ACUERDO
CONGO-RUANDA:
EL REGRESO DE EE.UU AL TABLERO AFRICANO
A principios de diciembre, los presidentes de la República
Democrática del Congo RDC Félix Tshisekedi y de Ruanda, Paul Kagame, ratificaron
en Washington los Acuerdos para la Paz y Prosperidad entre ambos países. Un
acto presidido por su principal negociador, Donald Trump. El trasfondo
económico de este acuerdo revela un tablero geopolítico global mucho más
complejo. Situando a la RDC, el segundo país más extenso y poblado de África,
en un campo de batalla entre China y Estados Unidos disputándose el dominio de sus minerales críticos,
imprescindibles para las nuevas tecnologías y la transición energética global.
Una carrera cuya meta es controlar las
cadenas de suministro y asegurar posiciones de influencia económica
planetaria.
El pacto aspira a poner fin a décadas de violencia en el este
del Congo, pero lo hace en un contexto en el que la seguridad, inversión y
explotación de recursos forman parte de la misma ecuación. La RDC produce más del 70% del cobalto mundial,
un mineral considerado el petróleo del siglo XXI, por ser indispensable para la
fabricación de baterías de litio, la electrónica de consumo, defensa y todas
las tecnologías vinculadas a las energías limpias. A ello se suma ser el
principal país del globo en reservas de coltán y el segundo de cobre, además de
poseer enormes yacimientos de germanio y litio, entre otros minerales críticos.
Una fuente de riqueza a la que, a partir de ahora, deberían de tener acceso
prioritariamente las empresas norteamericanas gracias a este tratado de paz.
Con esta iniciativa, Trump intenta corregir la escaza
participación histórica de los Estados Unidos en el Congo, así como limitar la
influencia de China en las inversiones mineras de este gigante país africano.
Washington exhibe este interés mediante una diplomacia orientada a pacificar la
región y abrir la puerta a inversiones millonarias de empresas estadounidenses.
A ello se suma el impulso de proyectos como la Represa Gran Inga, megaproyecto
hidroeléctrico instalado en el rio Congo, clave para abaratar el costo
energético, o el corredor ferroviario al puerto angoleño de Lobito, concebido
como alternativa a las rutas que ahora canalizan los minerales congoleños hacia
China. Se trata de una estrategia que busca romper el monopolio de Pekín sobre
la cadena de valor del cobalto, restándole capacidad para fijar precios y
volúmenes en el mercado global de los minerales.
“Durante dos décadas, Pekín ha tejido una
estrecha red de intereses económicos y políticos
con Kinshasa; Trump intenta corregir la escasa
participación histórica de EEUU en el país africano”
China por su parte, observa estos movimientos con
preocupación. Durante dos décadas, Pekín ha tejido una estrecha red de
intereses económicos y políticos con Kinshasa, a través de una combinación de
inversiones masivas, diplomacia pragmática y acuerdos de infraestructuras a
cambio de concesiones mineras. Sus empresas no solo extraen minerales, sino que
también financian carreteras, represas y redes eléctricas cruciales tanto para
el país como para el propio sector
minero.
La planificación estratégica china le ha permitido controlar
más de70% de la capacidad mundial de extracción y refinado de cobalto a
través de la empresa CMOC (China Molybdenum Co. Ltd.), la principal firma
mundial del sector. Este dominio le ha proporcionado a China, en los últimos
años, una ventaja competitiva que inquieta principalmente a la Casa Blanca y
que explica la voluntad de Trump de regresar al tablero africano.
La respuesta china a los planes de Washington no se ha hecho
esperar en el ámbito económico. Empresas estatales del país asiático, como la
China Nonferrous Mining Group CNMG o la Zijin Mining Group ZMG, están
acelerando sus proyectos de modernización y expansión de refinerías para
garantizar el flujo de los minerales congoleños hacia su industria. Al mismo
tiempo, Pekín intenta convencer al gobierno de Kinshasa de las ventajas de su
modelo de cooperación, basado en beneficios mutuos y la no injerencia política,
ante los costos potenciales de una alienación excesiva con Washington en
términos de autonomía económica, que ha beneficiado en especial al comercio
norteamericano.
Por otro lado, Kinshasa aspira a dar un salto industrial que
le permita refinar y procesar parte de su propia producción y reducir así su
dependencia de los centros de procesamiento externos. Pero, si no juega bien
sus cartas, corre el riesgo de quedar atrapado en el enfrentamiento entre las dos
superpotencias y ver relegadas sus prioridades domesticas a un segundo plano.
En este contexto, la competencia geopolítica y geoeconómica puede jugar a favor
o en contra del Congo, si bien la rivalidad entre Pekín y Washington amplía
su margen de maniobra.
“El pulso entre China y EE.UU por dominar
el flujo de minerales congoleños forma
parte de la disputa por el control del nuevo
orden energético mundial del siglo XXI”
La realidad es que lo que está en juego trasciende la
minería. El pulso entre China y EE.UU por dominar el flujo de minerales
congoleños forma parte de la disputa por el control del nuevo orden energético
mundial del siglo XXI. Para Washington, asegurar un suministro estable de
minerales como el cobalto o el coltán es un objetivo estratégico que busca
sostener sus avances industriales y reducir sus vulnerabilidades estratégicas.
Para Pekín, mantener e incluso ampliar su ventaja en el control de las materias
primas no es solo una cuestión económica, sino de protección estratégica. Su
dominio en la extracción y el procesamiento le otorga una influencia directa
sobre los mercados clave. Es una de sus principales vías hacia el liderazgo
global.
En este contexto el Congo se convierte, una vez más, en el
campo de batalla entre las grandes potencias por sus recursos minerales. El
desenlace de este choque de titanes se anuncia largo y complejo. La incógnita
es si esta vez el país africano logrará transformar su gran ventaja geológica
en una estrategia económica propia o sí, una vez más, su riqueza seguirá siendo
el motor del desarrollo ajeno. Pero lo cierto, es que este nuevo escenario
significará el regreso de Estados Unidos al tablero africano.


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