viernes, 6 de diciembre de 2013

MURIÓ  MANDELA

Por: Javier  Fernando  Miranda  Prieto

Nelson Mandela 1918 - 2013
El cable de noticias que leí en internet en la tarde del pasado 5 de diciembre era breve, frío, directo, como suelen decirse las malas noticias, con esa síntesis que le gusta tanto al periodismo, de decir mucho en pocas palabras. Fueron tan solo dos palabras que comunicaron al mundo que un gran hombre nos había dejado para siempre. Murió Mandela, una frase que corrió por todo el mundo, desde Washington a Moscú, desde las convulsionadas ciudades de Kiev y Bangkok a todas las capitales de África.

Murió Mandela y el mundo se ha quedado sin su único referente moral y democrático, sin su única reserva moral y ética que necesita tanto nuestro planeta en estos momentos de cambios, de reformas políticas y revueltas sociales. Murió Mandela y nos deja un hombre que siempre, aún en los momentos más duros y difíciles de su vida, fue consecuente con sus ideales, coherente políticamente, desprendido de intereses personales, tenaz con lo que creía y firme en sus convicciones, pero sobre todo fue un hombre profundamente humano.

Murió Mandela, aunque sabíamos que era difícil que se recuperara de la grave infección respiratoria que sufría desde hace seis meses, teníamos esa inextinguible fe de volver a escuchar su voz y ver su gran sonrisa, una sonrisa franca, expresiva, muy común de los africanos, por que los africanos tienen esa rara mezcla de melancolía y alegría en sus rostros. Por eso no es extraño verlos ahora llorando y sufriendo por la muerte de su Padre y a la vez bailando y saltando con el mismo sentimiento de pesar.

Mandela no solo fue el primer presidente elegido democráticamente
en Sudáfrica, sino fue el artífice de la lucha contra el apartheid.
Murió Mandela y Sudáfrica no será la misma, porqué Nelson Mandela no solo fue el primer presidente negro elegido democráticamente en su país, reconocido como el padre y héroe nacional de Sudáfrica, líder en la defensa de los derechos humanos en el mundo y Premio Nobel de la Paz, sino que fue él quien logró desmantelar un régimen institucionalmente racista. Un monstruoso aparato represor dirigido por una minoría blanca, que sometió por décadas, a la inmensa mayoría de la población negra de Sudáfrica.

Cuando el 11 de febrero de 1990 Nelson Mandela salió de prisión, luego de 27 años de encierro, Sudáfrica no solo era el país más despreciado del mundo  -boicoteado, insultado, bloqueado con sanciones internacionales- sino que estaba ad portas de una guerra civil. El sistema de segregación racial, impuesto desde hacía casi 50 años a las tres cuartas partes de la población, era insostenible.

Días antes, el presidente sudafricano Frederick de Klerk -quien compartió el Nobel de la Paz con Mandela en 1,993- había anunciado al Parlamento que el Congreso Nacional Africano, el partido de Mandela; el Partido Comunista y otras agrupaciones de lucha contra el apartheid volvían a ser legales y que todos los prisioneros políticos saldrían libres sin condiciones.

¿Qué había pasado para que De Klerk, un afrikáner más bien conservador, tomara esa decisión? fue el resultado de la hábil negociación de Mandela y de su pragmatismo político.

En realidad, el anuncio del Presidente constituía el fin de una negociación que duró dos años entre el poder blanco y el prisionero más célebre del mundo, quien había sido trasladado a una prisión de régimen más laxo, donde recibía a representantes de todas las tiendas políticas, a fin de llegar a una solución de consenso para acabar con el sistema del apartheid sin derramamiento de sangre.  Mandela logró inteligentemente, aprovechar las debilidades y fragilidad del régimen para poder imponer sus condiciones políticas en la negociación.

Madiba el hombre que avanza hacia la inmortalidad es un ser engrandecido
en el cautiverio.
Cuando Madiba -como se le conoce cariñosamente por el nombre del clan al que pertenece- salió de la cárcel, era el último de los prisioneros en hacerlo, tal como él lo había exigido. Unos pocos lo habían visto en 27 años, era ya un anciano de 71 años que caminaba erguido y enarbolaba esa sonrisa característica que encantó al mundo entero. Mandela no sale de prisión con el rencor atragantándole el corazón. No, el hombre que avanza hacia la inmortalidad es un ser engrandecido en el cautiverio.

Murió Mandela, pero siempre será recordado como el político fino, seductor, con una gran firmeza de espíritu que se convirtió desde un principio en la conciencia moral de la Nación. En 1,994 se realizan las elecciones presidenciales, en donde tres cuartas partes de la población votaría por primera vez y tanto Zulúes, la etnia más radical de la población negra, como los afrikáneres, los descendientes de los colones blancos, habían aceptado ya el principio de una nación para todos, la Nación del Arco Iris.

Murió Mandela, el presidente que fue elegido con más del 62% de los votos y que luego de su periodo presidencial, pudiendo volver a postular, se retira a vivir en su aldea natal, en un evidente gesto de humildad. El presidente que evitó un baño de sangre e instauró la democracia y el Estado de derecho, en un país que nunca antes había vivido democráticamente.

Murió Mandela, y ahora, luego que todo el mundo lo llore y lo recuerde, todos debemos de trabajar para que su gran ejemplo perdure y que nos sirva de modelo y camino a seguir.

ADIOS  SEÑOR  PRESIDENTE

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