LIBIA: BISAGRA GEOPOLÍTICA DE CONFLICTOS REGIONALES
Quince años después del asesinato del líder libio Muammar
Gadaffi, Libia no es solo un país fragmentado, es un espacio clave donde
confluyen las guerras del Sahel, la devastación sudanesa y la proximidad al
estratégico Cuerno de África. Lejos de un conflicto aislado, el territorio
libio funciona como centro de un sistema regional basado en la gestión del
desorden.
A quince años de la intervención militar de 2011, Libia
continúa atrapada en una crisis que ya no puede explicarse únicamente en
términos internos. La destrucción del Estado libio comenzó mucho antes de aquel
20 de octubre, fecha en la que fue asesinado el coronel Gadaffi. Aquella brutal
ofensiva, impulsada políticamente por los Estados Unidos y ejecutada por la
OTAN -con Francia y Reino Unido a la cabeza- bajo el amparo de una resolución
de Naciones Unidas presentada como “humanitaria”, que no se limitó a proteger
civiles. El bombardeo sistemático y el colapso del aparato estatal culminaron
con la caída de un Estado próspero que además abrió un
círculo de fragmentación institucional cuyas consecuencias siguen
reconfigurando el mapa regional. Hoy Libia ya no puede ser reconstruida ni
social ni políticamente.
Desde entonces, la sucesión de gobiernos civiles débiles,
milicias armadas sin control y una soberanía dispersa suele ser presentada como
un problema doméstico, casi endémico. Sin embargo, esa lectura resulta
insuficiente. La destrucción del Estado libio no generó una transición política
ordenada, sino un vacío funcional, necesario y orquestado desde EE.UU, OTAN y
UE, acorde a los intereses detrás de los recursos energéticos libios, que
fueron rápidamente ocupados por actores armados y redes económicas ilícitas.
Entonces podemos afirmar que a partir de allí Libia dejó de ser únicamente
escenario de su propio colapso para convertirse en un espacio estratégico donde
confluyen conflictos, intereses y flujos económicos que atraviesan buena parte
del continente africano.
“La destrucción del Estado libio no generó
una transición política ordenada,
sino un vacío funcional, necesario y
orquestado desde EE.UU, OTAN y UE”
Hoy este país del Magreb, ocupa un lugar singular en la geopolítica
regional. El sur libio conecta con un sahel atravesado por insurgencias,
economías de guerra y gobiernos que buscan juntos alternativas de defensa,
económicas y sociales para lograr su autodeterminación; su flanco oriental se
vincula de manera directa con la guerra en Sudán y las tensiones originadas al borde del Mar Rojo; y su costa mediterránea funciona como frontera externalizada de la
Unión Europea. Esta compleja posición no es accidental ni coyuntural: es el resultado
directo de una intervención externa que desmanteló la soberanía libia sin
construir un orden alternativo viable.
La Libia que se
configuró a partir del 2011 no puede entenderse como un país en transición ni
como un simple escenario de “guerra civil”. La intervención militar externa,
presentada bajo el ropaje “humanitario”, desarticuló de manera abrupta la
arquitectura estatal existente sin ofrecer un mecanismo interno de recomposición.
La operación militar de la OTAN contra Libia, lejos de cerrar el ciclo
político, inauguró un periodo prolongado de fragmentación institucional,
privatización de la violencia y disputa permanente por el control del
territorio y sus recursos.
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| La Red Petrolera de Libia, está compartida por el Gobierno de Unidad Nacional, los grupos rebeldes que dominan la ciudad de Bengasi y otras milicias. |
Esta anarquía armada en que se ha convertido Libia, se
conecta desde el sur con las vecinas Níger y Chad, y a través de ellos con Mali
y Burkina Faso. En ese espacio, la dispersión de arsenales de armas tras el 2011
fue dando paso, con el correr de los años, a un orden informal más estable,
sostenido por milicias locales, redes tribales armadas y economías ilícitas que
se volvieron vitales. La circulación de armas, combustible, personas y mercadería
dejó de ser un fenómeno episódico para transformarse en estructural. No se
trata de un vacío, sino de un territorio funcional a múltiples actores.
“Esta anarquía armada en que se ha
convertido Libia, se conecta desde el sur
con las vecinas Níger y Chad, y a través de
ellos con Mali y Burkina Faso. En ese espacio,
la dispersión de arsenales de armas tras el 2011
fue dando paso a un orden informal más
estable, sostenido por milicias locales, redes
tribales armadas y economías ilícitas”
Por otra parte, la porosidad del sur de Libia no significa
una política deliberada de apoyo a las organizaciones armadas del sahel, pero
si genera las condiciones materiales que facilitan su expansión. Los grupos
yihadistas vinculados al Grupo de Defensa del Islam y los Musulmanes JNIM y la
Provincia del Estado Islámico del Sahel, vinculados a Al Qaeda y al Daesh respectivamente,
no necesitan respaldo estatal directo cuando existen corredores donde se
compran armas, se consigue combustible, se mueven combatientes y se financian
operaciones. En este sentido, la fragmentación libia opera como multiplicador
de la inestabilidad saheliana, no por intención, sino por estructura.
La guerra en Sudán y la inestabilidad persistente en Chad
reforzaron este patrón. El desplazamiento de combatientes, el reordenamiento de
rutas y la presión sobre los mercados de armas y combustibles reconfiguraron el
sur libio como espacio de absorción y redistribución de tensiones provenientes tanto
del sahel como del Cuerno de África. Libia quedo así inserta en un sistema de
conflictos interconectados que ya no pueden leerse de manera aislada.
Desde allí, la proyección continúa hacia el norte. Los mismos
corredores que conectan Libia con el sahel y el este africano desembocan en el Mediterráneo.
Migración, control fronterizo y seguridad europea completan el triángulo. Libia
se convierte así en bisagra: un territorio donde confluyen la crisis de
violenta yihadista del sahel; las guerras del este africano, principalmente en
Sudán; y las políticas de contención que se proyectan desde el norte (Europa).
“Libia se convierte así en bisagra:
un territorio donde confluyen la crisis
de violenta yihadista del sahel;
las guerras del este africano, y las políticas
de contención que se proyectan desde el norte”
En este punto, Libia deja de ser solo un caso nacional y pasa
a funcionar como espacio de articulación de una crisis más amplia. Un estado
fragmentado hacia dentro, permeable hacia fuera y central para comprender cómo
se conectan, se alimentan y se sostienen los conflictos regionales: del sahel, Sudán,
Cuerno de África y el Mediterráneo.
La incógnita principal no es si Libia “volverá a ser
un Estado” en el corto plazo, sino si el sistema regional permitirá -o necesitará-
que eso ocurra. Mientras la gestión del desorden siga siendo más rentable que
la reconstrucción, cualquier intento de unificación política chocará con
intereses que operan por debajo y por encima del nivel nacional. El riesgo, entonces,
no es solo la prolongación de la crisis libia, sino su normalización: que la fragmentación
deje de percibirse como problema y pase a ser aceptada como forma permanente de
organización del espacio territorial.


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