seguir el juego de las grandes potencias de antaño, ni de la que actualmente defiende Washington. Por consiguiente, muchos seguirán siendo meros cumplidores de las nuevas reglas, a medida que la política exterior norteamericana abandone toda pretensión.

Las implicancias más perniciosas podrían contrarrestarse si los Estados africanos se unen para aprovechar su influencia colectiva. Sin embargo, es igualmente probable que se produzca una mayor fragmentación, ya que los países podrían priorizar acuerdos comerciales y de seguridad en represalia por el accionar de actores externos.

En una época de pérdida de confianza en el sistema político y financiero global, la política económica se ha enmarcado cada vez más desde una perspectiva de seguridad nacional. Este cambio comenzó durante el primer mandato de Donald Trump, se aceleró con la pandemia del Covid-19 y la guerra entre Rusia y Ucrania, y continúo bajo la administración de Joe Biden.

                      “El principal interés económico de

                          Estados Unidos será asegurar

                   cadenas de valor de minerales cruciales

           (cobalto, coltán, litio, cobre, tierras raras y grafito)

                          en la carrera contra China por 

                            dominar industrias futuras”

Ahora bajo el liderazgo de un empoderado Donald Trump, la agenda de desglobalización y de reducción de riesgos se ha acelerado en lo que el Financial Times describe como un retorno del “imperialismo de los recursos”.

Trump desde su primera gestión trato de acercarse a África.
Ahora las reuniones con mandatarios de la región 
responderán a una estrategia de sometimiento
y extorsión.

Inevitablemente, África emerge como un escenario estratégico debido a su capacidad de suministro. El principal interés económico de Estados Unidos será asegurar cadenas de valor de minerales cruciales -cobalto, coltán, litio, cobre, tierras raras y grafito- en la carrera contra China por dominar industrias futuras como los semiconductores, los vehículos eléctricos y las baterías. Aunque el énfasis retorico de Trump sigue centrado en la recuperación de los combustibles fósiles del siglo XIX -petróleo, carbón y gas- para el dominio energético estadounidense, la rivalidad industrial subyacente con China es prospectiva (mirando el futuro). Pekín ya lidera las tecnologías de energía limpia y el procesamiento de minerales, lo que obliga a Washington a centrarse menos en el liderazgo climático y más en el control de los insumos.

                     “África arrastra las cicatrices de los

                   conflictos por poderes y la competencia

                  colonial de la Guerra Fría, corriendo el

                    riesgo de convertirse en escenario de

                    pugnas y conflictos por sus recursos,

                  mercados y posiciones geoestratégicas”

Esta lógica determinará la intervención económica de los EE.UU. Probablemente se centrará en las zonas ricas en recursos minerales -desde la RD del Congo y Zambia hasta Namibia, Mozambique y Guinea-, en lugar de una interacción comercial más amplia.

Los procesos de paz, muy numerosos y fallidos en el continente africano, podrían reflejar cada vez más acuerdos bilaterales de intercambio de intereses, en los que la paz se intercambia por acceso político o recursos, en lugar de acuerdos con fundamento institucional, que trate de solucionar los orígenes del conflicto. Los acuerdos con la RD del Congo y Ruanda revelan la estrategia que probablemente se utilizará en otros escenarios de violencia.

Finalmente, el resurgimiento de la actividad terrorista islámica en diversas partes de África, ofrece un tercer punto de entrada para las intervenciones de seguridad norteamericana. Si bien la Estrategia de Seguridad Nacional advierte contra los compromisos a largo plazo, las frecuentes amenazas islamistas permiten intervenciones rápidas que podrían derivar en el incremento de la violencia armada, pero también en una mayor influencia geopolítica y económica. 

Los recientes ataques aéreos estadounidenses contra Nigeria bajo el pretexto de la lucha a favor de la población cristiana en la región del noroeste del país ilustran el enfoque que Washington puede utilizar: selectivo, de corto plazo, inopinado y en contra de los marcos de paz y seguridad regional e internacional.

                      “Como se ve, podría haber muchas

                 desventajas para ciertos Estados africanos, 

               ya que las reglas del juego solo responderían

             a los intereses y objetivos de los Estados Unidos”

Como se ve, podría haber muchas desventajas para ciertos Estados africanos,  ya que las reglas del juego solo responden a los intereses y objetivos de los Estados Unidos. Los gobiernos africanos dispuestos a ceder probablemente serían recompensados con acuerdos económicos, pero abdicando de sus derechos patrimoniales y territoriales, cediendo su soberanía y sus prioridades nacionales. Con el agravante de perder apoyo interno, distanciándose de otros socios de larga data y debilitando aún más el orden internacional basado en normas.

Para los Estados africanos en particular, esto significa poner en peligro la agenda colectiva de paz, seguridad y desarrollo del continente, que sólo puede lograrse mediante una integración regional más equitativa y equilibrada.

Para impulsar la integración de África ante las dificultades geopolíticas que soplan desde Washington, sus líderes deben unirse en pos de una visión común. De lo contrario, la historia que todos conocemos, podría repetirse.

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