martes, 17 de diciembre de 2013

SUDÁFRICA SIN MANDELA

Por: Javier  Fernando  Miranda  Prieto

Vista del multitudinario funeral  que el mundo le tributó a Nelson Mandela en el Estadio de Soweto

La otra tarde conversando con mi hermano sobre el legado de Nelson Mandela, sobre la herencia que deja al mundo, al África y principalmente a su país Sudáfrica; coincidíamos ambos que lo más preciado que nos deja, un hombre extraordinario como el gran Madiba, es su ideario político, su promesa de un país más integrado socialmente, más humano; su agenda para un mundo más justo, más hermanado, más democrático. Después de Mahatma Gandhi, después de Martin Luther King, el mundo parece quedarse huérfano de héroes.

La gran obra de Mandela, de reconciliar a una sociedad fragmentada, lacerada por la segregación racial, está cumplida, los sudafricanos en la hora presente, ya no conviven con el oprobioso apartheid. Como me señalaba mi hermano, ahora los sudafricanos deben de lidiar con otro tipo de monstruo, el apartheid social y económico, representado por la gran brecha social que se vive en Sudáfrica y la escandalosa corrupción que existe en ese país.

La historia está llena de símbolos y lo que se vivió en el multitudinario funeral que el mundo le tributó a Mandela en el Estadio de Soweto, es una muestra de ello. Sintetiza las urgencias y necesidades que tienen ahora la sociedad sudafricana y nos confirma la permanencia y continuidad del ideario de Madiba.


      “Ahora los sudafricanos deben de lidiar con un
        apatheid social y económico, representado por
     la gran brecha social y la escandalosa corrupción”

El evento en el Estadio acabó siendo una especie de plebiscito del sentimiento de las masas hacia sus políticos. Algunos recibieron ovaciones, otros fueron abucheados. El mayor repudio fue para el actual presidente Jacob Zuma; mientras que uno de los que fue más sentidamente ovacionado fue Frederick De Klerk, el último presidente blanco de Sudáfrica, un antiguo defensor del viejo régimen, conocido por su conservadurismo durante la mayor parte de su trayectoria política.

Un niño sudafricano se despide de Mandela, ante el paso del cotejo
funebre durante su recorrido por las calles de la ciudad de Soweto.
Ese símbolo lo dice casi todo, De Kleck era blanco, pero fue socio de Mandela en la transición y al final, cedió el poder al primer presidente negro del país de manera negociada, civilizada. El público de Soweto lo reconoció como uno de los suyos, como un digno compatriota. El hecho de que Zuma fuera uno de los suyos con respecto al color de la piel fue, para aquel sector representativo de la Sudáfrica negra, irrelevante. Porque –y aquí está la cuestión- en el ranking de problemas que tiene Sudáfrica ahora el racial, es casi inexistente, está muy por debajo de otros mucho más apremiantes, que el gobierno de Zuma se ha mostrado incapaz de resolver.

Como vemos, Sudáfrica está muy lejos de una conflagración racial, como absurda e irresponsablemente lo vaticinaban algunos despistados y desinformados comentaristas internacionales. No se han matado los unos a los otros, no hubo una temida contrarrevolución blanca, ni emergió ningún grupo terrorista de extrema derecha, después de la muerte del gran Madiba. Los negros y los blancos viven el día a día entre sí con más naturalidad en Sudáfrica, que en muchos países en el mundo, lo cual es bastante decir tras haber transcurrido tan poco tiempo desde que el apartheid se borró de la constitución sudafricana.


        “Hace 20 años el concepto clase media era
         desconocido en Sudáfrica, hoy 9 millones
                 de negros son de clase media”


Las maravillosas escenas de solidaridad en la calle, fuera de la casa donde vivió Mandela sus últimos días, fue una confirmación de que la encarnecida lucha de razas, ha sido felizmente desterrada de estas tierras africanas. En esas vigilias callejeras, hubo un flujo constante de gente de todos los colores, razas y religiones. A ningún negro se le hubiese ocurrido cuestionar el derecho de los blancos a sentirse dueños del legado de Mandela.

El presidente Jacob Zuma es abucheado durante su discurso, por presidir
un gobierno incapaz y corrupto.
En la actualidad las prioridades de la agenda social en Sudáfrica, son las mismas que proclamó e ideó Mandela durante su abnegada lucha contra el antiguo régimen y que no pudo terminar en su periodo presidencial, pero que lamentablemente no fueron continuadas por los siguientes gobiernos: el suministro de viviendas, el acceso a los servicios de agua potable y luz para los más pobres, mejorar el sistema de educación, frenar la delincuencia y la inseguridad. Por otro lado está, la creciente corrupción dentro del aparato estatal que dirige el Congreso Nacional Africano -CNA- partido de gobierno que lo conduce Zuma, organización cuyos valores morales se han alejado mucho de lo que eran cuando lo presidía Mandela.

Un símbolo de la decadencia del CNA y de la ineficiencia estatal del gobierno del presidente Zuma ha sido la desigualdad entre ricos y pobres, una brecha de las más amplias en el mundo. Y aunque es cierto que un sector de la población blanca sigue poseyendo un desproporcionado trozo del pastel nacional, también es cierto que los ingresos de los negros sudafricanos, han crecido en un porcentaje muy superior al de los blancos, desde que Mandela llegó al poder. Un hecho crucial, es que hace 20 años el concepto “clase media negra” era prácticamente desconocido en Sudáfrica, hoy se calcula que, en un país de 50 millones de habitantes unos 9 millones de negros son de clase media.

La juventud sudafricana es la heredera directa del legado de Nelson Mandela
y los obligados hacer realidad su modelo de sociedad.
Como vemos, en la actualidad Sudáfrica todavía tiene una pésima distribución del ingreso entre sus habitantes. Asimismo, la equidad en el reparto de la tierra no ha cambiado mucho. Sin embargo, aunque el presente sudafricano está lleno de desafíos económicos, sociales y ético-morales, también está presente el ideario y la agenda pendiente elaborada por Mandela para la construcción de una nueva sociedad sudafricana, más igualitaria, solidaria y democrática, modelo de Nación que la juventud de este país está obligada hacer realidad.

Una juventud que es heredera directa del proyecto de país que creó su padre Mandela y que ellos deberán ejecutar para preservar el espíritu y el legado de Madiba. Cuando digo población joven, me refiero a los jóvenes del CNA o de otros partidos políticos, como la Alianza Democrática -AD- el principal partido de la oposición, un grupo liberal progresista o de nuevas formas de representación política que puedan surguir, como los activistas de los colectivos ambientalistas, feministas, de las minorías sexuales o de las redes anti-corrupción, colectivos muy activos en la sociedad sudafricana.

Es decir, toda esa masa crítica de la población sudafricana que estuvo en la primera línea de combate contra el sistema segregacionista y que hoy veinte años después, ellos y sus hijos, siendo los verdaderos dueños de la herencia política de Mandela, son los que deben de realizar el sueño de construir un país más justo, más igualitario y más humano.




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