Thursday, January 22, 2026

 

LIBIA: BISAGRA GEOPOLÍTICA DE CONFLICTOS REGIONALES

Por: Javier F. Miranda Prieto 

La intervención extranjera en Libia ha profundizado la fragmentación del país. Actores globales
y regionales compiten por recursos petroleros, poder e influencia. Esta gran pugna
afecta la estabilidad y seguridad del Sahel, el Cuerno de África y el Mediterráneo.

Quince años después del asesinato del líder libio Muammar Gadaffi, Libia no es solo un país fragmentado, es un espacio clave donde confluyen las guerras del Sahel, la devastación sudanesa y la proximidad al estratégico Cuerno de África. Lejos de un conflicto aislado, el territorio libio funciona como centro de un sistema regional basado en la gestión del desorden.

A quince años de la intervención militar de 2011, Libia continúa atrapada en una crisis que ya no puede explicarse únicamente en términos internos. La destrucción del Estado libio comenzó mucho antes de aquel 20 de octubre, fecha en la que fue asesinado el coronel Gadaffi. Aquella brutal ofensiva, impulsada políticamente por los Estados Unidos y ejecutada por la OTAN -con Francia y Reino Unido a la cabeza- bajo el amparo de una resolución de Naciones Unidas presentada como “humanitaria”, que no se limitó a proteger civiles. El bombardeo sistemático y el colapso del aparato estatal culminaron con la caída de un Estado próspero que además abrió un círculo de fragmentación institucional cuyas consecuencias siguen reconfigurando el mapa regional. Hoy Libia ya no puede ser reconstruida ni social ni políticamente.

Desde entonces, la sucesión de gobiernos civiles débiles, milicias armadas sin control y una soberanía dispersa suele ser presentada como un problema doméstico, casi endémico. Sin embargo, esa lectura resulta insuficiente. La destrucción del Estado libio no generó una transición política ordenada, sino un vacío funcional, necesario y orquestado desde EE.UU, OTAN y UE, acorde a los intereses detrás de los recursos energéticos libios, que fueron rápidamente ocupados por actores armados y redes económicas ilícitas. Entonces podemos afirmar que a partir de allí Libia dejó de ser únicamente escenario de su propio colapso para convertirse en un espacio estratégico donde confluyen conflictos, intereses y flujos económicos que atraviesan buena parte del continente africano.

                “La destrucción del Estado libio no generó

                         una transición política ordenada,

                      sino un vacío funcional, necesario y

                    orquestado desde EE.UU, OTAN y UE”

Hoy este país del Magreb, ocupa un lugar singular en la geopolítica regional. El sur libio conecta con un sahel atravesado por insurgencias, economías de guerra y gobiernos que buscan juntos alternativas de defensa, económicas y sociales para lograr su autodeterminación; su flanco oriental se vincula de manera directa con la guerra en Sudán y las tensiones originadas al borde del Mar Rojo; y su costa mediterránea funciona como frontera externalizada de la Unión Europea. Esta compleja posición no es accidental ni coyuntural: es el resultado directo de una intervención externa que desmanteló la soberanía libia sin construir un orden alternativo viable.    

La Libia que se configuró a partir del 2011 no puede entenderse como un país en transición ni como un simple escenario de “guerra civil”. La intervención militar externa, presentada bajo el ropaje “humanitario”, desarticuló de manera abrupta la arquitectura estatal existente sin ofrecer un mecanismo interno de recomposición. La operación militar de la OTAN contra Libia, lejos de cerrar el ciclo político, inauguró un periodo prolongado de fragmentación institucional, privatización de la violencia y disputa permanente por el control del territorio y sus recursos.

La Red Petrolera de Libia, está compartida por el Gobierno
de Unidad Nacional, los grupos rebeldes que dominan
la ciudad de Bengasi y otras milicias.

Esta anarquía armada en que se ha convertido Libia, se conecta desde el sur con las vecinas Níger y Chad, y a través de ellos con Mali y Burkina Faso. En ese espacio, la dispersión de arsenales de armas tras el 2011 fue dando paso, con el correr de los años, a un orden informal más estable, sostenido por milicias locales, redes tribales armadas y economías ilícitas que se volvieron vitales. La circulación de armas, combustible, personas y mercadería dejó de ser un fenómeno episódico para transformarse en estructural. No se trata de un vacío, sino de un territorio funcional a múltiples actores.

                     “Esta anarquía armada en que se ha

                   convertido Libia, se conecta desde el sur

                 con las vecinas Níger y Chad, y a través de

               ellos con Mali y Burkina Faso. En ese espacio,

              la dispersión de arsenales de armas tras el 2011

                    fue dando paso a un orden informal más

                 estable, sostenido por milicias locales, redes

                      tribales armadas y economías ilícitas”

Por otra parte, la porosidad del sur de Libia no significa una política deliberada de apoyo a las organizaciones armadas del sahel, pero si genera las condiciones materiales que facilitan su expansión. Los grupos yihadistas vinculados al Grupo de Defensa del Islam y los Musulmanes JNIM y la Provincia del Estado Islámico del Sahel, vinculados a Al Qaeda y al Daesh respectivamente, no necesitan respaldo estatal directo cuando existen corredores donde se compran armas, se consigue combustible, se mueven combatientes y se financian operaciones. En este sentido, la fragmentación libia opera como multiplicador de la inestabilidad saheliana, no por intención, sino por estructura.

La guerra en Sudán y la inestabilidad persistente en Chad reforzaron este patrón. El desplazamiento de combatientes, el reordenamiento de rutas y la presión sobre los mercados de armas y combustibles reconfiguraron el sur libio como espacio de absorción y redistribución de tensiones provenientes tanto del sahel como del Cuerno de África. Libia quedo así inserta en un sistema de conflictos interconectados que ya no pueden leerse de manera aislada.

Desde allí, la proyección continúa hacia el norte. Los mismos corredores que conectan Libia con el sahel y el este africano desembocan en el Mediterráneo. Migración, control fronterizo y seguridad europea completan el triángulo. Libia se convierte así en bisagra: un territorio donde confluyen la crisis de violenta yihadista del sahel; las guerras del este africano, principalmente en Sudán; y las políticas de contención que se proyectan desde el norte (Europa).

                       “Libia se convierte así en bisagra:

                    un territorio donde confluyen la crisis

                          de violenta yihadista del sahel;

                las guerras del este africano, y las políticas

              de contención que se proyectan desde el norte” 

En este punto, Libia deja de ser solo un caso nacional y pasa a funcionar como espacio de articulación de una crisis más amplia. Un estado fragmentado hacia dentro, permeable hacia fuera y central para comprender cómo se conectan, se alimentan y se sostienen los conflictos regionales: del sahel, Sudán, Cuerno de África y el Mediterráneo.  

La incógnita principal no es si Libia “volverá a ser un Estado” en el corto plazo, sino si el sistema regional permitirá -o necesitará- que eso ocurra. Mientras la gestión del desorden siga siendo más rentable que la reconstrucción, cualquier intento de unificación política chocará con intereses que operan por debajo y por encima del nivel nacional. El riesgo, entonces, no es solo la prolongación de la crisis libia, sino su normalización: que la fragmentación deje de percibirse como problema y pase a ser aceptada como forma permanente de organización del espacio territorial.    

No comments:

Post a Comment